María Grande, cacique tehuelche: entre Vernet, las Malvinas y Rosas

Abril es mes malvinero, donde los hechos del 2 de abril de 1982 en el teatro de operaciones del Atlántico Sur que devinieron en la gesta de Malvinas invitan permanentemente a reflexionar, entre otras cosas, sobre la estrecha relación entre las islas australes usurpadas por Gran Bretaña con la historia patria y nuestra conciencia nacional.

Como escribió Pablo Hernández en La rabia camorrera de las Malvinas (2007): “Cada argentino que opte por la historia, el presente y el destino de su nación debe tener presente en cada momento de su cotidianeidad que la soberanía nacional sigue siendo el objetivo y ésta, claro, deberá alcanzar su máxima expresión en lo espiritual, en lo cultural, en lo geográfico, en lo social y en lo económico. Esa es la tarea que tenemos que cumplir”.

Siguiendo esta sentencia es que pongo a consideración la historia de una mujer única. Entre los hechos de reafirmación de nuestra soberanía y ocupación de las islas australes, durante el período de la Confederación Argentina dirigida por Juan Manuel de Rosas, se destacó la figura de María Grande.

Figura olvidada en los estudios históricos, Alberto González Arzac, en “María Grande: Homenaje a la Cacica”,publicado en la Revista del Instituto Juan Manuel de Rosas n° 53(1998), la rescató y apuntó de ella: “Vivió en la época de Rosas. Fue cacica de los tehuelches aproximadamente entre 1820 y 1840. Ejerció el cacicazgo con dignidad y señorío en un enorme territorio patagónico”. Citando a Virginia Haurie en Reina de la Patagonia (1997), detalló Arzac que “su poder abarcó desde el Estrecho de Magallanes hasta el Río Negro”. Prosiguió el autor: “Clemente Dumrauf la mencionó en su Historia del Chubut (1991), relatando que en 1824, cuando Luis Vernet, Juan A. Gelly y otros se dedicaban a faenar ganado cimarrón, “Vernet logró enterarse de que los indios esperaban la llegada de su cacique para atacar el campamento. Tomó entonces las precauciones del caso y cuando llegó el gran jefe tehuelche su sorpresa no fue pequeña al comprobar que se trataba de una mujer, la india María”.

Hubo un registro sobre ella por parte de Robert Fitz Roy, en Narrative of the surveyung voyages of his magesty’s Adventure and Beagle, between the years 1826 and 1836 (1939). Segú el citado Arzac, “también se dice que era católica, lo que pudo comprobar en 1827 el navegante inglés Robert Fitz Roy, que comandaba la nave Beagle y desembarcó en la bahía, conociendo a la cacica que lucía aros con la imagen de la Virgen María. Pero no adornaba su rostro con pinturas de colores, como lo hacían varones y mujeres tehuelches.

Tenía por entonces unos cuarenta años y había dado a su tribu cinco hijos. Entonces vivía en matrimonio con un indio tehuelche llamado Manuel, corpulento exponente de esa raza de gigantes que describió Pigafetta y Magallanes denominó patagones.

Aunque los tehuelches eran indios de a pie, María Grande era una jineta avezada… y también era una sagaz comerciante, acostumbrada a abastecer navegantes balleneros, loberos y corsarios que llegaban a la bahía; pero sería reclamada en otras comarcas patagónicas cuando alguna situación conflictiva precisaba su sabiduría y prudencia. Así fue como supo hacerse de un poncho pampeano que lucía con natural donaire”.

El otro documento sobre María Grande es la nota suscripta por Luis Vernet del 23 de marzo de 1831, incluida en la Revista del Instituto Juan Manuel de Rosas N° 47, de abril/junio de 1997. Allí el comandante político y militar de las Islas Malvinas, Tierras del Fuego e islas adyacentes, desde la isla Soledad, propuso el establecimiento de poblaciones en la Patagonia, ponderando la zona de la bahía de San Gregorio, en el actual departamento Florentino Ameghino de la provincia de Chubut, hallándose a 25 kilómetros al sureste en línea recta de la ciudad de Camarones de la misma provincia. Y señaló: “Cerca de ese punto se hallan las tolderías principales de los indios de Santa Cruz, gobernada por una india anciana a quien respetan ciegamente, y que ejerce su influencia más allá del Puerto Deseado, sobre las tribus intermedias. Ella conoció a los españoles establecidos en tiempo del Rey de España en los varios puntos de la costa hasta el Río Negro de Patagones, y entonces aprendió el castellano que hoy habla.

El infrascripto conoció a esta india en 1824 en la península de San José, en circunstancias que vino acompañada de más de mil indios de los de Santa Cruz, Puerto deseado y Santa Elena, a traídos por la novedad de hallarse en esa península cristianos faenando los ganados alzados, circunstancia que no dejó de exasperarles considerándolos una propiedad suya, y debido a la intervención de esa india no hostilizaron la expedición del que firma; al contrario, entraron en relaciones de comercio que han seguido desde entonces hasta la fecha con poca interrupción.

Esa india – prosiguió Vernet – conocida por el nombre de María Grande, es anciana pero sana y activa, y tiene un vasto conocimiento de todo el territorio al Sud del Río Negro y al Oeste hasta los Andes. Hace muchos años que no ha estado ella en el pueblo del Río Negro por temor de los indios que habitan el Río Negro arriba (y que ellos llaman Aucas) entre sus nacientes y la Cordillera hacia el Sud con quienes están en enemistad continua”.

Continuando con Arzac, “Vernet había trabado amistad con María, a quien se dice que él denominó ‘Grande’ al conocerla… haciendo un símil con Catalina de Rusia, la Grande… María Grande visitó a Vernet en las Malvinas en 1831. Se reunían dos gobernadores de la Patagonia continental e insular. ‘Se mareó mucho durante el viaje en barco – dijo Haurie -, comió correctamente en la mesa y hasta cantó en una de las veladas musicales que organizaba siempre María Vernet para las visitas’. Allí vio la bandera de Belgrano… y el escudo… Allí se sintió argentina”.

Con respecto a Juan Manuel de Rosas – siguiendo a Arzac – se ve que sabía de su existencia, aunque no la cruzó en su expedición al desierto de 1833. Si tuvo contacto con la referente del matriarcado patagónico fue a través de personeros. Él tuvo muy claro la condición no beligerante de los tehuelches, por lo que planteó realizar “negocios pacíficos”, que era la forma de denominar a los acuerdos comerciales y políticos con la población aborigen. Rosas escribió dos notas ese año desde el Colorado, una a Vicente González el 20 de agosto, afirmando: “Los tehuelches son indios de paz, enemigos irreconciliables de los chilenos”, y “son indios que no necesitan robar para vivir, pobres de caballos, pero en sus campos hay muchísimos guanacos, avestruces y vacas”. La otra, del 20 de septiembre, a Juan Terrero, en sintonía con la primera, señaló: “Los tehuelches, que son pocos, están de acuerdo y de amigos. Son buenos”, y – según el Restaurador – “si sigo con el negocio pacífico (con ellos) será muy importantísimo para la República”.

Se supone que María Grande murió en 1840 y que Rosas se enteró del suceso por boca de los viajeros que testimoniaron que, aunque el entierro fue sencillo, a lo largo y ancho de la Patagonia por tres días se encendieron hogueras en su honor.

Hay que malvinizar el proyecto nacional, esa es la clave hoy y siempre. Desde el proyecto Pampa Azul hasta el permanente reclamo ante los organismos internacionales, marcan una senda que debe ser reforzada permanentemente apelando al pasado de lucha por la soberanía y a nuestra conciencia nacional. En este mes, de fuerte carga emotiva por la gesta de Malvinas, bien vale la pena difundir la historia de aquella soberana de tierras australes.

* Por Pablo A. Vázquez. Lic. en Ciencia Política; Secretario del Instituto Nacional Juan Manuel de Rosas.