Milagro encadenada, una pieza argentina de teatro verbatim

Verbatim, adverbio latino derivado de verbum (“palabra”), podría fácilmente ser traducido como “literalmente”. Ampliando el concepto, alude a la reproducción exacta de una frase, oración, cita o cualquier secuencia textual desde su fuente original a otra distinta. Los vocablos mantienen el mismo lugar y el mismo orden, evitando cualquier cambio, por trivial que parezca, para así prevenir alteraciones en el significado. Verbatim es, literalmente, “palabra por palabra”.

El neoliberalismo hegemónico de la década del noventa del siglo pasado hubo de provocar una ola de desconfianza hacia las versiones de diferentes hechos transmitidas por los medios, acompañada de un creciente recelo dirigido a gobiernos y  discursos en buena parte de la opinión pública.  Retomando el género documental, el teatro respondió a la necesidad de acceder a la palabra directa de diferentes protagonistas y testigos de casos reales social y políticamente relevantes. Al principio en salas experimentales, el teatro verbatim logró instalarse en escenarios oficiales y comerciales del mundo anglosajón. Temas como la taimada justificación de la invasión a Irak, la violencia en cárceles y la complicidad del personal penitenciario, las consecuencias devastadoras del paso del huracán Katrina, los abusos a los detenidos en Guantánamo Bay, la privatización de los ferrocarriles británicos o el estructural racismo policial fueron la materia prima de este original y novedoso género que contó con la escritura y dramaturgia de destacados autores como David Hare, Richard Norton-Taylor o Tanika Gupta. El verbatim es, esencialmente un collage de voces extraídas de testimonios directos, artículos de prensa, documentos históricos, grabaciones, archivos o entrevistas combinados de tal manera que terminan conformando una estructura dramática con todos sus elementos: protagonistas, antagonistas, conflicto. Carlos Balmaceda, autor de Milagro encadenada, nos dice que “el sentido, para el espectador, surge de esta combinación, y más allá de que cada fragmento resuene en su cabeza de modo particular, serán la continuidad del significado, las contradicciones, lo que cada voz dice de la otra lo que impactará en la comprensión acabada del hecho descripto teatralmente”.

Días atrás, el 16 de enero, se cumplieron cinco años de la detención arbitraria de la líder de la Organización Barrial Túpac Amaru, Milagro Sala. El entonces flamante gobierno de Mauricio Macri inauguraba así un perverso modus operandi consistente en encarcelar y perseguir opositores con el obvio propósito de disciplinar y advertir. Las tropelías cometidas por el gobierno de Cambiemos son harto conocidas. La complicidad de jueces afines y el brutal despliegue de casos de lawfare durante los nefastos y penosos cuatro años de gestión cambiemita también. Por caso, el gobernador de Jujuy, Gerardo Morales, hubo de confesar abiertamente su estrategia para con la referente social: añadirle permanentes procesos para mantenerla presa el mayor tiempo posible. No solo a Milagro le cupo semejante destino. Varios y varias miembros de su organización fueron – atropellos y humillaciones mediante- encerrados también. Quien escribe tuvo la oportunidad, en 2016, de asistir a un encuentro donde se debatía el caso Milagro. Contando con cierta experiencia dirigiendo teatro verbatim y consciente de la contundencia, eficacia y claridad del género, comenzó a concebir, junto a Balmaceda, Milagro encadenada, cuyo título evoca las penurias sufridas por el titán Prometeo inmortalizadas por Esquilo. Este tipo de piezas tienden a ser blanco de frecuentes críticas, que giran en torno a su “literalidad”, argumentando que es más apropiada para periodistas que para artistas. Sin embargo, el teatro verbatim exige un alto voltaje creativo, tanto desde el punto de vista dramatúrgico como estético. Pero volvamos a escuchar al autor: “En Milagro encadenada hay varios ejes, pero el más destacable, posiblemente, sea el histórico: la sentencia que condena a muerte a Túpac Amaru es un proceso tan aberrante y arbitrario como el que se sigue contra Milagro. Que sea la líder de un movimiento que lleva el nombre del caudillo inca no es un dato menor”. Creará, en la conciencia del espectador “un primer sentido, una primera coincidencia forzada, que repercutirá en la recepción”. La condena a Túpac es un texto legal, “frío, quirúrgico, que detalla hasta la manera  en que debe arrancarse su lengua y destrozar su cuerpo”. Más de dos siglos atrás, un poder imperial evidenciaba “el mismo desprecio de clase, e idéntico modo de punir la rebeldía de un indio”. El texto de la sentencia repta y se intercala entre líneas dichas por otros personajes de la obra y “reaparece para contarnos el lugar que ocupa la religión y para espejarse en el relato de Olga, contando cómo monseñor Medina, pistola sobre la mesa, impondrá sus sagradas condiciones a la viuda de Luis Arédez, ya en plena dictadura cívico militar”. Balmaceda nos comparte los secretos de su receta dramática y, como creemos que constituyen un material de suma utilidad para aquéllos autores y autoras que no han transitado el género, los seguiremos transcribiendo casi textualmente, como si el presente artículo fuera en sí un verbatim.

“Hay otros detalles en la sentencia de Túpac Amaru: los que refieren a cómo deberán vestir los indios de allí en más para sacarse de sus cabezas toda ínfula de rebelión, y allí estará entonces Coco Garfagnini, mano derecha de Milagro, contándonos sobre el odio que provocaba en la clase blanca de Jujuy que esos indios anduvieran en sus motos vestidos de Adidas. ‘No bajés la cabeza cuando te hablo, les decía a los suyos la Flaca’, y en esa frase tendremos otra dimensión del odio que le dispensa hoy esa misma clase en persona de Gerardo Morales”. El teatro es el arte que quizás más acabadamente cumple con los requerimientos de la mímesis. El verbatim redobla la apuesta. Así, “la Historia se replica, se vuelve rizomática, se espeja: la misma destrucción que sufre la Fundación Eva Perón, la sufrirá ahora la Túpac. El poder imperial será ahora Morales ampliando su corte y haciendo que los mismos diputados radicales que la votaron la integren, pero también será fundamentalmente Blaquier, que desde la Conquista del Desierto ya pedía brazos de indios sureños para sus emprendimientos en el Norte. Blaquier, que se repite en la dictadura con su ‘Noche del apagón’ y se repite ahora en la explotación del litio; Pedro Blaquier, el financista de la muerte al que Milagro Sala llevará ante el juez, tal como lo cuenta Coco en esta historia”. Un coro ad hoc, al mejor estilo griego, narra el operativo, en un contrapunto vocal preciso, casi beckettiano, “posiblemente lo único recreado en la obra, con su carga de telegrama trágico y expeditivo”. En Milagro encadenada aparecen otras voces: “Verbitsky, que a la manera de un Rodolfo Walsh interpela a Morales, lo acorrala, lo reduce al latiguillo cacerolero del ‘se robaron todo’ y también el que sobre el final, en una suerte de alegato, unirá todas las piezas”. Hay en la obra, además, separadores disruptivos: “A manera de piedrazos aparecen los hashtags, estúpidos y desafinados, los comentarios en los foros o las pastillas de opiniones españolas que describen la primera visita en jersey y sin corbata de Evo Morales a la península”. Siete son los actores y actrices necesarios para llevar adelante la pieza. Sus vestuarios también atraviesan la Historia, son también un collage que mezcla trajes del siglo XVIII, de los ‘50 y ‘70 del XX y de los de la segunda década del XXI. Adidas relucientemente blancas, glamorosos vestidos con tacones típicos de la edad dorada del cine argentino, plataformas de corcho setentistas, descontracturados Crocs. Y cada uno de los siete contiene uno a uno los colores que componen la  bandera whipala. “Coco, así como el pibe que se suma a la Túpac, el que describe cómo destruyeron todo (espejo de la misma destrucción que siguió a la caída del peronismo con la Fundación Eva Perón) hacen que la Historia vaya y venga en la cabeza del espectador, del frío y preciso andar de Verbitsky a la pachorra detallada en imágenes fuertes y pausas de Garfagnini”.

Lamentablemente, al día de hoy y a cinco años del comienzo del calvario de Milagro, la situación no se ha modificado. Asistimos perplejos al oxímoron compuesto por los términos contrarios “gobierno nacional y popular” y “presos políticos”. Milagro encadenada es un grito coral y estilizado que brega por justicia. “La sentencia de Túpac, entonces, abre la obra”. Pero la voz de la protagonista, “única grabada en todo el verbatim, la cierra. La lengua arrancada al inca vuelve en una mujer ahora. Una mujer condenada que sigue defendiéndose”.

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