Los ecos de la memoria: genocidio, diáspora y reconocimiento

Se cuenta que por causa de un eclipse ocurrido en 1853, multitudes de turcos se convencieron de que una bestia estaba devorando a la luna. Entonces se dispusieron a disparar al cielo tratando de matarla y así rescatar al satélite de sus fauces. De ahí en más, una serie de progroms habría de culminar con el asesinato masivo de más de un millón y medio de armenios. La región del Cáucaso, donde diversos pueblos, grupos étnicos, religiosos y nacionales se fueron asentando en su montañosa geografía constituye, históricamente, un complejo escenario político. La población armenia pivoteó durante centurias entre momentos de independencia y otros de sujeción. Como afirma el Doctor en Historia Juan Pablo Artinian, desde el siglo XVI había quedado repartida bajo el poder de los imperios ruso, persa y otomano. “Sin embargo, durante la Primera Guerra Mundial, Turquía planificó y ejecutó el genocidio contra los armenios erradicando su presencia en el este del Imperio Otomano”. En efecto, en el contexto de la Gran Guerra, el gobierno pretendía, en un intento de fortalecer su ya deshilachada cohesión imperial, unificarse en un Estado homogéneo formado solamente por turcos musulmanes. No fue sino hasta finales del siglo XIX -cuando Rumania, Serbia y Montenegro consiguieron su independencia- que Turquía comenzó a empeñarse en evitar por cualquier medio la creación de un Estado Armenio. La fecha inicial del proceso genocida fue el día después del desembarco aliado en Galípoli, hacia abril de 1915. A partir de allí, comenzando en Constantinopla por políticos e intelectuales y siguiendo por periodistas y eclesiásticos, los arrestos y traslados al interior de Anatolia se volvieron moneda corriente. El nacionalismo puso en marcha el exterminio. Continuaron con jóvenes capaces de portar armas para luego rematar el plan con deportaciones masivas a través del desierto de los más vulnerables e indefensos. En ese mayo, una lastimosa caravana de mujeres, ancianos y niños fue condenada a situaciones extremas con el fin de acelerar su muerte por inanición, enfermedades o exponiéndola a ataques de bandas violentas. A los que quedaban vivos les esperaban 26 campos de concentración levantados en territorios lindantes con Siria e Irak. Turquía habría de negar sistemáticamente los crímenes, justificándolos bajo una pátina de legalidad: los ejecutados eran traidores y los traslados forzosos fueron llevados a cabo por razones de seguridad nacional. Paralelamente a la matanza, las autoridades echaron a andar un proyecto para asentar a turcos musulmanes en los barrios y pueblos antes ocupados por la población armenia. El objetivo final era borrar la existencia de un pueblo sin sitio en el diseño de la nueva Turquía. El Imperio Otomano, ya en 1914, había declarado la yihad –una guerra santa-, por lo tanto la persecución y la muerte a cristianos constituía un imperativo para el ejército de fieles. El periodista César Cervera de ABC recuerda también: “Sólo quienes accedieron a convertirse al Islam gozaron de cierta protección, aunque también este grupo de conversos fue perseguido por leyes que medían la pureza religiosa”. El Imperio quedó partido tras su derrota en la Guerra. Emergió así un efímero proyecto de Estado Armenio, avalado por Woodrow Wilson, entonces Presidente de los Estados Unidos. Pero sacando partido del renacer turco luego de su guerra independentista, los nacionalistas reflotaron pugnas y conflictos y relocalizaron en su beneficio las líneas fronterizas del país. La movida lograba evitar, además, el juzgamiento a los culpables de las atrocidades, situando a las víctimas en un limbo legal que dura hasta hoy. El genocidio armenio fue la primera limpieza étnica en un siglo caracterizado por estos sucesos infames. Los pocos sobrevivientes quedaron repartidos como diáspora alrededor del mundo.

Uno de ellos, Aram Tomasian, llega a Norteamérica huyendo del horroroso caos y de su trauma luego de la matanza de sus padres. Huérfano y solo en un mundo demasiado vasto acaricia, sin embargo, una quimera: construir una familia. Conoce entonces, a través de una fotografía, a Seta. Enseguida contrae matrimonio por correspondencia. Cuando la flamante esposa arriba a América, nuestro protagonista descubre que se trata de una niña de 15 años quien aún juega con muñecas. No obstante ello, y derribando incrustados prejuicios morales y religiosos, se enamoran profundamente. El objetivo vital de Aram está a punto de concretarse, pero surge un obstáculo: Seta es infértil. Sus existencias transcurren en un barrio de inmigrantes polacos e italianos. Y se cruza en sus vidas Vicente, un chico de la calle. Afianzarán junto a él un vínculo que, paulatinamente, cristalizará en el sueño familiar. Tal el argumento de Una bestia en la luna, obra de teatro de ribetes melodramáticos escrita por Richard Kalinoski. Reelaboración de la memoria, refundación de lazos, parábola sobre el amor, el desarraigo, la tolerancia. Y el tironeo eterno entre la pena inconsolable y la obstinada esperanza.

Armenia, pasada República Soviética, pasado patio trasero del Imperio Otomano, ha vuelto a las primeras planas del mundo a raíz del enfrentamiento militar que mantiene en Artsaj -o Nagorno Karabaj, de acuerdo a la vieja denominación soviética-. Su vieja rivalidad con Azerbaiyán revive heridas nunca cicatrizadas. Artinian nos recuerda que la gran perdedora de las guerras es la verdad. “En este año 2020 hay una ciudad en ruinas con un nombre en armenio: Stepanakert”, capital de la República no reconocida, escenario de la confrontación. Lluvias de misiles y bombas de racimo dejaron un tendal de muertos, heridos y edificios destruidos. La cuestión de la minoría armenia en el territorio se ha constituido en una de las más duraderas de la historia. Sin embargo, los medios hegemónicos mundiales han tendido a pasar por alto las causas subyacentes del fuego iniciado el 27 de septiembre pasado. Hablan entonces de “erupción de violencia”, “choques” o “separatismo” para caracterizar a los 150.000 armenios de Artsaj. En su relato simplificado, las dos repúblicas aparecen como equivalentes. Sin embargo, el presupuesto armamentístico de Azerbaiyán, territorio con abundantes pozos de petróleo, supera con creces al de Armenia, además del desembozado apoyo logístico de Turquía, cuyo ejército es uno de los más importantes de la OTAN. El derrumbe de la URSS dio paso a la guerra entre los dos países, cesando con un alto al fuego en 1994. Artsaj quedó, entonces, bajo el control de facto de sus pobladores armenios sin formar parte de la República Armenia. Infructuosos intentos de soluciones diplomáticas, auspiciadas por Francia, Estados Unidos y Rusia, habrían de facilitar nuevos enfrenamientos militares en 2016 y en julio de este año, cuando tropas azeríes no sólo atacaron al enclave armenio, sino también a su República. Pero será la Turquía de Recep Erdogan quién habrá de jugar un rol clave en este teatro bélico. Distanciado de la tradición secular de su país, parece abrazar una suerte de nacionalismo islámico. El suministro de armamentos, drones y pertrechos es claro indicio de su involucramiento en el Cáucaso. Si bien se ha tendido a acudir a factores ideológicos –nacionalismos en particular- para explicar el conflicto, lo cierto es que la cuestión energética y el claro interés de la Unión Europea en el tema, también desempeña un papel clave. En el actual contexto de pandemia y crisis económica global, el peligro de que regímenes autoritarios y ultra-nacionalistas como el de Erdogan arrastren a los países a conflagraciones más severas resulta más que realista. Las consecuencias e impacto del conflicto son aún inciertas. Para Armenia y su diáspora, la activa intervención turca reaviva los ecos de 1915. Las imágenes, hasta el momento, tampoco pueden ser más evocadoras: mujeres, niños y ancianos asesinados por las bombas, monasterios e iglesias destruidos, miles de personas sin hogar obligadas a abandonar Artsaj. La comunidad armenia argentina, tercera en magnitud a nivel mundial, hizo notar su presencia. Bajo la lluvia, a mediados del mes pasado, caminaron desde la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires hasta la residencia del Embajador de Turquía. “Necesitamos que nuestro reclamo tome estado público. Estamos frente a una nueva amenaza de genocidio. Es el intento de una nueva usurpación del territorio armenio”, proclamó Horacio Terzian, miembro de Instituciones Armenias de la República Argentina (IARA).

 Aquel día de septiembre en 1987, cuando el ex Presidente Raúl Alfonsín calificó sin tapujos de “genocidio” a la masacre cometida a manos turcas, reforzaría la bienvenida y apoyo con los que la diáspora en nuestro país contó siempre, permitiéndole así concretar sueños familiares y vínculos restablecidos.  Entonces, NUNCA MÁS bestias en la luna, NUNCA MÁS repeticiones siniestras.

*Sergio Amigo. Actor, director y docente teatral especializado en la obra de William Shakespeare. Director artístico de The Calder Bookshop & Theatre en Londres.

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