Petróleo, pollos y sarasa

El 1 de mayo del 2006 habría sido un aniversario más del día del trabajador en Bolivia, si no hubiera sido por un pequeño detalle: el entonces presidente Evo Morales tomaba, junto al ejército y las organizaciones sociales, los pozos de gas y petróleo que hasta ese día habían estado en manos de transnacionales que se llevaban fuera del país el 82% del dinero y mantenían a los bolivianos pobres y endeudados.

Ese fue el principio de la era de la riqueza propia pero también el final de una primera etapa de charlas, marchas, análisis y contramarchas, hasta que el propio Morales se cansó de tanta tertulia y firmó el decreto conocido como “Héroes del Chaco” que llevaba el número DS Nº 28701. Y marchó hacia los pozos.

Atrás quedaban largas horas y días con conversaciones con Repsol, Petrobras, British Gas, British Pertroleum y la francesa Total. Todas jugaron a llevar el asunto a la larga. Incluso el muy hábil Antonio Brufeau, que gozaba de cierta línea de comunicación gracias a unos modales exquisitos, que sin duda le hubieran servido de no ser por otro pequeño detalle: tenía delante de sí a un presidente casi recién electo empujado por los insomnios provocados en la ansiedad de cumplir todas sus promesas de campaña.

La logística de ese movimiento impactante y dramático había merecido un largo estudio anterior, porque no solo eran los pozos, sino los caños, el transporte, la distribución a otros países y toda una seria de trabajos interminables que dieron como resultado final la firma de setenta y dos nuevos contratos. Todos a favor del pueblo boliviano.

Podría contar el importante papel que jugó en eso Néstor Kirchner, pero como me sacaría del tema, queda para la próxima.

Tras la titánica tarea, Evo Morales llamaba a conferencia de prensa. El mensaje era corto y claro: Bolivia, que no tenía ni para pagar sueldos, recibiría el año entrante una suma estimada en tres mil quinientos millones de dólares. Las multinacionales tenían, a partir de ese momento, ciento ochenta días para aceptar las condiciones o irse del país, y los bolivianos podían (quizá por primera vez en su historia) planificar un crecimiento sostenido.

De tal suerte que allí bajaba Evo Morales al hall del Palacio Quemado para hacer los anuncios en un espacio plagado de periodistas que preguntaban todos al mismo tiempo creando un remolino  insoportable.

Morales se paró frente a ellos, los miró y se dio cuenta que en aquel murmullo de gritos no entendía nada, entonces se rio y dijo: “a ver compañeros, esto parece granja de pollos. Nos ordenaremos”.

Al día siguiente, la siempre opositora (y a la postre golpista) prensa boliviana, puso, (en un acto casi coreográfico) el dorso de la mano sobre la frente, y mirando al cielo cual Lorraine Bacal, tituló exclamando “el presidente nos ha faltado el respeto llamándonos granja de pollos. ¡Pero que barbaridad!”.

Tapas de diarios, noticieros, programas de “análisis” le dieron a la nacionalización una palabra sola que sirvió para poner “en el marco de los anuncios de la nacionalización, el Presidente Evo Morales les faltó el respeto a los bolivianos, llamándolos granja de pollos”. Y ya.

Sobra explicar los esfuerzos del Ministro Guzmán en la negociación de la deuda externa argentina, y los malabares que hace el gobierno para levantar del suelo una economía que parecía signada a la catástrofe planificada por el legado recibido.  No necesito poner aquí tiempos y cifras sabidas por casi todos los argentinos. No contaré aquí la mala hora de micrófono abierto en el momento que algo de la computadora falló y le dijo en chiste a Sergio Massa “hasta que se arregle puedo sarasear”. Y pensándolo bien, tampoco hace falta que explique cómo trató buena parte de la gran prensa argentina, los importantes anuncios y explicaciones que dio en la conferencia de prensa el ministro de economía.

Eso lo sabemos todos: dijo “sarasa”.