Perón contra los sicarios de Aramburu

Título que parece de Netflix pero que en realidad describe los intentos de asesinato que los personeros de la Revolución Libertadora pretendieron realizar contra Juan Perón en su exilio suramericano.

El periplo del expresidente, luego del golpe cívico militar de septiembre de 1955, tuvo innumerables situaciones de peligro, dignas para una serie del estilo de las nombradas. Desde el primer momento, al pedir asilo en la embajada del Paraguay y ser trasladado a la cañonera Paraguay, en una dársena de Puerto Nuevo, tuvo que ser resguardado de un intento de asesinato por parte de un oficial de apellido Green con infantes de marina. Y, anécdota jugosa, si le sumo que el collar de Evita, con rubíes y diamantes, fue “comprado” en la subasta de 1957 por un señor Brown tenemos parte de los ladrones de Reservoir Dogs (Perros de la calle) de Quentin Tarantino.

Volviendo a Perón, pero sin apartarnos de lo cinematográfico, su salida el 3 de octubre de 1955 en la Paraguay fuecon laescolta de 2 torpederas argentinas listas para disparar, pero el apoyo armado de la otra cañonera guaraní, la Huamitá, más el respaldo diplomático de Brasil -donde ese mismo día resultó vencedor en las elecciones brasileñas Kubitschek como presidente y Joao Goulart, gran amigo de Perón, como vice- pareció adelantarse la película La Batalla del Río de la Plata, de 1956, sobre los sucesos armados del acorazado Graf Spee en 1939 en nuestro estuario.

Para arribar a Asunción tuvo que trasbordar el hidroavión Catalina PBY- 29 con el piloto personal del general Alfredo Stroessner, el capitán Leo Nowak. Allí también fue escoltado por dos aviones de la Fuerza Aérea Argentina, los cuales regresaron a su base antes de cruzar el espacio aéreo paraguayo, avistando un par de aeronaves del país hermano, para garantizar la vida del expresidente, a la sazón ciudadano y general honorario de dicho país, por la devolución de los trofeos de guerra de la Guerra de la Triple Alianza.

Al llegar a tierras guaraníes tuvo intentos de asesinato por parte del grupo del teniente coronel Carlos Moori Koenig, jefe del Servicio de Inteligencia del Ejército (SIE), el cual al poco tiempo, el 23 de noviembre, secuestró el cuerpo de Evita que yacía en la Confederación General del Trabajo (CGT), y se obsesionaría con él al punto de la profanación.

La presión argentina hizo que Perón debiese partir del Paraguay, con rumbo –por invitación de Anastacio Somoza – a Nicaragua. El 2 de noviembre, subido a un Douglas DC-4, bajo el mando nuevamente de Novak, voló rumbo a Centroamérica, pero un llamado del dictador nicaragüense lo obligó a recalar en el aeropuerto de El Galeao, en Río de Janeiro, Brasil – donde años después, en 1964, se le impediría descender en su primer intento de retorno a la Argentina– para replantearse un nuevo destino: Cuba o México.

De Río fue a San Salvador de Bahía, y de allí a Caracas, Venezuela, donde Perón hizo escala para remontar vuelo a Panamá, antes de ir a Nicaragua, ya que México y Cuba se presentaron esquivas. Se despidió del capitán Novak, el cual falleció al año en un accidente aéreo, y recaló en el hotel El Panamá, luego en el hotel Washington, en Colón, cerca del Canal, bajo vigilancia norteamericana, al punto que debió abandonarlo por pedido de la Embajada yanqui y tuvo que alquilar una casa en la zona.

Algunos señalaron que el general Omar Torrijo, en esos años capitán de la Guardia Nacional, fue su edecán en Panamá. En realidad, contado por el propio Torrijos al reencontrase con el presidente Perón en Buenos Aires en 1974, aseveró: “Yo era por entonces capitán de la Guardia Nacional y Jefe de Guarnición del Aeropuerto de Tocumen. Me tocó tomar las medidas de seguridad cuando el general Perón llegó procedente de la República Dominicana o de Paraguay. Ese día lo escuché en la conferencia de prensa que ofreció en el aeropuerto, y me di cuenta que estaba ante un hombre superior.”

Allí en Colón, según relató Perón años después en Madrid, afirmó: “Me visitaron unos marinos que venían de Buenos Aires  y que tenían la intención de atentar contra mi vida, pero como yo era amigo de todos los negritos (sic), de la Policía y de la Guardia Civil, ellos, mis amigos, se encargaron de detenerlos, desnudarlos, registrarlos, meterlos en un avión y cargarlos a la Argentina. Ya cuando yo vivía en el Hotel Washington, un teniente Arias y otro individuo se presentaron en Colón con el mismo cariñoso propósito de cortarme la vida, pero en un hotel era difícil matarme, y renunciaron”.

Su breve estadía en Panamá le deparó reuniones con ex funcionarios, militantes de los comandos de Resistencia y su encuentro con María Estela Martínez, con el alias artístico de Isabel, la que fue su última pareja.

Permaneció en la capital venezolana por 2 años, del ‘56 al ‘58, desarrollando una intensa actividad. Encuentros con Roberto Galán –el famoso conductor de Venga a bailar y Yo me quiero casar, y usted – y otros argentinos exiliados, coordinación de la Resistencia Peronista -la que puso en manos de John W. Cooke-, cruces de cartas, órdenes y directivas.

Su carta dirigida al dictador Aramburu, del 8 de marzo de 1956, previa a los fusilamientos de junio, donde lo trata de “salvaje, bruto e ignorante” no tuvo respuesta… ¿O sí?

A los intentos de asesinar a Perón en Argentina, Paraguay y las dos tentativas en tierras panameñas se le sumó una bomba en Caracas para acabar definitivamente con su vida.

El coronel Héctor Cabanillas, nuevo jefe de la SIE en reemplazo de Moori Koenig por su perversión con el cuerpo de Evita, detectado por Pedro Eugenio Aramburu – previo aviso del capitán Francisco Paco Manrique – planeó el asesinato de Perón, y convocó al suboficial Manuel Sorolla. Sorolla fue el que días antes se había hecho pasar por Carlos Maggi, “hermano menor” de María Maggi, nombre falso para trasladar el cuerpo de Evita a Milán, Italia, junto con el teniente coronel Hamilton Díaz, segundo de la SIE, en calidad de “viudo”, con el nombre de Giorgio Magistris, acordado entre el Vaticano y la dictadura de Aramburu y Rojas, a través de gestiones de Alejandro Agustín Lanusse con la Orden de San Pablo, vía el padre Paco Rotger.

Sorolla se infiltró en el entorno de Perón y, en un reportaje de Tomás Eloy Martínez, relató que el 22 de mayo le llegó una bomba que estallaría al calentarse el motor del (auto) Opel junto con un mensaje de Cabanillas que decía, simplemente: «D-25». Significaba que el atentado debía perpetrarse el sábado 25, aniversario de la libertad conquistada por la Argentina en 1810”.

Puesto el artefacto, tuvo Perón la suerte de demorase y, al salir Gilaberte a comprar carne para un asado, detonó el explosivo, provocándole heridas y destrozando varios edificios, pero sin afectar la vida del General.

Las cartas cruzadas entre Cooke y Perón el 5 de junio dieron prueba de su acusación a la dictadura aramburista como cerebro de los atentados de estos frustrados sicarios. Perón acusó a Toranzo Montero, embajador argentino en Caracas, y a Aramburu de querer asesinarlo, mientras el sicario huía. Décadas después sentenció: “He cometido pocos errores en la vida y esos pocos me duelen. Tal vez ninguno me duela tanto como no haber podido matar a Perón.”

Según el anciano sicario, y la interpretación de Eloy Martínez, hecha en el 2002 en un reportaje en La Nación, estas acciones fueron obra de Cabanillas y Sorolla, sin injerencia de la embajada argentina ni del presidente de facto. Cuesta creer que estos criminales unidos en una organización verticalista como el Ejército hagan su voluntad sin hacer partícipe o recibir órdenes de sus mafiosos superiores, cual si fueran señores feudales en un nuevo Medioevo.

Y a ello se suma el fascinante relato del propio Perón sobre su primer atentado en tierras bolivarianas a inicio del ‘57. En su obra Los Vendepatrias, las pruebas de la traición, de 1958, consignó: «… En 1956 llegó a Venezuela un individuo llamado Lluvisa Nicodevieth, alias «Yack», procedente del Estado Libre de Tánger (sic), conocido como sujeto de malos antecedentes. El Primer Secretario de la Embajada Argentina, señor Rottjer, lo había contratado por intermedio de una organización delictiva, «para ejecutar un trabajo» en Venezuela. Cuando se le presentó Nicodevieth y se enteró que se trataba de «eliminar a Perón», según le informó Rottjer, el hombre se negó a hacerlo, siendo amenazado en la propia Embajada por el mencionado Rottjer, y el Consejero Barragán. Atemorizado ante esta actitud, Nicodevieth se presentó en la casa del General Perón para enterarlo de lo ocurrido, informando además haber realizado gestión semejante en la Embajada de los Estados Unidos. Enterado de esto, se procedió a informar a la Seguridad Nacional, dejando los diligenciamientos posteriores en manos de esta Institución, como correspondía. Sin embargo, nosotros comprobamos las entrevistas posteriores de Nicodevieth con Rottjer, realizadas por la propia Embajada de la República Argentina y hasta grabamos conversaciones».

Años después en Madrid amplió la versión, aunque con otros aditamentos: «… Estaba conmigo el mayor (Pablo) Vicente y me anunció: “Hay un señor acá, que lo quiere ver.” “Averigüe  usted quien es – le dije -; que no me gusta ponerme en presencia de mucha gente:” Resultó ser un pistolero yugoslavo residente en Tánger, un profesional que se ocupaba en faenas como éstas: suprimir tipos. “Yo estaba en Tánger – me dijo -, donde tengo mi residencia, y de la embajada de la Argentina me han hecho venir para confiarme una misión de mi especialidad. Sólo aquí he sabido que se trataba de asesinar al general Perón. Naturalmente que no les he dicho ni que sí ni que no. Les dije que lo iba a estudiar. Y me vine a la casa del general para decirle que, aunque yo me ocupo de esas cosas, soy incapaz de matarle, aunque la embajada me ha contratado para matarle.

Entonces le dimos un aparato de grabar (de esos de bolsillo, chiquitito) y le dijimos: “Bueno, vaya allá y hable de nuevo con ellos y dígales que lo ha estudiado y que le parece difícil”. Él fue y estuvo hablando con ellos de la forma en que debían hacerme el atentado. Y todo esto quedo grabado. Y se lo llevaron al Departamento de Seguridad Nacional, quien a su vez lo hizo llegar al presidente. No pidió dinero. Era un hombre de bien. Le recuerdo alto, rubio, con una camiseta negra y, dentro de todo, un caballero, porque entre ellos también hay una ética.”

Enrique Pavón Pereyra  sindicó el incidente del sicario, al que denominó Jack, al mismo tiempo que los sucesos en el hotel panameño, pero para Eloy Martínez “la historia de Jack quizá sea otro de los actos de ilusionismo con los que el general solía enriquecer su mito…”. ¿Se inspiró Perón en “adornar” dicha anécdota en películas como Aquel hombre en Tánger, de 1953, película española – norteamericana, o Espionaje en Tánger, del agente 077, remedo francés de James Bond, de 1964? Pero, al ver la seguidilla de sicarios e intentos de atentados no sería descabellado. Ramón Landajo y el mayor López, acompañantes de Perón en esos años, dieron fe, años atrás, de la historia, revelada a Torcuato Luca de Tena, Luis Calvo y Esteban Peicovich a fines de los ‘60.

El Pacto Perón-Frondizi, con la participación de Cooke y Rogelio Frigerio, el nuevo exilio a República Dominicana – vía acción heroica de Guillermo Patricio Kelly– y el final de la dictadura fusiladora libraron por un tiempo de incidentes y atentados al exiliado argentino. Ciudad Trujillo y Madrid, años después, le depararon sorpresas para otros relatos.

*Pablo A. Vázquez. Politólogo; miembro de los Institutos Nacionales Eva Perón, Rosas y Newberiano y Juan Manuel de Rosas