Mercosur aún tiene una esperanza si observa el modelo ASEAN

Los desatinos de la política exterior de la Argentina lamentablemente son moneda frecuente desde hace mucho tiempo por lo que no debe sorprendernos, el incidente producido en lo que debía ser una celebración de los 30 años de existencia del bloque regional, se transformó en un dolor de cabeza más para la diplomacia vernácula.

Lo sucedido en realidad solo expuso las contradicciones de base que existen en nuestra región desde hace décadas y que nunca se ha solucionado.

Los gobiernos de Argentina y de Brasil han cambiado sus posturas en función de las cuestiones políticas domésticas y no han mantenido un abordaje como Estados, por lo que la variabilidad política hace imposible una cohesión del bloque.

Más aún, deberíamos contemplar que siendo manifiestamente incapaces de establecer políticas de Estado permanentes, más difícil aún será que podamos establecer un acuerdo regional estable. Las vicisitudes por las que atraviesa el Mercosur son directamente proporcionales a la falta de un modelo regional que sea de interés de las naciones que lo componen.

Ese modelo de desarrollo debe ser el resultado de un pacto interno de cada nación donde los actores políticos, entendidos estos como aquellas fuerzas que constituyen las bases de cualquier nación, consensuen un modelo de desarrollo que contemple los intereses del conjunto de la sociedad y se alineen detrás de él con la menor cantidad de fisuras posibles.

Ni Argentina ni Brasil lo han conseguido y estas dos naciones son claves para la estabilidad del modelo porque el aporte del resto está condicionado por el accionar de los socios mayores.

Una dosis de realismo político nos lleva a concluir que conseguir un consenso internacional será demasiado difícil si no se puede conseguir uno interno, pero aun así es posible acordar algunos puntos que tienen que ver con el plano económico dejando de lado otros temas que terminan por enturbiar la relación entre los países sin aportar nada.

Los dichos de Jair Bolsonaro, presidente de Brasil, sobre la necesidad de entrar en la Cuarta Revolución Industrial son una generalización que de tan amplia y difusa todo lo abarca, las ideas de Lacalle Pou sobre la disminución de aranceles es un reclamo casi histórico de su país y que el gobierno argentino acompañó hasta hace poco más de un año con la gestión macrista.

Y allí encontramos un primer obstáculo, la voz de la Argentina es una, sea Cristina Kirchner, Macri o Fernández, pero parece que nuestros gobiernos no lo entienden así y creen que en materia internacional los países deben comprender que si cambió el gobierno, cambia todo.

En materia internacional no interesa si hubo un cambio de gobierno, los compromisos asumidos en forma legal por el país deben ser respetados. Si se pactó con China represas hidroeléctricas durante el gobierno de Kirchner, Macri debería llevar a cabo los acuerdos y no buscar la forma de paralizar las obras porque no son de su agrado. El compromiso es del Estado, no de un Gobierno.

La seguridad jurídica esgrimida por los sectores liberales es una anécdota si no hay una continuidad de las políticas de Estado, el problema central entonces en esto no es el papel de esa Justicia sino de las políticas reales.

Un segundo problema real es no comprender que el Mercosur es un acuerdo comercial que busca mejorar la competitividad y las negociaciones con potencias extraregionales, no un terreno de luchas ideológica entre Estados miembros.

Este es un punto extremadamente sensible para los actores políticos de uno y otro lado, ambos sectores creen que debe imponer sus modelos ideológicos a otros países, aun cuando carecen de la capacidad de imponerlos en forma constante y estable en los propios.

Le pese a quien le pese, los acontecimientos internos deben ser resueltos internamente sin injerencias extrañas. Nada nuevo en realidad pero que cambia la lectura de acuerdo a quien la haga.

Veamos un ejemplo concreto de la confusión que tienen nuestras dirigencias políticas cuando actúan. El principal socio comercial de la Argentina es Brasil, quien es también una potencia regional vecina que no va a mudarse a ningún lado y con el cual deberemos convivir, nos guste o no.

Los integrantes de la actual administración del poder argentino deben comprender que sus simpatías personales o grupales no están por encima de las razones de Estado, así como el gobierno anterior también lo debería entender. Pretender imponer una administración de su propio paladar es un absurdo que solo genera rispideces.

Dejar a Venezuela en el camino, con las mayores reservas de crudo del mundo y grandes tenencias de oro y tierras raras indispensables para la industria electrónica, es algo inconcebible en un bloque comercial. Nadie en su sano juicio lo haría, sin embargo, nosotros sí lo hemos hecho.

Nunca, bajo ninguna circunstancia, sea el gobierno que sea, Macri debería haber apartado a Venezuela, aun considerando a Maduro un dictador. Venezuela era un socio con un enorme potencial que podría beneficiar al bloque, pero la ideología de turno fue realmente un problema que interfirió en el funcionamiento del mismo.

Pero no se aprendió la lección y Alberto Fernández, siendo precandidato a presidente decide visitar a Lula en prisión con Bolsonaro en el gobierno mientras el Juez que lo encarceló era su ministro de Justicia y Seguridad. ¿Cuál fue su lógica para actuar así? ¿Cambiar el gobierno de Brasil?

¿Qué podría suceder si Alberto Fernández llegaba a la presidencia entonces? Lo que efectivamente sucedió degradando las relaciones con Brasil porque su presidente consideró un agravio que el mandatario de un país vecino hiciera manifiesta su disconformidad con lo que decidió la Justicia de Brasil.

No importa si hubo lawfare, bajo ningún concepto el presidente o el futuro presidente argentino podía inmiscuirse en los asuntos internos de Brasil, y para peor innecesariamente, simplemente como una cuestión ideológica por no pensar en una medida electoralista.

Pero sucedió y nadie lo objetó por el hecho de interferir en asuntos internos de Brasil, solamente se debatió sobre si Lula estaba bien o mal detenido. Eso es materia para un debate de café, tal vez en los medios, pero no para que sea una política oficial que derive en una tensión innecesaria desde todo punto de vista.

La política internacional no funciona así, muy pocos países en el mundo pueden atreverse a tener injerencia en asuntos internos de otros Estados y Argentina no está entre ellos. La infantilidad política es inaceptable en materia internacional y tiene graves consecuencias como las que vimos cuando Lacalle Pou aprovechó el centro del Bolsonaro para sus propósitos.

Salvo que Alberto Fernández pensara en terminar con el Mercosur debería contemplar no solo lo expuesto, sino que además 3 de los 4 países fundadores estaban en la vereda opuesta a sus ideas.

Hoy un Mercosur que estaba en una situación grave se coloca en una fase terminal a partir de la inmadurez de Lacalle Pou en elegir tan mal momento para expresar los intereses de su país y la absurda actitud de su par argentino que en lugar de dejar pasar ese pedido y mantener sus intereses se pone a hacer consideraciones impropias en una cumbre de Jefes de Estado.

La diplomacia de Itamaraty demostró ser más eficiente y salvaguardar la figura de su presidente haciendo que el choque lo produzca el uruguayo. Brasil tiene entonces un margen de maniobra hábilmente conseguido y Fernández se colocó a sí mismo en una posición difícil de sostener.

En materia de política internacional no hay espacio para enojos, pueden aprender de Putin como se actúa bajo presión.

El modelo elegido por el Mercosur está inspirado en la UE, una asociación que no es solo comercial sino política y que está sometida a una crisis que parece irreversible. 

Sin embargo, si salimos del karma de la mirada occidental, hay un modelo que podría ser más acorde con las necesidades que tiene nuestra región, y ese es el modelo de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN-  Association of Southeast Asian Nations), un exitoso proceso económico que ya entra en su 64º aniversario de existencia y nuclea países con las diferencias más grandes entre sí que podamos imaginar.

En la ASEAN conviven desde el país con la mayoría de musulmanes más grande del mundo, Indonesia, hasta las católicas Filipinas, desde el sistema monárquico absolutista de Brunei hasta el socialista Vietnam o la monarquía parlamentaria de Malasia.

En la ASEAN conviven cientos de etnias diferentes, todas las grandes religiones, lenguas, sistemas políticos, y aun así el acuerdo se sostiene firme y sigue creciendo aún a pesar de esas diferencias.

La ASEAN incluye también países con un PBI per cápita que va desde los 69.000 dólares de Singapur hasta los apenas 1.734 de Myanmar (Camboya), con países productores de materias primas hasta otros especializados en negocios y con industrias consolidadas. La competitividad internacional del bloque es una de las más altas del mundo.

Su tasa de crecimiento es significativamente mayor a la del Mercosur y su proceso de industrialización incomparable, algo que se sostiene a lo largo de las décadas.

¿Un milagro? Tal vez no. Los comienzos borrascosos de la ASEAN fueron dejado de lado por la adopción de una política conocida como ASEAN Way adoptada en los Acuerdos de Bali.

En noviembre de 1971 la ASEAN firmó ante las tensiones internas la Declaración de Zona de Paz, Libertad y Neutralidad (ZOPFAN), lo que derivó en la Primera Reunión Cumbre en Bali en 1976, donde se signó el Tratado de Amistad y Cooperación (TAC) de la ASEAN y la Declaración sobre el Acuerdo de la ASEAN.

Allí se implementó una diplomacia reservada que prioriza mantener en funcionamiento el bloque regional dando inicio a un crecimiento sostenido que se mantuvo firme durante décadas y demostró su viabilidad.

No, no fue magia, fue madurez y voluntad política.

Evolución PIB Mercour y ASEAN

La ASEAN se consolidó como un espacio de crecimiento que atrajo inversiones y desarrollo a sus miembros, a diferencia de un contradictorio Mercosur que vivía de crisis en crisis en función de las disputas ideológicas internas.

Hoy uno de sus miembros, Myanmar, está sufriendo una serie de tensiones internas por un golpe militar ocasionado en función de la disputa entre EE.UU. y China, donde el primero busca desestabilizar al país asiático.

La ASEAN ha tomado un tono neutro no interfiriendo en los asuntos de uno de sus miembros más débiles respetando ese principio de no injerencia y de esa manera sosteniendo el bloque.

La idea tentadora de que un socio mayor intervenga sólo produciría una serie de disputas entre los distintos países miembros y allí aflorarían las diferencias globales entre países alineados con China como Myanmar y otros enfrentados a China como Vietnam.

La ASEAN, compuesta con países de historia milenarias, ha encontrado una fórmula que le permite crecer económicamente mejorando el nivel de vida de sus poblaciones mientras que el Mercosur, con un punto inicial mucho más rico y menos diferencias internas debido a que su base cultural es similar, no ha conseguido avanzar desde su creación y vive al borde de la ruptura.

Es hora entonces de dejar de mirar a Europa y analizar cómo países en vía de desarrollo han conseguido encontrar fórmulas posibles y buscar adaptar estas últimas experiencias a nuestra realidad para romper con el interminable ciclo de crisis repetidas.

Para ello hace falta madurar en nuestras políticas internas y externas, buscar fórmulas de entendimiento en función del respeto mutuo por los distintos sistemas de gobiernos de los socios del Mercosur y trabajar no en procurar diferencias en función de bloques ideológicos basados en premisas obsoletas de izquierda y derecha, sino enfocarse en desarrollar un modelo que contenga todos los intereses económicos en juego.

Argentina no comprende que las construcciones de alianzas internacionales se dan en base a proyectos en común donde todos los sectores tienen algo para ganar y de esa manera se alinean, dejando de lado la pretensión de uniformar las decisiones en base a cartas democráticas cuyas interpretaciones solo producen divisiones y más divisiones.

La identidad regional pasa por encontrar políticas que se basen en nuestra raíz en común y esa raíz la componen la lengua, la religión, las tradiciones y el espacio geográfico. No casualmente todos conceptos bajo feroz ataque de las corrientes ideológicas primermundistas, tanto por izquierda como por derecha.

*Marcelo Ramírez. Analista geopolítico. Director de Contenidos de AsiaTv.