¿Por qué fracasa Occidente en Afganistán? La clave civilizatoria

Otra vez Afganistán transformándose en el desafío al sentido común y haciendo trastabillar al mayor ejército del planeta. En estos días proliferan los análisis sobre qué falló para que un país cuyo presupuesto militar es el más alto del mundo y supera en 20 veces el PIB de su rival, sumado al resto de las potencias asociadas de la OTAN, sea derrotado por una formación interna de guerrillas mal vestidas y pobremente equipadas.

Un billón de dólares invertidos durante dos décadas para generar buenas condiciones sociales, derechos humanos y 300 mil hombres entrenados por los instructores de la OTAN, han sido insuficientes para evitar que la estructura del gobierno de Ashraf Ghani se desmorone como un castillo de naipes ante el avance de una coalición tribal como la que compone el Talibán. Dos  décadas de presencia terminaron en una desbandada en donde la desesperación de los colaboradores locales era tal que hasta intentaban escapar sujetos a la parte externa del fuselaje de aviones de transporte militar.

Occidente ha cometido un error que trae semejanzas con los que perpetraron los soviéticos cuando apoyaron un gobierno de un sector comunista que asaltó el poder, sin comprender que Afganistán en realidad no es un país como se entiende en Occidente sino la resultante de siglos de historia de etnias diversas que han competido entre sí y que a la vez se han unificado de alguna manera bajo el paraguas del Islam.

La política de EE.UU. durante la ocupación fue la de instalar un gobierno títere que le permitiera edificar un Estado moderno vasallo, para lo cual hizo lo que imaginó que había que hacer, inyectar dinero en obras de infraestructura, entrenar un ejército moderno, instalar un sistema de democracia liberal e implementar los derechos humanos a la carta. 

¿Qué podía salir mal cuando esas tierras estaban habitadas por salvajes iletrados que cubrían completamente a las mujeres que solo tenían como función apenas criar hijos? A fin de cuentas las mujeres no solo estaban sometidas sino que el conjunto de la población vivía bajo la pobreza más absoluta. Derechos e ideas occidentales junto con algunos dólares serían suficientes.

Esta apreciación resume el Occidente bienintencionado, ya que no hace falta extendernos en la otra cara que significa explotación y violencia, solo veamos el rostro “bondadoso”. Allí se encuentra la raíz de dos décadas de fracasos, jamás Occidente comprendió la idiosincrasia de los afganos así como no la comprende tampoco en buena parte del mundo. 

La imposición de los nuevos derechos no es otra cosa que cambiar la forma de vida de sociedades íntegras para modelarlas de acuerdo a sus intereses, y cuando hablamos de intereses hablamos de aquel que responde a los de sus élites que representan lo que luego conocemos como el globalismo financiero predominante, no las de la mayor parte de su propia sociedad que se ve disconforme por el rumbo adoptado sin ser consultada.

Como ha sucedido anteriormente, Afganistán es un territorio donde la etnia pashtun es la predominante y se extiende a lo largo de la frontera con Pakistán, y es clave para comprender el manejo del poder en este país. Los británicos tuvieron tres guerras en el siglo XIX y principios del XX para aun así no conseguir quedarse, aunque sí establecer condiciones e influir en los intentos posteriores de delimitar y posteriormente modernizar el país, la misma idea básica que luego intentaron los soviéticos y hasta ahora, los EE.UU. con sus aliados.

La situación se repite, las pretendidas reformas que se impulsan no tienen relación alguna con las convicciones locales sobre cómo debe ser el modelo social en el que vivir. La idea de una democracia liberal con partidos políticos y un sistema de administración del poder del Estado moderno se opone a la concepción tradicional de organización a través de jefes locales y acuerdos en base a consensos políticos. La idea de derechos humanos como entiende actualmente Occidente no solo no es compartida sino que choca frontalmente con la creencias locales de todas las etnias y versiones religiosas presentes.

El resultado combinado de las políticas occidentales termina con un país quebrado, que duplica su índice de pobreza y con una desocupación que supera el 50%, generando las condiciones perfectas para que la persistencia popular aparezca. Como dijo alguna vez el Ayatolah Khomeini, y que recientemente ha recordado Slajov Zizek, “el ayatolá Jomeini escribió una vez: “No tememos a las sanciones. No tememos a la invasión militar. Lo que nos asusta es la invasión de la inmoralidad occidental». Y es este miedo el que alimenta a los talibanes, lo que Occidente representa con su influencia cultural y que el propio Occidente, o sus habitantes, no perciben.

Los valores universales que intenta introducir la globalización a fuerza de chequera y látigo tienen obvias limitaciones cuando quien está enfrente es un pueblo que no ha sido expuesto al machacar constante de las instituciones del Poder, ya sean medios, universidades, ONGs o cualquier otra, los esfuerzos por “explicarles” a los afganos, sean pashtunes, tayikos, uzbekos, hazara o cualquier otra de las menores. El resultado que obtiene es el mismo, el rechazo visceral y la necesidad de enfrentarlo a como dé lugar.

Occidente debe aprender que sus productos culturales son considerados veneno en muchas partes del mundo, en la amplia mayoría podríamos decir sin temor a equivocarnos. Aquellos que ceden a la tentación de esos valores materiales y culturales que se les ofrece para ser vehículos para introducir esas ideas en el suelo afgano, por ejemplo, no tienen más opciones que huir cuando sus ideólogos se retiran.

Occidente no entiende la realidad, o no le interesa simplemente lo que pasa en otras partes tan remotas, solo le importa su autopercepción de paladín de la Justicia y lo hace inclusive aún manipulando su propia población. 

¿O cómo podemos definir que un portal deportivo publique “Qué pasa con las mujeres en Afganistán y por qué se tapan la cara. Los talibanes, milicia fundamentalista islámica, ingresó a Kabul, la capital, y todo indica que volverá al poder luego de 20 años. Conocé cómo era el régimen en los ’90 y qué pasaba con las mujeres”.

Lo mismo sucede desde la ONU hasta las organizaciones feministas, y no vacila la BBC en titular que “El mundo mira en silencio esta guerra contra las mujeres”; la respuesta del Talibán, pero no solo de ellos sino del conjunto de la región, es la de enfrentarlos. 

La etnia pashtun tiene un código de conducta estricto, el Código Pashtunwali, cuyo significado es el Camino de Pashtun y regula la vida de los miembros de la etnia así como el Bushido regulaba la conducta Samurai en el antiguo Japón. Anterior al Islam, y por lo tanto a la Sharía, el Código Pashtunwali se divide en 9 preceptos: 

1.- Melmastia: deber de la hospitalidad, aún para prófugos.

2.- Manawatei: obligación de aceptar el pedido de perdón.

3.- Hadal: derecho a la venganza, o que puede ser mejor entendido como deber de venganza.

4.- Torei: coraje y superación.

5.- Sobat: tenacidad.

6.- Imandari: tener fe y ser justo.

7.- Esteqamat: persistencia, constancia.

8.- Ghayrat: defensa del honor.

9.- Namus: defensa del honor de las mujeres de la familia. La familia es un concepto amplio.

Este estricto código luego se apoyará en la Sharia, que es una recopilación de costumbres que con el paso del tiempo se han ido transformando en un código de conducta que rige como el Derecho Islámico y tiene distintas escuelas de interpretación.

Luego de milenios ésta afianzada idiosincrasia ahora es juzgada y condenada por una mirada occidental eurocéntrica que se siente con derecho a decirle a los pashtunes qué está bien y qué deben cambiar para ser incluídos en el mundo actual, para lo cual envían “especialistas” de las ONGs y los organismos internacionales que instruyen a los afganos en general en ideas tan ajenas a su cultura como la “perspectiva de género”, becando inclusive algunos estudiantes para que terminen su formateo ideológico en universidades británicas o estadounidenses.

El resultado es el que cualquiera con un poco de sentido común imagina un desastre que termina finalmente con los occidentales huyendo a las apuradas y los colaboradores locales en una situación muy delicada, porque no solo son colaboradores del enemigo invasor sino que además corrompen las estructuras sociales que regulan sus vidas, las cuales se rigen con modelos existentes desde mucho antes de que las naciones con esas pretensiones existieran siquiera.

Occidente, como vemos, no comprende que por más armas modernas y bolsones con dólares que ponga sobre la mesa, el problema es más profundo, es civilizatorio. Los pueblos, cualquiera sea su etnia, rechazan al igual que los pashtunes la cultura occidental y con mucha más fuerza  dado el giro actual.

Una vez y otra serán invadidos pero una y otra vez el invasor deberá irse con las manos vacías. Un ciclo doloroso e inacabable en apariencia.

El modelo de vida de estos pueblos puede ser visto con desdén y hasta con preocupación en Occidente, pero debe ser comprendido y respetado. Si pensamos que está mal que en NYC o en Londres se imponga la Sharia o el código pashtun, lo mismo debe valer en sentido contrario, y más aún cuando esas sociedades occidentales son vistas como decadentes y poco sabias.

Occidente necesita comprender que este no es el camino si en realidad quiere influir sobre pueblos muchos más antiguos, excepto, claro, que la idea sea otra diferente y en realidad lo que se buscan son excusas para justificar sus ambiciones económicas o geopolíticas.

*Marcelo Ramírez. Analista geopolítico. Director de Contenidos de AsiaTv.