Nora, Emma, la casa de muñecas y el portazo más famoso

En una noche de finales de diciembre en 1879, el Teatro Real de Copenhague ofrecía su escenario para presentar el texto que se habría de constituir en indiscutible hito del teatro universal. En efecto, el dramaturgo noruego Henrik Ibsen (1828-1906), padre del drama realista moderno, estrenaba allí su Casa de muñecas, la primera de sus obras en causar real sensación y, por consiguiente, repercusión extraordinaria. Su publicación hubo de generar enseguida gran controversia y no era para menos: ponía en entredicho a las normas matrimoniales vigentes en el siglo XIX y a los códigos morales imperantes que con doble vara juzgaban a hombres y mujeres.

Nora está feliz. Luego de las navidades, su esposo Torvaldo Helmer será promovido al puesto de director en el banco en que trabaja, dando por terminada una época de austeridad y ahorro en el hogar familiar. El futuro del matrimonio con tres hijos pequeños aparece finalmente  brillante después de largos ocho años. Luego de una década sin verse, nuestra protagonista recibe la visita de su antigua amiga Cristina Linde. Para esta mujer, la vida no ha sido fácil. Penurias económicas, una madre enferma y hermanos de edad temprana, la habían empujado a desistir de su verdadero amor para casarse con un hombre pudiente, quien no le deja herencia alguna. Ya viuda, sin madre y con sus hermanos crecidos, aún necesita un trabajo. Nora, conmovida por los padecimientos de su amiga, promete hablar con su marido y convencerlo para que le facilite un puesto en el banco. Enseguida también le confesará su gran secreto: años atrás, y con Torvaldo enfermo, decidió llevar a cabo una acción a sus propios ojos heroica. El mejor remedio para aliviar la dolencia de su esposo, era, según los médicos, una temporada en Italia, lejos de las bajas temperaturas escandinavas. Para ello, audazmente, se animó  a solicitar un crédito por su cuenta al procurador Nils Krogstad, falsificando la firma de su padre, quien aparecía como garante. Torvaldo sigue creyendo aún que su suegro ya muerto era quien había pagado por la larga estadía mediterránea. El prestamista descubre la falsedad de la firma, y extorsiona a Nora de manera cruel y constante, sabiendo que el flamante director bancario lo dejará sin trabajo, a raíz de ciertos antecedentes corruptos. Efectivamente, así lo hace. El cargo lo ocupará Cristina, quien en su pasado de desgracias había abandonado a Krogstad por un mejor partido. Nora no pudo cumplir con el trato. El chantaje está en marcha, pero persuadido por Cristina, quien aún lo ama, el procurador decide echarse atrás. Torvaldo se entera de todo y Nora no siente culpa. Al fin y al cabo hizo lo que hizo por él, sintiendo que ella también era capaz de resolver cuestiones importantes. Lejos de comprender sus razones, la insulta, la humilla y hasta la amenaza con quitarle la responsabilidad de la crianza de los niños. Sin embargo no habrá divorcio: las apariencias y la reputación son valores que no se negocian. Nora descubre así, súbitamente, que durante toda su vida hasta hoy no ha sido más que una muñeca, primero para su padre, luego para su marido. Y aquí, al final de la obra, abandona la casa, sola, dando lo que se ha dado en llamar el portazo más famoso en la Historia del teatro.

El suceso de Casa de muñecas muy pronto recorrió Europa. Para su estreno alemán, le fue exigido a su autor cambiar el final, por considerarlo un ataque frontal a los fundamentos de la institución familiar. La responsable de hacerla cruzar el Atlántico sería Emma Goldman (1869-1940), quien había nacido en Kaunas, actualmente Lituania, durante la Rusia zarista. Con sólo 16 años decide huir a los Estados Unidos junto a su hermana con unos pocos dólares en el bolsillo y una máquina de coser. Propagandista, oradora y escritora prolífica identificada con el anarquismo, sus ideas revolucionarias pronto comenzaron a molestar al establishment. Campeona de la libertad sexual, de la distribución y difusión del uso de preservativos, de la divulgación del pensamiento anarquista y feminista, los problemas con el gobierno estadounidense derivaron en sucesivos encarcelamientos y posterior deportación. El otrora Imperio Ruso era entonces la Rusia soviética, de la cual escapa luego de vivir allí un par de años para pasar un tiempo en Francia y en el Reino Unido y finalmente recalar en Canadá. Figura del movimiento por la emancipación femenina, fue, sin embargo, hostil al sufragismo y al feminismo de la primera ola. Sus críticas hicieron que las militantes, a las que ella despectivamente tildaba de puritanas, la trataran de traidora a la causa. Emma entablaba una sostenida lucha  por la igualdad y la equidad entre hombres y mujeres. Sin embargo, creía que existía una serie de tendencias diferenciadas y complementarias entre ambos sexos. Para ella, quien nunca se había referido al sexo masculino como el sexo tirano, la verdadera opresión residía en el poder político del Estado y en la forma de producción capitalista. De hecho, solía identificar, generando acaloradas polémicas, algunos privilegios femeninos. Por ejemplo, la regla mujeres y niños primero en los rescates. Influida por los trabajos de Sigmund Freud, abogaba por una heterosexualidad saludable, que incluía la idea de amor y uniones  libres, por el uso de anticonceptivos y por la descriminalización de la homosexualidad. Y fue precisamente dentro del marco de su pensamiento y militancia cuando introdujo a Ibsen -además de a otros dramaturgos europeos de ideas progresistas- al público norteamericano. Casa de muñecas generaría en América idéntica controversia a la suscitada antes en el Viejo Continente.

Nora y su portazo final se hubieron de convertir en banderas del feminismo de entonces. A pesar de ello, había sido el propio Ibsen el que, en ocasión de una conferencia organizada por la Asociación Noruega de Derechos de las Mujeres sostuvo: “Debo negar el honor de haber trabajado, al menos en forma consciente, por los derechos femeninos. Para mí ha sido sólo una cuestión relativa a los derechos humanos”. Así como Emma había sido acusada de anti-feminista por sus divergencias y críticas a algunos aspectos del movimiento hegemónico de mujeres en los Estados Unidos, Ibsen se negaba al reduccionismo que lo retrataba como el abanderado de la causa.

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