Poder, coraje y el minuto de Leuco

Dante Augusto Palma*

Marcelo Longobardi afirmando que el decreto gubernamental por el cual se prohíben las reuniones sociales es anticonstitucional y transforman a la Argentina en Corea del Norte; Viviana Canosa tomando dióxido de cloro en vivo para protegerse del covid-19 a pesar de que es un producto que, según la ANMAT, puede intoxicar hasta causar la muerte en caso de ser ingerido por humanos; Débora Plager reconociendo de manera pública que violó sistemáticamente la cuarentena para visitar a sus padres a pesar de que ellos podían valerse por sí mismos; Diego Leuco, en un video que se hizo viral, aparentemente, festejando el crecimiento de la curva de contagios. Todo esto ocurrió durante la semana que pasó y no se trata aquí de caer sobre los nombrados en particular ni anunciar por enésima vez la decadencia del periodismo. En cualquier caso, ya lo sabemos y cada uno tendrá su opinión sobre los referidos pero la acumulación de estas actitudes en tan poco tiempo puede invitar a algunas reflexiones sobre los valores que está expresando hoy el periodismo mainstream. En particular, quiero pensar la cuestión del periodismo como desafío al poder. Porque si dejamos de lado el caso de Leuco, en los primeros tres ejemplos, el de Longobardi, el de Canosa y el de Plager, más que una apología de cierto individualismo ácrata y libertario, está la idea de que el rol de periodista supone desafiar a un poder que estaría en los gobiernos, aunque habría que decir “en algunos gobiernos”, en particular, aquellos que no fueron votados por estos periodistas.  

Si el gobierno que no me gusta dice que no hay que reunirse por razones de salud pública o que no debo visitar a mis padres, yo lo desafío y le digo que lo voy a hacer igual porque mi rol es incomodar; y si hay instituciones, científicos, organismos internacionales que dicen que hay una sustancia que no cura el covid-19, yo la voy a tomar igual porque hago “televisión verdad” y vendo autenticidad. La venta de autenticidad y de experimentar con el propio cuerpo, en este caso, expresa la decadencia y el desprecio por la argumentación. No tengo argumentos pero lo pruebo con mi cuerpo y soy auténtica. Cuándo sucedió que se le dio más valor a la autenticidad que a la argumentación sería una larga historia pero cada uno vende lo que puede en tiempos de rating deprimidos y bajo encendido. 

Es verdad que de estas acciones podría derivarse una reflexión y un repaso por los distintos autores que tematizaron la cuestión de la desobediencia civil. ¿En qué momento un individuo o un ciudadano está facultado para desobedecer la autoridad? Naturalmente, las posiciones más liberales, en la medida en que hacen énfasis en el individuo, en algunos casos, adjudicándoles derechos naturales inalienables, tienen más herramientas para justificar acciones de desobediencia. Sin embargo, no me quiero correr del periodismo y les voy a hablar de la “parresia”. Se trata de un término griego que ha recuperado cierta actualidad a partir del uso que hizo de él el filosofó francés Michel Foucault en los últimos cursos que diera allá por los años 80. Foucault define a la parresia como “el coraje de la verdad en el que habla y corre el riesgo de decir, a pesar de todo, toda la verdad que piensa; pero es también el coraje del interlocutor que acepta recibir como verdadera la verdad hiriente que escucha”. Quedémonos en la primera parte de la definición: el coraje de decir la verdad asumiendo que eso genera un riesgo, eventualmente, de vida. Siempre se suele citar el ejemplo del cínico Diógenes cuando le pide a Alejandro Magno que se aparte porque le tapa el sol. En ese decir había un riesgo de vida porque se estaba desafiando al más poderoso. A lo largo de la historia, y en particular, en Argentina, ha habido periodistas que han arriesgado y han pagado con su vida desafiar el poder. Fueron parresiastas y la comparación es síntoma de los tiempos: Rodolfo Walsh publica una carta abierta a la junta militar y tiempo después muere acribillado por el poder al que había desafiado. Hoy el desafío es ir a ver a una sobrina o a los padres a un country sabiendo que en el peor de los casos un policía de tránsito te puede apercibir; hoy el desafío es meterte una sustancia prohibida en tu cuerpo y fomentar una revolución new age, caprichosa e individualista para la que todo da lo mismo. Una suerte de anarco-terraplanismo-antivacuna-ravischankaresco. No hay ninguna parresia ahí. No hay ningún riesgo. Quienes siguen mis escritos hace unos años lo saben bien: sigo creyendo que un periodista que desafía al poder es el que desafía a su empleador y no al gobierno de turno. Un periodista de Clarín sería parresiasta cuando denuncie a Magnetto o publique algo que lo incomode; un periodista de América sería parresiasta cuando al invitar a Belocopitt aclare que es uno de los dueños del canal y desacuerde con sus puntos de vista. Para no caer en nombres propios, un periodista será parresiasta cuando eventualmente pudiera desafiar la línea editorial del medio que lo contrató o denuncie a uno de sus auspiciantes, algo que no se ve ni en la prensa opositora ni en la prensa oficialista. Y nadie pide inmolación. Todos entendemos el negocio y entendemos que la gente tiene que laburar. Quien escribe estas líneas tampoco es tan valiente. Pero lo que sí se puede pedir es que al menos el periodista no se presente ante la sociedad como un parresiasta que en su decir valiente está arriesgando la vida. No está arriesgando nada. Es más, como dije aquí hace algunas semanas, la única profesión que da impunidad en la Argentina no es la política sino el periodismo. Ningún periodista puede ir preso en la Argentina aun cuando cometa delitos porque se defiende con la libertad de expresión y pareciera que cometer algunos delitos es una forma de expresarse también.

Un último párrafo sobre la imagen de Diego Leuco que se ha viralizado. Para quienes no estén al tanto, en el momento en que su colega, Santiago Fioriti, afirmaba que se esperaban 10000 casos diarios de covid-19 para la próxima semana, se ve a Diego Leuco realizar un gesto de aprobación con el puño cerrado que se interpretó como una celebración por la noticia. El periodista luego salió a aclarar que se trató de una casualidad y que ese gesto en realidad correspondía a que, a través de “la cucuaracha”, le habían informado que estaba liderando el rating en ese minuto. Acompañó la respuesta con una tabla de medición de IBOPE que muestra que, efectivamente, en el minuto anterior, TN había superado por dos décimas a C5N. Es tan canallesco suponer que un ser humano, por más abierta y delirantemente opositor, como es Diego Leuco, pueda celebrar la cantidad de contagios y muertes, que su justificación me parece verosímil, aun cuando alguien pueda advertir que en este país el odio llevó a vivar el cáncer. Entonces, probablemente, Leuco estaba celebrando ganar por dos décimas el minuto 22:01, algo que, como indica la misma imagen de medición, se habría invertido entre las 22:02 y las 22:07 para luego volver a invertirse a partir de las 22:08 hasta, al menos, las 22:15, donde TN triunfaba por tres décimas. Si bien nada igualaría la canallada de festejar la muerte por el hecho de que dañe al adversario político, el hecho de celebrar el triunfo del minuto 22:01 muestra, ya no una canallada, sino lo patético de lo que está en disputa y cómo se piensa el periodismo en la actualidad. ¿Qué desafío al poder, qué compromiso con la verdad, qué voz de los que no la tienen, qué realidad estaría hablando a través mía cuando yo estoy atento a un productor que me dice “seguí con este tema o con tal invitado porque durante este minuto estamos al frente”? Y no se trata solo de Leuco sino de cómo se hace periodismo en general, salvo, claro está, alguna que otra excepción. A todos nos gusta que nos vean, que nos escuchen, que nos lean y que nos reconozcan pero ¿se puede supeditar el trabajo a la perversión del minuto a minuto? ¿Qué cosa buena puede salir de ahí?

Finalicemos con la última parte de la definición de parresia, aquella que indicaba que también tenía que haber coraje en el receptor del mensaje para aceptar la verdad hiriente. O sea hay coraje en un emisor que dice una verdad que lo pone en riesgo pero también en un receptor dispuesto a aceptar esa verdad aun cuando lo lastime. Y lamentablemente hoy no audiencias con ese coraje. Nadie acepta escuchar lo que lo contradice. Se ve y se lee lo que confirma nuestros prejuicios; se viraliza la interpretación sesgada que dice que estamos en lo correcto; se cancela lo que incomoda porque nos genera inseguridad el que piensa distinto. ¿Debería sorprendernos? Para nada. De hecho no es ninguna casualidad. Se trata, más bien, de una audiencia digna para el tipo de periodismo que supimos conseguir.

*Profesor de Filosofía y Doctor en Ciencia Política