Luego de un año de gracia

En el discurso de apertura de sesiones en el Congreso del pasado 1° de marzo, Alberto Fernández dejó en claro que su primer año de gobierno fue una demostración de voluntad para tender puentes y caminos de diálogo con todos los sectores de la oposición. Es evidente que el convite fue rechazado, y que ni siquiera la gravedad de atravesar una pandemia logró que redujeran la virulencia con la que salieron a cruzar y enfrentar al nuevo gobierno.

Si la estrategia de dar señales de consensos no tuvo eco, queda como saldo a favor que se hizo todo lo posible, aun a sabiendas que el único interés opositor era y es debilitar y esmerilar al gobierno nacional como el camino posible para soñar con un regreso al poder después del daño causado durante los cuatro años de gobierno macrista.

Si se subestimó a esa oposición, no solo la política, sino la de los grandes grupos económicos y financieros, el sector agro exportador, y los medios de comunicación dominantes, el error de cálculo político no es menor. Lo mismo cabe si se sobrestimó la capacidad de contar con el apoyo de aquéllos sectores con los que durante muchos años Alberto Fernández compartió duras críticas a los gobiernos de Cristina Fernández.

El presidente sabe que tiene por delante una gestión de gobierno que tendrá una oposición cada vez mas dura que, si en medio de una pandemia se atrevió a militar abiertamente contra las vacunas, es capaz de cualquier cosa.

El año transcurrido entre las dos sesiones de apertura legislativas dejaron varias enseñanzas. Entre ellas que el Poder Judicial no se autodepura. Que la actual matriz económica y productiva de la Argentina es inviable para contener a los 45 millones de argentinos. Que los objetivos fiscalistas no pueden postergar al 50% de compatriotas que se encuentran bajo la línea de la pobreza. Que la matriz de empresas concesionarias de servicios públicos desde hace treinta años es una estafa al pueblo argentino.

En cualquier caso enfrentar estos desafíos, impostergables implicarán, inevitablemente, tensiones. El sistema democrático se fortalece a partir de la posibilidad de superar tensiones y confrontar intereses. No al evitarlos.

Los funcionarios, ministros, secretarios y quienes tengan responsabilidad de gestión, deben estar convencidos de las tareas y transformaciones que les toca enfrentar y para lo que fueros elegidos. Siempre, la impronta, capacidad de gestión y compromiso de cada uno de ellos es una decisión del presidente que es el responsable de sus designaciones. Por lo tanto, luego de un año de gracia y de nobles intenciones, lo que viene no es una cuestión de funcionarios que no funcionan, sino de gobernar en consecuencia a claras prioridades y explícitos objetivos como es la defensa del interés nacional y del pueblo argentino. Desde ya que no será sencillo. Nunca lo fue.

*Francisco Balázs es periodista. Ex editor de Miradas al Sur y columnista de Tiempo Argentino.