Liberando la libertad

Creo que todos coincidiremos si afirmamos que la palabra libertad es un término sumamente usado, pero difícilmente unos y otros acordaremos con el sentido que damos a la misma.

En Argentina (16-20 de septiembre 1955) comenzó una autodenominada Revolución Libertadora, que derrocó un presidente constitucional, encarceló opositores, fusiló, implantó un modelo económico de exclusión, integró a la Argentina al Fondo Monetario Internacional, y hasta prohibió la sola mención o imágenes del “tirano depuesto”. Todo en nombre de la libertad.

Se ponen hoy de moda grupos económico-políticos que se llaman a sí mismos Libertarios. Nada debe coaccionar la supuesta libertad, por lo que el Estado debería casi desaparecer. Lo público es perverso y la salud, la educación y la vida toda, debería poder desarrollarse solo si se tiene la capacidad (económica) para ello. O desaparecer. Curiosamente suelen manifestarse despectivamente, agresivamente y hasta violentamente con aquellos que “libremente” nos expresamos en las antípodas de esta corriente. Todo en nombre de la libertad.

Con frecuencia, una y otra vez se impone (no demasiado libremente) un modelo económico conocido como liberalismo, aunque por la novedad que tiene actualmente con respecto a los viejos modelos, se lo llama neoliberalismo. En nombre de la libertad de la oferta y la demanda, la mano invisible del mercado debe regular las relaciones económicas y sociales o laborales. Pero ante la ausencia de normas, reglas y un Estado presente, relaciones en las que siempre triunfa el más fuerte. Todo en nombre de la libertad.

El concepto se aplica, también, a otros órdenes como la libertad de cambio/mercado en la que, como en los casos anteriores, el pez grande se come al chico, o el más fuerte pisa al más débil. Como son los poderosos los que más defienden esta idea, argumentan un “atentado contra la libertad” a los límites, por ejemplo, a los monopolios, las regulaciones, los subsidios y demás. Con un Estado ausente, con ese criterio de libertad, la derrota de los pobres es evidente, flagrante y constante. Y conocida.

Pero todo eso implica entender la libertad de un modo que es, por lo menos, discutible. También se utiliza el término en otros universos, como cuando se habla de “liberación o dependencia”, de Teología de la Liberación, de “el miedo a la libertad”, se propone ser libres o muertos, jamás esclavos, se reclama la libertad a los presos políticos y se pretende libertad, igualdad, fraternidad… En todos estos casos, la libertad es fundamental, pero no en todos los casos se dice lo mismo.

Podríamos preguntarnos, por ejemplo: una persona que sale de la cárcel o de un encierro, ¿es libre?, los animales, ¿son libres? Con la precisión que suele tener, la lengua griega tiene diferentes palabras para decir “libertad” ya que una es la de movimiento, otra es la de obrar como consecuencia de una elección, otra es la libertad para hablar sin preocuparse por el entorno, otra es “la capacidad de…”. En todos los casos traducimos libertad, pero, ciertamente, no en todos los casos lo son. Los animales, por ejemplo, tienen libertad de movimiento, pero no de elección: no pueden evaluar, discernir y analizar lo que es mejor, lo conveniente, lo preferible. El instinto es otra cosa. El liberado de la prisión también tiene posibilidad de moverse, pero no siempre puede escoger, por ejemplo, un trabajo. E incluso, el encarcelado puede tener libertad para pensar y hasta para hablar.

Con frecuencia se distingue o se habla de “la libertad de” y “la libertad para”. San Pablo dice expresamente: “Para ser libres nos liberó Cristo”. Un buen ejemplo, tomado del ambiente de la esclavitud, por otro lado. Porque si uno era esclavo de “A” que lo vende a “B”, uno es libre de “A”, pero no es libre. Otra pregunta sensata es: ¿Yo soy libre de decir que 2 + 2 es 3? Soy libre de decirlo, puedo hacerlo, pero ¿no hay un criterio que lo impida? Obviamente, si soy maestro y lo digo, probablemente me quede sin trabajo. No puedo decirlo (aunque algún presidente ingeniero lo haya dicho).

Se suele decir, y no es falso, pero creo que es limitado, que “mi libertad termina donde empieza la del otro”. Acá creo que hay un elemento a tener en cuenta: en la libertad suele haber un criterio que tiene que ver con la relación con el/los otro/s. Un criterio de convivencia, de justicia, de verdad, de paz, de solidaridad, de respeto. Cuando con la palabra “libertad”, en realidad, el otro es una molestia, un obstáculo o alguien que es de desear desaparezca, difícilmente estemos de acuerdo en el uso. Por eso, aunque usen los términos, muchos creemos que la revolución fue “fusiladora”, los libertarios son la expresión suprema del individualismo desinteresado de las necesidades de los otros (pobre país si nos hubieran gobernado durante la pandemia; ya bastante irresponsables son al manifestarse como anticuarentena). Muchos creemos que nada nos hace más libres que la solidaridad, el encuentro, la paz, la justicia, la verdad… el amor. Hacia esa libertad queremos ir.

*Eduardo de la Serna. Cura en la Opción por los Pobres.