Los días felices o la ardua tarea de negar

Apenas se levanta el telón la imagen que se nos revela no puede ser más desconcertante: una  mujer ya madura, enterrada hasta la cintura en un montículo de tierra reseca bajo un trampantojo que representa un sol calcinante, duerme profundamente. A su lado, una bolsa de compras de proporciones importantes y un parasol de mango inusualmente largo. Entonces, un timbre de sonido punzante –tanto para ella como para nosotros, espectadores- la obliga a despertar de un sobresalto. Tras un par de segundos se despereza y pronuncia la primera línea de la obra. Para nuestro asombro, exclama ensimismada: “¡Otro día divino!”. Su gesto jovial vira enseguida a otro de azoramiento, que la empuja a entregarse devota y fervientemente a la oración matinal. Samuel Beckett (1906-1989) escribe Los días felices en inglés hacia 1961.  Poco menos de una década atrás había provocado una verdadera revolución en el mundo teatral con Esperando a Godot, pieza en la que dos homeless aguardan en vano la llegada del señor del título. Winnie, la mujer semi-enterrada y vestida como para una fiesta – bodice sin breteles y collar de perlas- dedica su tiempo a rituales cotidianos y acciones repetitivas de manera obsesiva. De su bolsa de compras irá sacando un cepillo de dientes, un tubo de dentífrico casi vacío, un peine, un espejo, un par de anteojos, una lupa, un lápiz de labios, un tónico revitalizante, una lima de uñas, un sombrero que ha sido testigo de días mejores, una caja de música. Y un revólver, por las dudas…  Mientras tanto, apenas alcanzamos a ver a su marido, Willie. Vestido con camiseta musculosa y detrás del promontorio,  se entrega a satisfacciones sexuales y solitarias, a leer una y otra vez el mismo ejemplar de un diario viejo y a responder de mala gana y monosilábicamente a las demandas de su esposa. Winnie, epítome del optimismo conformista, imposta una sonrisa, intenta citar malamente fragmentos de John Milton y de William Shakespeare  o se repite a sí misma “¡Otro día feliz!” ante cada ocasión en que su ánimo desfallece. Al igual que sus enseres, también su memoria va desapareciendo y desgastándose. Las palabras le fallan, el tónico se termina y un fenómeno de combustión espontánea acaba con su parasol. El día, medido por la duración de las rutinas hasta que suena el timbre de dormir, finaliza habiendo logrado evitar ceder a la tentación de acudir al auxilio de la pistola Browning. Aterrada por la finitud de la existencia y de las cosas y reticente a aceptar su situación, nuestra heroína se entrega -también con comprometida devoción- a la ardua tarea de negar.

Daniel Feierstein, sociólogo, profesor de la Universidad de Buenos Aires e investigador del Conicet, se dedicó a analizar la conducta de los y las argentinas ante la pandemia de coronavirus. De acuerdo a su criterio, las estrategias tendientes a disminuir los contagios van fracasando una a una. “La respuesta no es médica, sino sociológica”, dice. Dos importantes sistemas de defensa psíquica que operan a nivel colectivo -la negación y la proyección- juegan un rol crucial en la imposibilidad de frenar los casos. Sigmund Freud sostenía que el primero de ellos no existe en el inconsciente. Sería, entonces, en la conciencia donde se niega: lo no permitido de salir a la luz a causa de la represión, encuentra al final un modo de encubrir las cosas. Para el padre del psicoanálisis, el mecanismo de proyección, en cambio, es el medio de defensa originado ante las diferentes excitaciones inconscientes a las que se encuentra sometido un aparato psíquico que carece de contención –y protección- frente a estímulos intensos que lo provocan desde el afuera. La mitología nos provee de múltiples ejemplos. Fantasmas, sombras y apariciones, por ejemplo, podrían haber sido proyecciones de la propia crueldad humana en el mundo exterior y natural. Feierstein indica que, en situaciones excepcionales, la población no se comporta “según una racionalidad ajustada a fines, sino que se ve atravesada por acciones afectivas”. Tal proceso generaría una tendencia a minimizar –y, peor aún, ignorar- los riesgos patentes que conlleva una pandemia de semejante magnitud, inédita por sus proporciones en la Historia de la humanidad. La dificultad de aceptar la posibilidad de morir, de enfermar o de alterar la cotidianeidad explicaría también el odio enquistado y expresado por los diversos grupos anticuarentena. Siendo la verdad inaceptable, enojo y terror encuentran como blanco al emisario.  Así, escuchando a los ministros Ginés González García y Fernán Quirós y tratando de comprender las razones que sostienen las medidas, no tardaríamos en observar “que constituyen una presunción errada sobre el comportamiento social”. La apelación a la responsabilidad ciudadana no estaría funcionando. “Para alguien en estado de negación, decirle que vamos mejor, que abrimos actividades y que no habrá colapso es el mejor modo de lograr que ratifiquen la negación”, sostiene el sociólogo. Donald Trump y Jair Bolsonaro, si vamos al caso, se transforman ellos mismos en fuente del proceso negador: ni “mentira demócrata” ni “gripezinha”, sino, lisa y llanamente, coronavirus de tipo 2 o SRAS-Cov-2. Responder -sin mala intención, en el mejor de los casos- a la desesperación frustrada de intensivistas exhaustos con la “creencia mágica en que ya llega el pico, o con la desesperanza de que no podemos hacer otra cosa” significaría no estar comprendiendo lo que pasa. El costo político de decirle a la población justamente lo que no quiere escuchar es real. Arriesgarse a  representar el papel de target de manifestaciones de odio proyectivas y a perder votos e imagen presenta un verdadero dilema a la dirigencia política. El aporte de las Ciencias Sociales podría ser esencial a la hora de identificar a los mecanismos defensivos como los principales enemigos a enfrentar, al igual que en cualquier otra catástrofe. Ni los médicos están capacitados para pronosticar comportamientos colectivos, “y decidir las acciones políticas a partir de ello”, ni los sociólogos para desarrollar una vacuna. El también investigador del Conicet Roberto Etchenique ofrece una hipótesis verdaderamente provocadora. Basado en un modelo matemático, desarrolla la idea de “la inmunidad del susto” (aunque en realidad él y sus colegas utilizan un sinónimo un tanto más escatológico…). Pronosticando tiempos complicados en términos de número de contagios, observó que la baja de casos en Italia o España se debió, en un primer momento, a que el miedo de la gente logró vencer al mecanismo negador. Abrazar al susto como emoción legítima y profundamente humana, asumiendo que el maldito virus es asunto serio –literalmente, uno de vida o muerte-, a pesar de que, en opinión del científico, “en un país como Argentina, con una sociedad acostumbrada al vale todo, solo lo individual actúa”.

Una vez finalizado el entreacto, el telón vuelve a levantarse. Beckett redobla la apuesta. Winnie duerme, pero ahora enterrada hasta la garganta. Suena el timbre de sonido punzante. Abre sus ojos y ve que los espectadores regresamos a ocupar nuestras butacas. Por lo menos algunos de nosotros. Otros abandonaron el intento luego de la experiencia desoladora del primer acto. “Alguien me mira todavía. (Pausa) Se preocupa por mí todavía. (Pausa) Eso es lo que me parece tan maravilloso. (Pausa) Ojos sobre mis ojos…” El despojo no puede ser mayor. No cuenta ahora ni con brazos ni con manos disponibles para entablar relación con sus objetos. Tampoco para rezar. Tan ajustado está su cuello por la tierra que ya no puede girar su cabeza para ver si su marido sigue atrás o no. Los timbres de despertar y dormir irrumpen en intervalos cada vez más frecuentes. El tiempo se ha desquiciado, Winnie también. Intenta resistir de forma denodada, pero cada vez con mayores dificultades. Aquel universo confinado dentro de los límites del escenario es la imagen misma de la devastación. No hay nueva normalidad posible. El revólver permanece a su lado, en el mismo sitio en que quedó al final del primer acto. Fue el único elemento que no volvió a la bolsa de compras, pero ya no hay dedos para detonarlo. Lo real se ha vuelto tan contundente que la tarea de negar ya dejó de ser ardua: tornó en casi imposible, aunque siempre queda un halo de esperanza. Willie aparece vestido de novio -galera incluida- y gateando lastimosamente hacia arriba. Pero el  patético anhelo de la protagonista dura poco. Aquella aparición, proyectado fantasma de días más felices, se desbarranca montículo abajo cuando casi había logrado alcanzar el pico.

*Sergio Amigo. Actor, director y docente teatral especializado en la obra de William Shakespeare. Director artístico de The Calder Bookshop & Theatre en Londres, actualmente está finalizando la Licenciatura en Ciencia Política con orientación en Relaciones Internacionales en la UBA.

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