Perú: entre el globalismo por derecha y el globalismo por izquierda

A días de la segunda vuelta en las elecciones generales en Perú que definirán al nuevo presidente entre Keiko Fujimori, hija del polémico expresidente del mismo apellido que se presenta por tercera vez a la contienda y al candidato de Patria Libre, Pedro Castillo, que proviene de Cajamarca representando una izquierda tradicional y del interior, un factor importante para comprender la dinámica peruana entre el interior y las grandes ciudades como Lima.

Fujimori, a diferencia de lo que muchos creen, fue un presidente que obtuvo una enorme popularidad debido a su perfil humilde que supo empatizar con la sociedad peruana para alcanzar el poder pero que luego comenzó un derrotero de la mano de Vladimiro Montesino que lo llevó a ser un fervoroso defensor de las políticas neoliberales aplicadas con enorme crudeza aún al costo de afectar a las propias instituciones de gobierno disolviendo el Congreso.

Castillo comparte esa imagen de humildad y arriba a la gran política peruana siendo parte del Sindicato Unitario de Trabajadores en la Educación del Perú (SUTEP), sorprendiendo a la clase política tradicional con una excelente primera vuelta. La política tradicional de Perú se divide entre los sectores de “derecha” liberal relativamente conservadores en lo moral y en la llamada “izquierda caviar”, el equivalente peruano a la “izquierda caniche” española, que bien en la Argentina podría ser definida como una izquierda de Palermo o Belgrano, progresista en lo referente a nuevos derechos, pero que agota allí sus reclamos de cambio dejando de lado las antiguas bases del marxismo leninismo que apuntaban a la lucha de clases y la toma de los medios de producción, ideas que hoy sorprenden porque no integran las propuestas electorales de estas pretendidas izquierdas asociadas a las ideas de clases medias altas.

Castillo responde a una izquierda tradicional, nacionalista y su pertenencia señalada al interior del Perú le da una identificación con valores tradicionales propios de las clases populares, algo que le ha permitido conseguir un importante apoyo popular que lo pone encabezando las preferencias de votos. La firmeza de su liderazgo electoral ha forzado a que la izquierda caviar, con profundos lazos con ONGs y fundaciones extranjeras, se haya aproximado a su figura buscando acercarse al posible ganador.

La izquierda “old school”, como así la llaman en Perú, que representa Castillo y que le permitió superar holgadamente a Keiko Fujimori en la primera vuelta, denuncia tanto el neoliberalismo por derecha como el globalismo por izquierda, dando una originalidad en sus postulados que la diferencian de las izquierdas progresistas de la región.

Adaptada a los tiempos que corren, la propuesta de Castillo, si bien abreva en la izquierda histórica mencionada, se ha adecuado a la realidad que marca que hace ya más de tres décadas que esa izquierda ha desaparecido junto con la disolución soviética y ha sido reemplazada por una impostura que usa parte de la estética clásica pero que como mencionamos, abandonó el barco revolucionario y se ha reacomodado bajo la batuta globalista financiera que impone un modelo que hace sujeto a la deconstrucción cultural, abandonando la cuestión económica que solo consigue tener algún espacio mínimo en base a una retórica insustancial y genérica, pero que apoya la instalación de la idea del individuo y sus deseos por encima de la lucha de clases y desechando la idea comunitaria como forma de articulación por un entronización del individuo.

Perú entonces, al igual que buena parte de la región, se acomoda en una división que se profundiza entre un sector liberal por derecha y un sector liberal por izquierda que se enfrentan por espacios de poder, apetencias individuales y nuevos derechos, pero cuyos programas económicos no presentan grandes diferencias excepto en los enunciados de los titulares, porque en definitiva los modelos económicos son similares.

Nada nuevo si recordamos la dualidad PSOE – PP en España en las últimas décadas, una falsa dicotomía a espaldas de las mayorías que ven como su nivel de vida cae incesantemente mientras se sienten cada vez más distanciadas de sus representaciones políticas.

El sociólogo peruano Carlos Mamani Alliaga explica este fenómeno, el paso desde el ocaso del neoliberalismo una vez agotada la razón de su existencia y la mutación del mismo desde un capitalismo individual anti-estatista hacia un capitalismo estatista anti-individual, algo que se refleja en las teorías de Joseph Stiglitz y de Klauss Schwab en el Foro de Davos. Según esta visión el fujimorisno neoliberal está agotando sus últimos cartuchos y será reemplazado, ahora o más adelante, por este último capitalismo de izquierda globalista.

Esta situación nos lleva a pensar si no es hora, definitivamente, de enterrar las categorías de izquierda y derecha que ya llevan más de dos siglos y las adecuamos a una realidad que las hacen no solo insuficientes para explicar la actual situación mundial, sino inclusive peligrosa porque permite esconder bajo una falsa disyuntiva un sistema de poder real generando falsas antinomias y así dividir las sociedades en una dialéctica izquierda – derecha que impide la construcción de una alternativa realmente nacional y popular que enfrente la desigualdad profunda que está cada vez más instalada.

Cualquier conflicto triangular requiere un tercero que instigue el mismo y que no sea visible por las partes, esta es la mecánica que empezamos a descubrir en el mundo occidental y en nuestra región, en donde aparecen grietas sociales cada vez más profundas y asoman las sociedades a una guerra civil en donde ambas partes se sienten moralmente superiores, legitimando desde allí el ascenso de la hostilidad entre ambos bandos y no permitiendo percibir que en realidad sus modelos económicos no son demasiado distantes y en ambos el resultado es similar, sociedades cada vez más desiguales con ricos cada vez más ricos y pobres cada vez más pobres.

Esta división social en Perú toma las mismas características que en otros países de la región, donde unos ven un fascismo amenazante que gana elecciones, o crece en las sociedades, con personajes soeces pero populares entre las masas y otros ven la sombra del marxismo que viene de la mano de la destrucción de la familia sin darse cuenta que la destrucción que advierten no es propia de los sistemas socialistas, donde salvo períodos históricos breves y superados, los modelos sociales han sido conservadores y sí son propios de aquellos modelos capitalistas que han instalado al individuo y su satisfacción material, hedonista y egoísta como meta final y única de la existencia humana.

La división entonces está planteada bajo distintas formas adaptadas a las realidades locales, pero que comienzan a mostrar un modelo dual falsamente enfrentadas entre globalismo por derecha y globalismo por izquierda, con distintas coberturas, con distinto relato, pero con una misma base.

Para que este modelo de división y enfrentamiento funcione es necesario que se instale en la sociedad una comunicación emocional que permita contener ciudadanos golpeados por la vida cotidiana impiadosa y presentarles un enemigo absoluto como explicación a  sus males. Allí el extinto fascismo y el fenecido marxismo se corporizan y ocupan sus respectivos lugares en el enfrentamiento, aun cuando un simple repaso de la historia nos haría fácilmente entender que ni unos son fascistas ni los otros comunistas, porque sus sistemas, sus principios, sus metas, nada corresponde con los modelos que se vieron en el siglo XX.

La animosidad irreflexiva junto con la carencia de formación en historia y la propia reescritura de la misma son parte fundamental de la destrucción sistemática motorizada por los propios sistemas educativos reorientados hacia la globalización cultural; confluyen para que el análisis sea peligrosamente simplista y así las sociedades se manipulan cada vez con mayor facilidad.

El burdo montaje de un ataque de Sendero Luminoso, un grupo desarticulado hace mucho cuyos remanentes aún activos se han dedicado al narconegocio abandonando casi por completo la ideología, es una muestra de cómo funciona el sistema.

La sociedad, que se ha oprimido por décadas con modelos neoliberales que solo pueden concitar rechazo a largo plazo, generan las condiciones necesarias para que la protesta se esterilice en las perspectivas de un peligro potencial constituido por el fantasma del comunismo. Un fantasma que es absurdo para las generaciones mayores que han vivido la desaparición del mismo, pero que está muy presente en aquellos más jóvenes que no vivieron la experiencia histórica y cuya educación formal, potenciada por las redes sociales, ha generado un enemigo imaginario.

Si para unos, todos los males son el fascismo encarnado por cualquiera que tenga valores patrióticos o culturales conservadores, para otros lo es el comunismo escondido en esta nueva izquierda que deconstruye. A fin de cuentas muchos youtubers con millones de visualizaciones y una multitud de ONGs así lo sostienen y son la casi única referencia que tienen estos sectores.

En ese contexto el brutal asesinato perpetrado en Perú con panfletos llamando a no votar a Castillo se torna creíble, al fin y al cabo el marxismo imaginado es tan salvaje que bien pudo haber producido esa matanza. Esta es solo una prueba de que no hacen falta acciones muy refinadas para manipular a la sociedad actual que, una vez fanatizada y bloqueada por lo emocional, los argumentos no tienen lugar y lo que parece absurdo para el sentido común, para muchos es una verdad como puños.

Por supuesto que en esta ecuación cobra importancia la izquierda caviar que insiste en categorizaciones propias de Suecia, y que persiste en atacar cuanto valor le da a la identidad de los sectores populares: creencias religiosas, lenguajes, tradiciones, todas son abarcadas por parte de la deconstrucción que impulsa esta izquierda que no es más que el apéndice globalista de este enfrentamiento.

Pensemos por un momento que la mayoría de la sociedad no dedica su tiempo a profundizar en teorías antropológicas distantes de su realidad, sino que su mundo pasa por comer, pagar las cuentas básicas, tener salud y educación para sus hijos, y si sobra algo darse un gusto en unas vacaciones, tener un auto para movilizarse y poco más porque ya una propiedad inmueble ha dejado de ser una posibilidad realista.

Ese tipo de gente asociará su situación precaria de empobrecimiento en lo visible, la corrupción moral que identifica con quienes se oponen a lo que sus tradiciones mandan sin más. No importa entonces lo que un intelectual europeo o estadounidense diga, jamás lo escuchará ni se interesará en él, simplemente percibe que quienes toman las decisiones hablan de algo que no entienden y que además no comparte.

Es allí posible que una buena parte de la realidad no pueda ser decodificada por amplios sectores que creen que un asesinato masivo monstruoso puede ser hecho para sumar votos; la grieta genera eso, y quienes creen que es cierto y reclaman justicia no son fascistas, son simplemente gente común que entiende el mundo de esa manera.

En Perú se juega lo mismo que vemos en el resto de la región, un choque cultural generado para que nada cambie. Castillo puede escapar a la trampa si gana y logra mantener sus convicciones resistiendo a la tentación de la izquierda caviar apoyada en ONGs y fundaciones del primer mundo.

Aún no está claro si podrá vencer y, si lo consigue, le espera lo más difícil que es poder gobernar para las mayorías populares resistiendo la tentación de acomodar sus acciones a lo que la prensa globalista aplaudirá y que le permitirá obtener prestigio internacional y créditos para las “reformas” que personajes como Shwabb, Gates, o Lawrence Fink imponen.

El desafío está planteado, ¿qué hará Castillo?

*Marcelo Ramírez. Analista geopolítico. Director de Contenidos de AsiaTv.