Otelo, los derechos civiles y el nuevo activismo global

Otelo, un general moro, negro y entrado en años al servicio del Ducado de Venecia, consigue el amor de la joven, blanca y patricia Desdémona. Yago, profundamente despechado porque Otelo ha nombrado a Casio -joven, blanco y patricio también- como su lugarteniente, dejándolo de lado luego de años de fidelidad y confianza, trama su venganza, insinuando y acicateando los miedos ocultos del moro. Lo convence, sin decirlo nunca directamente, que Desdémona le es infiel con Casio, por ser fiel a los dictados de su sangre patricia. Escrita hacia el año 1603, el protagonista es presentado en toda su dignidad, subvirtiendo así la costumbre literaria de la época, que retrataba a moros y otras gentes de piel oscura como villanos diabólicos. Shakespeare, de todas maneras, elude en la obra cualquier discusión acerca del Islam. Tragedia meridional por la pasión que implica su trama, Otelo es la obra shakespiriana que con más frecuencia se ha representado en Italia. En cambio, a la mentalidad inglesa con dejos puritanos, el tema le habría de resultar más repelente. En la primera mitad del siglo pasado, el público del West End londinense seguía con atención casi morbosa la interpretación que el actor afroamericano Paul Robeson hacía del célebre personaje. En efecto, en 1930 se anuncia en la prensa norteamericana que Paul protagonizaría una producción de Otelo en Londres. El último actor negro en representar el papel había sido Ira Aldridge en 1860. La aproximación que Robeson daba al personaje no hubiera podido hacerla ningún actor blanco. Su interpretación era revolucionaria. Paul había visto en Otelo a un hombre negro de ancestros nobles y africanos, solo y alienado en medio de una sociedad blanca demasiado hostil hacia él. Así, mata no por celos, sino a causa de su fidelidad con sus profundas raíces de integridad racial y cultural. Ante una evidencia para él incontrastable -el pañuelo bordado, heredado de su madre y ofrendado a Desdémona que aparece en poder de Casio-, el moro no advierte que se trata de un ardid tramado por Yago, y acaba  asfixiando a su joven esposa. Revive su éxito, pináculo de su carrera actoral trece años después en Broadway.

Paul Robeson fue un renacentista del siglo XX, un tiempo en que Iglesia, escuela y Estado en Norteamérica trataban y caracterizaban a los negros como infrahumanos. Futbolista profesional de excepción, cantante extraordinario, actor notable, musicólogo, activista político y orador, abogado graduado en Columbia que estudió, habló y escribió en más de veinte idiomas, incluyendo varios provenientes de su África ancestral, además de chino, ruso y árabe, que abandonó las leyes cuando una mecanógrafa blanca se negó a tipear lo que un negro le dictaba. Hijo de esclavo fugitivo y cuáquera, la vida y carrera de Paul habrían de atravesar activamente el advenimiento del fascismo en Europa, la Guerra Civil Española, la Segunda Guerra Mundial y la caza de brujas macartista durante la Guerra Fría en los años 50. En aquel momento, su pasaporte estadounidense fue confiscado por nueve años, reduciendo a Robeson a la pobreza y al escarnio, al ser impedido de trabajar en su propio país y en el resto del mundo a causa de su afinidad y simpatía por la Unión Soviética. Campeón de los derechos civiles, Robeson decide visitar Rusia respondiendo a la invitación que le había hecho el gran director de cine soviético Sergei Eisenstein para protagonizar una película sobre la rebelión de esclavos que derivaría en la independencia de Haití. Atravesando la Alemania nazi en su camino, sufre un traumático incidente en una estación de trenes que lo afectaría profundamente por el resto de su vida. “Nunca entendí antes qué era el fascismo”, dijo. “De ahora en más, lo combatiré dondequiera que lo encuentre”. Paul contrasta el trato que había recibido por parte de sus compatriotas con la estatura de héroe que había ganado en Rusia. Hasta el fin de sus días idealizaría el modo de vida soviético, amor que habría de pagar muy caro. “No olvidamos que ha sido sobre las espaldas de los trabajadores blancos que llegaron de Europa y sobre las espaldas de millones de negros donde toda la riqueza de América ha sido construida. Por eso estamos resueltos a compartirla en igualdad y no habremos de tolerar ninguna locura histérica que nos empuje hacia la guerra… Resulta impensable que los negros americanos luchemos en combate en nombre de aquellos que nos han oprimido por generaciones en contra de la Unión Soviética, que en una sola ha sabido elevar a los nuestros a una dignidad humana en toda su completud”. Paul, en su militancia continua alrededor del mundo privilegiaba, sin duda, la cuestión de clase por sobre la de diversidad racial.

 El fin de semana pasado, en Kenosha County, la policía disparó siete tiros por la espalda a un ciudadano afroamericano, quien desde entonces permanece esposado a la cama de un hospital. El incidente provocó protestas similares a las desencadenadas a causa del asesinato por asfixia a George Floyd, cometido también por la policía y ocurrido en mayo pasado en Mineápolis. Manifestaciones masivas matizadas con saqueos y asaltos violentos  dejaron, hasta ahora, dos muertos a manos de un joven blanco de 17 años. A mediados de junio, dos de cada tres ciudadanos apoyaban a las protestas replicadas veloz y miméticamente, gracias a las modernas herramientas tecnológicas, y organizadas por Black Lives Matter. Tal respaldo ha descendido a uno de cada dos, sobre todo entre la población blanca. BLM, de acuerdo con el Comité de la Cuarta Internacional, habría recibido un suculento subsidio de parte de la Fundación Ford, estrechamente vinculada con los sectores financieros más especulativos. La contribución de la significativa suma de 100 millones de dólares a las varias organizaciones que componen BLM, aparece como un regalo que la clase política otorga con el fin de lograr mayor influencia, ya que permitiría hacer efectivas importantes contribuciones de campaña e integrarse aún más al Partido Demócrata y los medios corporativos. La suma aparece como un reconocimiento tácito de la Fundación -cuya junta directiva está compuesta por reconocidos empresarios, gerentes y abogados de Wall Street- acerca de la perspectiva pro-capitalista que decidió el financiamiento. El movimiento insiste en que el mundo se haya dividido por delimitadas líneas étnicas y sumergido en una sórdida guerra entre razas y géneros. Su proyecto no aparece como reivindicador de las verdaderas exigencias sociales y económicas de millones de trabajadores y jóvenes de cualquier grupo, provocando así, con su programa racial, la división al interior de la clase trabajadora y el freno a un posible desarrollo de un movimiento independiente y unido de la clase obrera contra el sistema capitalista, el mismo que fuerza a exhalar de los labios de los Floyd del mundo el viralizado “no puedo respirar”. Los desórdenes en las manifestaciones han colocado a los Demócratas en una encerrona: la dificultad para conciliar racismo y brutalidad policial con mantenimiento de la paz y el orden. Para peor, Nueva York cede ante la visible demanda masiva y acepta recortar casi un 20 % del presupuesto del Departamento de Policía y como consecuencia, hace disparar el crimen de manera espectacular. La estrategia Republicana, junto a sus medios concentrados, consiste en culpar a los Demócratas del caos y la violencia. Así, Donald Trump, de cara a las próximas elecciones, decide abrazar el significante “ley y orden”, y estrecha de manera peligrosa la diferencia en la intención de voto con respecto a sus históricos contrincantes.

En 1950 estalla la Guerra de Corea. El Departamento de Estado ofrece a Paul Robeson la restitución del pasaporte confiscado a cambio de su promesa a renunciar a cualquier tipo de discurso, alegato, arenga o pieza oratoria en el extranjero. Paul no acepta semejante condición. Al fin y al cabo, su cruzada internacionalista contaba con una significativa base de apoyo entre los más oprimidos durante aquella época de movimiento de masas en pos de los derechos civiles y el anti-segregacionismo que encuentra como respuesta por parte de sectores de la clase dominante norteamericana, la construcción de una base de apoyo entre los sectores más privilegiados de distintas minorías. Para aquel momento  -los primeros años de 1960- y una vez recuperada su libertad de viajar, Paul, con su salud ya deteriorada, acepta el reto de revivir su Otelo en Stratford-upon-Avon, lugar que vio nacer a William Shakespeare. Actuar allí representaba para él uno de sus más caros deseos de toda su carrera actoral. Entre ese momento y su muerte en 1976, el mundo y la Historia serían testigos de la sorpresiva Crisis del Petróleo, primer alerta que habría de liberar los iniciales chispazos de sentido común disparados por el nuevo paradigma en ciernes. Las sólidas luchas por los derechos civiles se transforman, paulatinamente, en líquidos activismos performáticos, incapaces de alterar las causas de los conflictos y ansiosos por representar correctamente a cada diversidad, resultando en la consabida miríada atomizada de múltiples identidades destinadas a ser fagocitadas oportunamente por un neoliberalismo siempre afanoso en imponer su ideología mediante la dominación de la cultura global. “El artista debe elegir entre luchar a favor de la libertad o hacerlo a favor de la esclavitud. Yo ya he elegido. No tenía otra alternativa”. Así reza la placa en la tumba de Paul. Transcribe unas palabras pronunciadas por él en 1937, cuando su corazón se hallaba agitado en solidaridad internacional a raíz de los sucesos que acontecían en una España sumida en sangrienta guerra civil.

*Sergio Amigo. Actor, director y docente teatral especializado en la obra de William Shakespeare. Director artístico de The Calder Bookshop & Theatre en Londres, actualmente está finalizando la Licenciatura en Ciencia Política con orientación en Relaciones Internacionales en la UBA.

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