Match point: el FDT en una serie de Netflix

El resultado de las elecciones precipitó una crisis al interior de la coalición de gobierno que no detiene su escalada y cuyo desenlace, a estas horas, es una incógnita. Máxime cuando, a diferencia de lo que sucedió en estos casi dos años de administración, la escalada se hace en público a través de cartas, declaraciones, audios privados filtrados, operaciones, publinotas, etc.

Pocos pueden entender cómo el presidente no pidió el domingo a la noche a todos los ministros que pongan su renuncia a disposición como gesto simbólico para darle la libertad de elegir algún fusible y relanzar el gobierno. Sin embargo, es verdad que la decisión posterior y unilateral, de parte de los funcionarios K, de poner la renuncia a disposición del presidente fue una presión fenomenal contra Alberto y lo puso en una situación de la cual no se puede salir nunca bien parado: si no acepta la renuncia de nadie se termina haciendo cargo de haber revalidado a los ministros que no funcionan y de la mala administración de estos dos años; si acepta la renuncia de los ministros que le responden a él, sale debilitado a los ojos de la sociedad y será acusado de títere; si le acepta la renuncia solo a los ministros que responden a CFK se parte la coalición y se debilitan todos. Cuando se rumoreaba una supuesta salida salomónica, se confirmó finalmente el reemplazo de 7 ministros y la obvia salida del vocero. Ya habrá tiempo para analizar caso por caso pero sin duda el ingreso de Domínguez, Aníbal, Filmus y Perczyck supone un salto de calidad y experiencia. Asimismo, Alberto pone a alguien de confianza como Manzur de Jefe de Gabinete, le da el gusto a CFK de sostener a de Pedro y de correr a Cafiero pero, a su vez, a este último le premia la lealtad con una responsabilidad demasiado grande como la de ser Canciller.   

Con todo, el episodio vivido tras las PASO nos lleva a la pregunta acerca de si los movimientos de Alberto corresponden a un tiempista de la política o a un conservador al que el tiempo le pasa por encima. En todo caso la puesta a disposición de las renuncias y la carta posterior de CFK parecen suponer una respuesta a ese interrogante: más que moderación, búsqueda de consensos y rosca ella entendió que lo que había era inacción y encierro en una torre de marfil. Es que el presidente creía que iba a ganar porque se lo decían quienes lo rodeaban, porque suponía que un peronismo unido no podría bajar del 40% en la provincia y porque la polarización iba a hacer que el votante K lo vuelva a votar más por espanto hacia el macrismo que por mérito propio. No era una locura lo que pensaba el presidente. De hecho era lo que pensábamos la mayoría. Sin embargo se equivocó y allí es cuando CFK, intuyo, se da cuenta de que la inacción del presidente, que ya se había observado en sus primeros 99 días de administración, se la está llevando puesta a ella también. Por ello en su carta indica que ella sola había sacado más votos en 2017 que todo el peronismo unido hoy. Esto muestra que la situación es dilemática para CFK también. ¿Qué debe hacer? ¿Permanecer en un gobierno en el que, aparentemente, es solo una espectadora pero cuya incapacidad le pasará factura a ella y al kirchnerismo todo? Y a su vez, si se quisiera evitar eso, ¿cuál sería el costo político de abandonar un gobierno que, en soledad, no tardaría en caer? ¿Alguien cree que el votante K no le pasaría una factura a CFK por semejante decisión con consecuencias institucionales gravísimas? De hecho, hay muchos que ya le están cobrando la decisión de poner a Alberto y/o haberse transformado en una mera comentadora en redes sociales como si el cargo de vicepresidente fuese menor y estuviese a la altura de un ciudadano común.

En este espacio hemos dicho varias veces que CFK ha tomado, a lo largo de los años, malas decisiones en cuanto a la elección de “sus candidatos”. Sin embargo, la decisión de ubicar a Alberto por delante de ella en la fórmula fue, electoralmente hablando, una genialidad que automáticamente sentenció la elección. Efectivamente, aquel 19 de mayo de 2019 en que se anunció la decisión se acabó el macrismo. Sin embargo, alguien podría preguntarse si CFK y los votantes esperaban otra cosa de Alberto y evidentemente debe haber sido así. Pero la realidad, al menos hasta ahora, claro, mostró un gobierno con una enorme dificultad para gestionar, sin identidad y sin un plan; un gobierno que carece de toda épica por la sencilla razón de que no ha demostrado voluntad para disputar contra los poderes fácticos o para avanzar en medidas redistributivas que incomoden a quien tiene que incomodar. Si alguien se pregunta por qué los jóvenes abrazaron en su momento al kirchnerismo y hoy transitan por otros rumbos es porque aquellos jóvenes entendieron que Néstor Kirchner confrontó al poder siendo presidente y expuso que el poder estaba afuera del gobierno. Hoy, claramente, los jóvenes visualizan otra cosa y el gobierno aparece o bien formando parte del poder, siendo incapaz de combatir contra él o, al menos, sin voluntad de hacerlo. En cualquier caso, no parece una motivación muy grande para cualquiera que tenga menos de 25 años.  

Pero no han sido solo los jóvenes sino la ciudadanía en su totalidad la que le ha cobrado todo esto a un gobierno que estuvo más preocupado por sostener la coalición sin que nadie se enoje, que por mantener el contacto con las necesidades de las mayorías.  Es atendible: la coalición se armó de un día para otro para ganarle a Macri pero después había que gobernar y antes que elaborar un plan lo que se hizo fue sostenerse dándole algo a todos los miembros de la coalición. Una sola cosa parecía haberse aprendido: mantener la coalición unida es condición necesaria para ganar las elecciones; partirse es condición suficiente para asegurar la derrota. Entonces, el gobierno que ha hecho de la cuestión de la “inclusión” una bandera, fue inclusivo con los dirigentes pero la sociedad entendió que no fue inclusivo con ella. No por casualidad un discurso antipolítico como el de Milei pegó tan fuerte. La idea de casta política con privilegios completamente ajena al resto de la sociedad quedó expuesta en la obscena foto de Olivos y en el día a día de una mitad de la Argentina que es pobre y trabaja informalmente mientras el gobierno discute si se debe decir “todos”, “todos y todas”, “todas y todos” o “todos, todas y todes”. El presunto gobierno de científicos fue visto por una mayoría de la sociedad como una nueva forma de la tecnocracia. Ya no en forma de CEOS ni egresados del CEMA sino en la forma de ingenieros sociales progresistas para los que la pobreza y la desigualdad son solo palabras clave para un paper. Y esta idea de casta política se acrecienta cada vez más de cara a la sociedad con lo que está sucediendo en estas horas pues el país está siendo rehén de una disputa interna de la dirigencia política.

Dos meses en este país son una enormidad, ¿pero cómo pretende el gobierno recuperar algún voto o motivar a ese importante porcentaje que no fue a votar en provincia de Buenos Aires en este escenario? La realidad, al menos hasta hoy, no es la de la disputa entre twitteros oficialistas ingeniosos y trolls, ni la agenda de Twitter. Ser el mejor gobierno de Twitter o instalar el hashtag de hoy no supone ganar elecciones. ¿Entiende el gobierno que alcanzará con el natural rebote de la economía y con una primavera en la que, ojalá, el virus no vuelva a jodernos la vida? ¿Se contentará abrazado al consuelo de que la pandemia castigó a todos los oficialismos del mundo porque la gente se termina enojando más con los gobiernos que con el virus?

Con el diario del lunes siempre es más fácil pero evidentemente la campaña de vacunación no alcanzó y en algún sentido es correcto que así sea porque es la obligación de éste y de todos los gobiernos resolver los problemas de la gente. Traer una vacuna no es un favor que nos hacen los gobiernos, al menos así lo interpretó una mayoría importante. Además, quizás el hecho de que aun con varios errores, la campaña de vacunación haya funcionado razonablemente bien, hizo que rápidamente la gente pusiera el eje en lo que siempre le importó y que iba un poquito más allá de la estricta supervivencia en términos meramente biológicos.

Es una gran incógnita el futuro de la coalición. ¿Hacia dónde va a ir? ¿Cuál es el diagnóstico que hace de la derrota? ¿Se le va a echar la culpa a los medios que en 2019 no pudieron evitar la paliza electoral que le dio el FDT a un gobierno que tenía los fierros mediáticos, la justicia y el apoyo del establishment económico? ¿Se hará la simplificación de suponer que es un tema de ponerle guita en el bolsillo a la gente de lo cual se sigue que imprimiendo un poco más, transando con los movimientos sociales y dando subsidios se van a obtener los votos de los pobres? ¿Hay que darle más poder a la nueva tecnocracia que considera que los cambios son de arriba hacia abajo? ¿Alberto creerá que el problema es la agenda kirchnerista y que lo que debe hacer es seguir moderándose hasta la desidentificación total y acordar con gobernadores y CGT? ¿Creerá que con eso le va a alcanzar? Si ya tuvo dificultades para avanzar con algunas leyes, ¿cómo será un gobierno del FDT que eventualmente ya ni siquiera tenga quórum propio en el Senado? ¿Se asumirá que el reemplazo de algunos ministros es necesario pero que sin decisión política ningún ministro funcionará bien? A juzgar por los pasos que se vienen dando, algunas respuestas a estos interrogantes podrían darse pero dejemos el periodismo de anticipación para llegar tarde como el Búho de Minerva y así intentar explicar una vez que pase la tormenta.

Con sentido del humor ácido algunos asemejan a Alberto con ese camaleónico personaje de Woody Allen llamado Zelig que adopta la forma de los que tiene al lado y se adecua a todas las circunstancias acomodando su discurso. Pero si de Woody Allen se trata yo elegiría, más que un personaje, el eje de su película Match Point en esa maravillosa metáfora del inicio: la pelota lanzada que pega en el fleje y sale hacia arriba sin que nadie sepa de qué lado va a caer. Ese parece el escenario hoy de la coalición de gobierno. A esta hora la pelota está en el aire. Si no fuera porque detrás hay todo un país, podríamos disfrutarlo como la trama inverosímil (o no tanto) de una serie de Netflix.