Navidad de los pobres y democratización del bienestar

“¡Valiente negocio el de este año! Con los aumentos de sueldo, los aguinaldos…”: Don Pedro, dueño de los Grandes Magazines Suárez -una suerte de síntesis entre Gath & Chaves y Harrod’s- protesta así ante Alfredo, su hijo y socio. El joven heredero comparte cada Nochebuena con sus empleados en el comedor humilde de una pensión que los alberga. Pavo, pan dulce y sidra, tangos, sambas cariocas y boogies, guirnaldas de papel y un pesebre son todos los ingredientes que conforman la felicidad de esta clase que trabaja en pos del ascenso social. Navidad de los pobres, película dirigida por Manuel Romero en 1947 y protagonizada por la enorme Niní Marshall junto a Irma Córdoba, Osvaldo Miranda, Fernando Lamas y Tito Lusiardo constituye el retrato vivo y optimista de las aspiraciones de la época. La primera escena no puede ser más expresiva. La elegante tienda bulle de clientes atareados con las compras navideñas. Catita, vendedora de la Sección Juguetes, debe lidiar con los caprichos de un grandulón con traje de marinerito y con su madre, prototipo de señora oligarca y desdeñosa. Nada de lo que le ofrece parece complacer al niño rico y consentido. Es que, según sus propias palabras, sufre de “complejo de odio”. En contraste, una pobre mujer caída en desgracia intenta robar, sin suerte, una escopeta de plástico para su hijo: “Todos los chicos tienen juguetes y yo no”. Descubierta y humillada, al borde del desmayo a causa del hambre, será rescatada por la solidaridad de las empleadas y por el mismo Alfredo, quien no tardará en declararle su amor. Melodrama matizado con gags desopilantes, esta producción de Argentina Sono Film fue una de las 41 películas estrenadas en aquel año.

En 1947 tuvo lugar, además, el Censo General en la República Argentina, que arrojó un total de 15.893.811 habitantes. Fue también el año de la puesta en marcha del Primer Plan Quinquenal, un procedimiento de planificación estatal encauzado durante el primer gobierno del General Juan Domingo Perón, que diversificaba la industria formando nuevas zonas productivas en función de distintas fuentes de energía naturales, vías de comunicación, medios de transporte y mercados de consumo interno. El Plan concretaría la estatización de la Empresa Nacional de Telecomunicaciones (ENTel), de todas las líneas férreas -que se encontraban en su mayoría en manos británicas y francesas- bajo la Empresa de Ferrocarriles del Estado Argentino (EFEA), de los servicios de gas. Propiciaría la creación del Instituto Argentino de Promoción e Intercambio (IAPI), de la flota mercante de ultramar, la construcción de 350.000 viviendas obreras, del Aeropuerto Internacional Ministro Pistarini, de edificios destinados a colegios nacionales y escuelas normales, industriales y de comercio. Ampliaría los derechos de los trabajadores mediante la sanción del Estatuto del Peón Rural y la creación de los Tribunales de Trabajo. Alentaría la gratuidad universitaria, llevaría adelante la ejecución de obras portuarias y fluviales. Desarrollaría la flota petrolera, los parques nacionales y el incentivo al turismo. La fluidez de la estructura social en estos años peronistas se hacía patente, sobre todo desde la perspectiva de los estratos más bajos. Si bien el primer peronismo pivoteó entre períodos de apogeo y otros de retracción, logró hacer efectivo el incremento del poder adquisitivo de los sectores populares, traducido en una mayor capacidad de consumo que, a su vez, hacía que todos los sectores del país aumentaran su producción. La dinámica de este círculo virtuoso de la economía beneficiaba a la sociedad en su conjunto, que veía así concretar sus posibilidades de progreso. Tal situación espeja el expresivo título del difundido trabajo de Juan Torre y Elisa Pastoriza: La democratización del bienestar.

Alfredo comparte la cena de Nochebuena con su padre, recientemente viudo, servida por un elegante mayordomo. Impaciente porque den las doce para ir a celebrar a la pensión, mira disimuladamente su reloj. Don Pedro, preocupado por las ideas “de izquierda” de su hijo, lo advierte: “Puedes irte con tu gente…”. El joven, cabal encarnación de la nueva burguesía nacional, tal como la soñaba el primer peronismo, corrige: “Con nuestra gente, papá. Te dejo con tus ideas del siglo pasado”. Marta, la mujer sola con su pequeño hijo, ya es parte de la gran familia, y enseguida conseguirá un puesto de vendedora de perfumes en los Grandes Magazines Suárez. Su romance con Alfredo avanza cautelosamente, ante  la desaprobación y sospecha del padre del galán y el terrible secreto que nuestra heroína esconde: el hombre que la dejó embarazada de Carlitos es un malandra recién salido de la cárcel y dispuesto a todo. Una vez ascendida a secretaria de su pretendiente, habrá de ser continuamente hostigada por el villano. Catita intentará interceder, sólo para empeorar las cosas: “Déale, ¿por qué no se regenera? ¿Por qué no trabaja? Aproveche ahora, que existen las vacaciones pagas…”. La escalada de la acción culmina con el secuestro del niño, con un tiroteo donde muere el “malo de la película” y con una bala que roza el cráneo de Marta, obligándola a pelear por su vida. Pasa el tiempo, las vidrieras de la Gran Tienda exhiben abrigos de piel y finalmente llega una nueva Navidad, la de 1948. Esta vez, los Magazines permanecerán cerrados. La abnegada protagonista, ya recuperada y libre de los lastres del pasado, aceptará contraer nupcias con Alfredo, bajo los auspicios y el consentimiento de su padre: la fiesta será para todos -y todas-. La nueva Argentina augura  convivencia y armonía entre las clases, al menos en los mundos representados durante la época dorada del cine argentino.

Hacia 1960, un lustro después de que la Revolución Fusiladora derrocara al gobierno de la forma más bestial, la mitad de la población que provenía de hogares obreros ya no se encontraba en situación asalariada, sino que había “ascendido” socialmente, abultando los números de los miembros de la incipiente clase media. A pesar de las tantas idas y venidas, del pendular stop and go que marcaría el ritmo de la economía nacional una vez proscripto el peronismo, ni el Onganiato ni el gobierno de facto del General Alejandro Agustín Lanusse pudieron -o quisieron- desmantelar el Estado de bienestar. El tercer gobierno peronista -que transcurrió durante la última etapa del proceso de industrialización sustitutiva de importaciones- quedó enmarcado en un momento muy particular del capitalismo, el de la denominada “crisis internacional del petróleo” de 1973. Sin embargo, un año más tarde, el desempleo alcanzaba su mínimo histórico con un 2,7% y Argentina conseguía el nivel de mayor igualdad de su historia, con un coeficiente de Gini de 0,35, según datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). Pero será el mismo gobierno el que, después de la muerte de su líder, abrirá las puertas al primer desembarco neoliberal en la Patria. En la mañana del 2 de junio de 1975, el Ministro de Economía de Isabel Perón, Celestino Rodrigo, provocaría un punto de inflexión y un quiebre estructural aún vigente, instrumentando el tristemente célebre “Rodrigazo”. Acudiendo a Néstor Restivo y Raúl Dellatorre, la misma Argentina que durante las tres décadas anteriores había transitado por el bienestar “(…) estaba entonces por ingresar, de golpe y de la manera más sangrienta, al igual que otros países de la región, en una nueva etapa económica caracterizada por la concentración de la riqueza, la pérdida de conquistas históricas de las clases trabajadoras y la desaparición de vastos espacios y bienes públicos”. A partir de la última dictadura cívico-militar, las cifras de desempleo se fueron incrementando durante las presidencias de Raúl Alfonsín, Carlos Menem y Fernando De la Rúa, hasta el brutal estallido de 2001. El nuevo paradigma había logrado su cometido: dejar instalado un precario escenario, campo fértil para individualismos extremos y lumpenizaciones, ambos fenómenos tan funcionales y caros a los designios neoliberales como lo han sido la desindustrialización y la catarata de privatizaciones.

El retroceso causado por la “pandemia macrista” fue devastador. Basta con observar los agudos “complejos de odio” exhibidos recientemente por la caterva de lúmpenes autopercibidos millonarios o con escuchar a las operaciones de los medios hegemónicos -autoritarias, manipuladoras y antidemocráticas-. Quien ha transitado más de medio siglo de Historia argentina no puede menos que mirar hacia atrás -un poco más cerca en el tiempo y un poco más lejos- y evocar, no sin nostalgia, aquellas navidades como las de la película, cuando la promesa de felicidad parecía alcanzable, a pesar de los enredos de Catita.

*Sergio Amigo. Actor, director y docente teatral especializado en la obra de William Shakespeare. Director artístico de The Calder Bookshop & Theatre en Londres.

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