Manuel Dorrego: coronel del pueblo

El calor sofocante, una pampa árida y la esperanza perdida en la llanura de Navarro de aquel 13 de diciembre de 1828 fueron las imágenes que acompañaron al gobernador Manuel Dorrego a su final, con la chaqueta de sus enemigos y la incertidumbre de pensar en su destino ante el pelotón de fusilamiento. 

Las intrigas políticas que precipitaron la decisión del general Juan Lavalle y los disparos que segaron la vida del ilustre tribuno marcaron el drama argentino como ningún otro acontecimiento en nuestra historia.

¿Quién fue este hombre que generó tantas pasiones encontradas y que fue símbolo de nuestra emancipación?

Político y militar argentino, nacido en Buenos Aires el 11 de junio de 1787, cursó estudios en el Real Colegio de San Carlos, continuándolos en Santiago de Chile donde participó en el movimiento revolucionario y emancipador de 1810.  Este mismo año llegó a Buenos Aires y fue destinado al ejército del Alto Perú. Combatió en Suipacha, en Nazareno, en Tucumán y en Salta (junto a Manuel Belgrano) demostrando su valentía y carisma al mando de la Infantería. Por indisciplina fue separado de la milicia para ser reincorporado poco después. En 1814 pasó al ejército que operaba en la Banda Oriental y participó en la batalla de Guayabos frente a las fuerzas de Artigas.

De regreso a Buenos Aires se dedicó al periodismo y se opuso a la política del Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón por lo que fue desterrado en 1816. 

Su carácter indómito, sarcástico y extrovertido le jugó malas pasadas con sus superiores. El propio general Manuel Belgrano receló de sus actitudes y burlas casi crueles, pero siempre reconoció su coraje y predisposición para la batalla, al punto de sentenciar que las derrotas que sufrió las hubiese evitado de haber contado con la compañía de Dorrego.

Residió en las Antillas y en los Estados Unidos, en donde se sintió atraído por las bondades del régimen democrático y federal. Regresó al país en 1820 y, en ese convulsionado año, asumió la gobernación de la provincia de Buenos Aires durante un breve período, entre los ataques de López, Alvear y Carrera, ante una Buenos Aires que incumplió sus compromisos luego de Cepeda y el tratado del Pilar. Tuvo cargo militar y un nuevo exilio en Montevideo, ante la desconfianza del gobernador bonaerense Martín Rodríguez. Viajó luego por las provincias del interior y a la naciente Bolivia, tratando de sumar experiencia y contactos políticos, para regresar en 1823.

Al tiempo fue nombrado miembro de la legislatura y luego del Congreso Nacional donde defendió la causa del federalismo. Su oratoria y su estilo fogoso lo convirtieron en el ídolo de la plebe urbana de Buenos Aires y en la principal figura del Partido Federal porteño. 

Manuel Dorrego, “el coronel del pueblo”, como lo llamaban sus partidarios, se opuso al proyecto constitucional rivadaviano de 1826, el cual desconocía la voluntad general de las provincias. Además, en su artículo 6º, se negaba el derecho de voto a los menores de 20 años, analfabetos, deudores fallidos, deudores del tesoro público, dementes, notoriamente vagos, criminales con pena corporal o infamante, y a los “criados a sueldo, peones jornaleros y soldadas de línea”. 

Sostuvo: “Échese la vista sobre nuestro país pobre: véase qué proporción hay entre domésticos y asalariados y jornaleros y las demás clases, y se advertirá quiénes van a tomar parte en las elecciones. Excluyéndose las clases que se expresan en el artículo, es una pequeñísima parte del país, tal vez no exceda de la vigésima arte (…) ¿Es posible esto en un país republicano? ¿Es posible que los asalariados sean buenos para lo que es penoso y odioso en la sociedad pero que no puedan tomar parte en las elecciones?” (…) “Yo digo que el que es capitalista no tiene independencia, como tienen asuntos y negocios quedan más dependientes del Gobierno que nadie. A esos es a quienes deberían ponerse trabas (…) Si se excluye a los jornaleros, domésticos, asalariados y empleados. ¿Entonces quiénes quedarían? Un corto número de comerciantes y capitalistas”.

Y señaló a la bancada unitaria de forma acusatoria: “He aquí la aristocracia del dinero y si esto es así podría ponerse en giro la suerte del país y marcarse (…) Sería fácil influir en las elecciones; porque no es fácil influir en la generosidad de la masa, pero sí en una corta porción de capitalistas. Y en ese caso, hablemos claro: ¡El que formaría la elección sería el Banco!”.

Los unitarios impusieron su Constitución, pero el interior la rechazó en bloque. 

El 3 de agosto de 1827 fue elegido nuevamente como gobernador y capitán general de la provincia de Buenos Aires y encargado del Poder Ejecutivo Nacional. Firmó la paz con Brasil sobre la base de la independencia de Uruguay.

Concluida la guerra hizo llamar al ejército de Montevideo pero al llegar el batallón al mando del general Juan Lavalle, éste puso sitio a la fortaleza de Buenos Aires, influenciado por algunos políticos del Partido Unitario, y protagonizó un golpe contra el gobierno legítimo del futuro mártir.

Lily Sosa de Newton, en Dorrego (1967), afirmó: “Todo está preparado para el estallido. Sólo falta combinar los últimos detalles y con esta finalidad el comité unitario se reúne en la noche del 30 de noviembre en una casa de la calle Parque, en la actualidad Lavalle, entre San Martín y Reconquista. Preside el cónclave el doctor Julián Segundo de Agüero. Uno de los pasos propuestos es el apresamiento de Rosas para ser fusilado en el patio de su propia casa, pero Lavalle exclama fastidiado: ¡Eso sería una canallada! Por los sucesos posteriores, se sabe que también la muerte de Dorrego queda decidida. Cuando está todo planeado para la madrugada siguiente, los jefes militares que asisten a la reunión montan en sus caballos y se dirigen a sus respectivos cuarteles (…).

Rosas intenta un último recurso para convencer a Dorrego de la gravedad de la situación… Son tantos los avisos que recibe Dorrego, que resuelve poner fin a los rumores conversando con el propio Lavalle. Envía entonces a su edecán, el coronel Bernardo Castañón, en busca de aquél. Son las tres de la mañana del 1° de diciembre. Castañón cumple su cometido, intimando a Lavalle que se presente en el Fuerte. El jefe militar, que tiene sus tropas listas para actuar, le responde altivamente: “Dígale que dentro de dos horas iré, peor a arrojarlo de un puesto que no merece ocupar”.

Aconsejado por Juan Manuel de Rosas que recurriese a las tropas de López en Santa Fe, fue a la campaña que le era adicta y en poco tiempo armó un ejército leal pero débil. Lavalle marchó contra él y lo derrotó; escapó nuevamente, pero fue traicionado por algunos de sus subalternos.

Capturado por Lavalle, fue sentenciado a muerte y fusilado el 13 de diciembre de 1828.

Su carta de despedida a su esposa sintetiza la patética situación y su entereza final: “Mi querida Angelita: En este momento me intiman que dentro de una hora debo morir; ignoro por qué; más la Providencia divina, en la cual confió en este momento crítico, así lo ha querido. Perdono a todos mis enemigos y suplico a mis amigos que no den paso alguno en desagravio de lo recibido por mí.  Mi vida, educa a esas amables criaturas, sé feliz, ya que no has podido ser en compañía del desgraciado M. Dorrego”.

Pero la intolerancia triunfó. Su asesinato afectó a unitarios y federales por igual, hasta el propio Lavalle sintió el peso de su mala decisión sobre sus hombros hasta el fin de sus días. Quizás con él vivo la organización de nuestra Nación hubiese tomado otros caminos de entendimiento y proyectos compartidos por ambos bandos.

Republicano y democrático, su figura se eleva como símbolo de lucha y entrega por el pueblo, el cual debe tomarlo como bandera para su redención ante los poderosos.

*Pablo A. Vázquez. Lic. en Ciencia Política; Docente de la UCES; Secretario del Instituto Nacional Juan Manuel de Rosas.