Maradona: En el nombre del Hijo

La muerte hizo su jugada y no se la pudo frenar. Maradona falleció y dejó el país de luto. La noticia corrió como un rayo. A cada comentario de un amigo, un llanto profundo. Un pueblo abrazado a un recuerdo, un gol, una frase, un desplante, una mirada…

Dio alegría sin pedir nada a cambio… ¡O quizás pidió demasiado!

Pablo Hernández, escritor de nota y amigo personal, ante la noticia no pudo contener por teléfono sus lágrimas por quien: “Me dio las mayores alegrías en mi vida y se las dio al pueblo argentino”. Hace años, en Aguafuertes Lomenses (2005), escribió: “Algunos creyeron que era Dios. Estaban equivocados. La seducción de la pelota, el magnetismo de sus gambetas y el hechizo de sus pases habían conducido a la creencia errónea. Se trataba, en cambio, sólo del despliegue de los dones que Dios había puesto en él. Era, su juego, una prueba irrefutable de la existencia de Dios.

Los pueblos del mundo conocieron, gracias a él, un poco más del misterio de la alegría. También el suyo, el argentino, templado en victorias y fracasos… tenía olor a pesebre, por otra parte, la Villa Fiorito del nacimiento y la altiva Esquina correntina de sus mayores y de los días de pesca… alguna vez, quizás, el también creyó que era Dios. Estaba equivocado…era en el medio del dolor, solo un pobre cristo. Un pobre Cristo: el único modo en que el hombre puede ser Dios”.

En esta descripción, con aroma del Padre Castellani y sentir del conurbano de Pablo Hernández, se intentó quince años atrás dar cuenta de lo que significó Diego, con sus aciertos y errores. Políticamente fue heterodoxo, de los Armani y coqueteos con el menemismo, a su adhesión con Fidel, Evo, Chávez, Néstor, Cristina, Alberto y las Madres. El personaje de cuanta canción “nacional y popular” se precie, de Calamaro a Ciro, pasando Manu Chao. Es un significante en nuestra cultura por mucho tiempo.

Me relataron décadas atrás oficiales de Patricios, que actuaban en los cascos azules de la ONU, que patrullando en los Balcanes salvaron su vida de una partida serbia por la mención de que eran argentinos y enseguida, quienes fusil en mano no hablaban una palabra de castellano, aclamaron al unísono: ¡Maradona! Su apellido evitó sus muertes.

Hoy un pueblo lo llora, y se siente vulnerable ante su desaparición física. Pero, quien sabe, quizás sea el descanso en un largo entretiempo, esperando un segundo tiempo victorioso.