Mi pueblo estaba gimiendo y hubo quien no lo escuchó

El país vive un momento crucial.  En el centro de la escena aparece la segunda ola de la pandemia y la necesidad de un Estado más presente en la defensa de la vida y la salud de todes, y en la lucha por el trabajo, la producción y la soberanía.

Simultáneamente, ocupa el espacio público una batalla cultural sobre el sentido de la política y el tipo de sociedad que queremos construir. El contexto es el cansancio por los esfuerzos realizados, por las penurias sociales que nos dejó el neoliberalismo, la pandemia del 2020 y la falta de medidas necesarias para fortalecer, financiar y recuperar el Estado.

La guerra contra el coronavirus además de una batalla por la salud, por conseguir más vacunas, por vacunar con mayor velocidad, por ganar tiempo para que no se sature el sistema de salud y lograr inmunizar a las personas con mayor riesgo, es también una batalla por el país que queremos.

Enfrentamos a una coalición de irresponsables cuyo programa es el egoísmo.  Irresponsabilidad-egoísmo que pone, como el año pasado, en riesgo las medidas de cuidado. El llamado a la resistencia del ala que dirige Juntos por el Cambio es un ejemplo del daño que están dispuestos a hacer.

Ya hemos analizado la semana pasada en esta columna la propuesta que los neoliberales le hicieron al presidente, que podría sintetizarse en: bajar impuestos (a los que deben y pueden pagarlos), desfinanciando al Estado y una reforma laboral donde los trabajadores pierdan derechos. Eso mientras la pobreza escala a cifras vergonzosas para un país tan rico. Y ahora, ante el crecimiento vertiginoso de los contagios llama a resistir las restricciones que impuso el gobierno nacional. Es decir que llaman a desarrollar la libertad  de contagiar a los otros.  Pretenden un Estado ausente, que no se haga cargo de la gravedad de la situación, y convocan a realizar acciones contra la salud colectiva y pública.

Una minoría intensa, televisada y con poder, trata de imponer su agenda. Y muchas veces algunos sectores del campo nacional y popular parecen aceptar que los debates reales son los que ellos imponen.

El conflicto que expresan los actores de la coalición de los irresponsables y egoístas no se resuelve con conferencias de prensa, por más necesarias y oportunas que sean, sino con un debate activo de nuestro pueblo, de toda la sociedad. Activo quiere decir no sólo como espectador del debate que dan las elites en los principales medios, sino organizando la rebeldía al discurso hegemónico, construyendo los canales de participación, democratizando la palabra.

La derecha y la ultraderecha sueñan con una crisis de envergadura en el país y actúan para provocarla, sobre la base de una catástrofe sanitaria y una crisis económica, sobre todo inflacionaria. Creen que esa es la manera de recuperar el poder político. Por eso atacaron las vacunas, por eso trataron de crear un sentimiento popular de desconfianza para que no hubiera vacunación masiva, por eso descalifican cada paso y tratan de impedir que funcionen las medidas de restricción del año pasado y las actuales. Por eso enfrentan cualquier medida que apunte a controlar la especulación y el alza de los precios en especial de alimentos.

Se entiende el sentido cuando el presidente sostiene que no le gusta que se haga política con la pandemia, seguramente se refiere a que no haya partidización, búsqueda de réditos electorales sobre la base del dolor de los argentinos.  Sin embargo, sí se está discutiendo de Política (con mayúsculas) cuando se discuten qué medidas tomar, cuando se financia el sistema de salud pública, cuando se defiende el trabajo y la vida. También discute de política quien pretende y llama a desfinanciar el Estado, que tanto necesitamos, en la lucha contra la pandemia.

La sociedad argentina es plural, diversa. El análisis sociológico o psicológico de las actitudes individuales o colectivas frente a la pandemia no debe confundirse con los proyectos políticos en pugna. Hay en nuestra sociedad actitudes diversas sobre las medidas frente a la pandemia y hay que debatir abiertamente,  pero una cosa es no estar de acuerdo con tal o cual medida y otra es impulsar una catástrofe social y sanitaria para promover el fracaso de una opción política elegida mayoritaria y democráticamente por nuestro pueblo.

La idea de centrar todo en la responsabilidad individual, o en la responsabilidad social, también puede transformarse en desertar del papel del Estado y el gobierno. La cuestión no es la dureza o no de las medidas, sino lo acertadas o no que ellas sean en cada contexto. No tomar ninguna también es una política.

A manera de cierre

Vivimos tiempos de una dura batalla contra la nueva ola del coronavirus. También tiempos de recuperar soberanía para desarrollar un país más igualitario, para reconstruir derechos y lograr nuevos.  Conforman un todo inescindible.

Toda ello presupone conflictos, así es la democracia.