Potenciar la política, devolver la esperanza

Por Mariano Pinedo*

Pocas veces en la historia de nuestra Nación -incluso contemplando el escenario mundial- se percibió con tanta claridad la importancia de la acción política en la resolución de una coyuntura tan particular y compleja. Al mismo tiempo, sin embargo, observamos que la política, en su principal faceta que es la de construir y organizar comunidad para sostener el protagonismo libre de los pueblos en procura de su realización y desarrollo, ha perdido potencia, creatividad, vitalidad y sobre todo, rumbo. La tarea política como un mero acontecer electoral, en donde se trabaja para posicionarse en la opinión pública, garantizarse espacios, acumular cargos o vender candidaturas como si fueran productos de marketing, no solo es de una profunda mediocridad y cortoplacismo sino que produce una ausencia grave y ningún aporte en el terreno de la construcción verdadera, alejándose de la agenda de las familias concretas de nuestra Patria.

La recuperación de la política, entonces, es una tarea urgente e imperiosa. Más en estos tiempos en los que nuestro pueblo vive, con angustia, una durísima realidad económica, que pone en juego nada menos que la posibilidad de conseguir el sustento básico y, por otro lado, la desintegración de los tejidos social-comunitarios en cuanto creadores de vinculación cultural. Sumado a ello, vivimos una pandemia mundial de la que no se avizora salida inmediata, que pone en crisis no solo a todo el sistema de cobertura sanitaria sino que también visibiliza, con contundencia explícita, los efectos nefastos de un modelo económico productivo extractivista, presidido y dominado por los intereses del sistema financiero, depredador de la naturaleza y del ambiente, explotador de los hombres -y especialmente de las mujeres- y generador de una cultura que el Papa Francisco llamó muy gráficamente “la cultura del descarte”.

De tal manera que la acción política, como ordenadora y creadora del marco orgánico comunitario que permite al hombre y a la mujer procurar su desarrollo personal, tanto material como espiritual, ejerciendo su libertad en la construcción de su propio destino, requiere de un método específico y, sobre todo, de una comprensión acabada del alcance y profundidad de su misión. En esa concepción, procurar la justicia social, por ejemplo, deja de ser sólo una bandera ideológica o una máxima discursiva para posicionarse desde el punto de vista simbólico o meramente partidario, y toma otra dimensión realmente trascendente. Se trata de una finalidad u objetivo político que conlleva la idea esencial de posibilitar que el protagonismo de la historia no sea de las elites, de los grupos de poder fáctico, sino de los pueblos. Los pueblos no solo como beneficiarios de una política de bienestar, realizada desde un estado distanciado y benefactor, sino como actores centrales de la decisión política, portadores de una cultura particular, de un modo de relacionarse y de ser.

Ese protagonismo, para que exista verdaderamente, debe lidiar contra la fuerte contracultura de quienes desde el poder económico financiero limitan el hecho político a ciertos principios pseudocientíficos según los cuales toda la actividad del hombre se reduce a lo económico, a lo material, a la posibilidad de ser un engranaje más del proceso de acumulación de dinero. Para que ese protagonismo tenga lugar, naturalmente, tampoco pueden existir condiciones de inequidad o desigualdad que determinen que haya ciudadanos que no tengan acceso a los mismos derechos solo por pertenecer a determinados sectores sociales, condiciones culturales, orígenes raciales, condiciones sexuales o por estar asentados en determinados territorios “desafortunados” de nuestra Patria.

La fortaleza principal de ese pueblo que busca protagonizar su propia historia es, sin dudas, la unidad. Y para que haya “unión verdadera”, al decir de Martín Fierro, la política debe enfocarse en construir encuentro: una auténtica amistad y hermandad. Hacer realidad el mensaje del General Perón que propiciaba construir una generación de amigos, es el peor de los golpes que podemos asestar a quienes, en tanto enemigos, no nos quieren permitir realizarnos como pueblo. “Sobre la base de la solidaridad entre los trabajadores, construiremos la unidad de los argentinos”, ese es nuestro único método y antídoto. La contracara del descarte es, y siempre será, el encuentro. Desde ese método seremos verdaderamente  una cultura indestructible y potente. Una forma de ser distinta, que se basa en la solidaridad y en el amor como herramientas que alimenten nuestras orgánicas populares, única manera de construir un poder suficiente como para apuntalar un modelo político humano y sustentable.

Pero para fortalecer y permitir el desarrollo de las comunidades orgánicas, verdaderas fuentes de poder democrático, no alcanza solo con producir el encuentro y potenciar su capacidad de decisión popular. También los actores de la política, inmersos en los territorios, deben motorizar la histórica idea que hizo novedoso al modelo peronista, de incursionar en una planificación que tenga al Estado y a las organizaciones como actores principales de la definición de objetivos estratégicos nacionales, discerniendo el rol soberano de la Argentina en el mundo: no solo desde lo comercial sino considerando nuestra realidad geopolítica, territorial y cultural, y aportando la rica historia de nuestro pueblo, de nuestra Nación Sudamericana, a la construcción de un mundo más integrado y más justo. El pensamiento estratégico no puede ser abandonado. La ambición de la felicidad del pueblo va de la mano de la aspiración a ser una gran Nación. Debemos recuperar nuestro orgullo continental, sobre la base de la convicción de ser un gran pueblo, diverso, mestizo, auténtico y necesario para un mejor mundo.

Dicha acción coordinada, pensante, planificadora, debe darse en el marco de un profuso diálogo social. Nuestra militancia debe orientar sus esfuerzos a una abierta actitud de diálogo con los sectores sociales, económicos, productivos y con el movimiento cooperativo, en pos de potenciar la direccionalidad definida por los objetivos estratégicos, alineando así a todas las fuerzas nacionales en el cumplimiento de los mismos.

Es mucho lo que hay por realizar para sacar a nuestro pueblo de la pobreza, de la falta de trabajo, de la desigualdad educativa y tecnológica. No podemos ni debemos estar ausentes de esa realidad que se vive cotidianamente en los territorios, signada por la necesidad de motorizar el aparato productivo y fortalecer el trabajo nacional. Nuestro lugar no está en las discusiones espurias, en los shows televisivos ni en competencias de ego de figurones. Nuestro aporte está en la organización planificada del futuro de nuestra Nación. Desde los territorios, pensando en los grandes procesos de cambio. El ruido de los medios nos desconcentra. El silencio y la ocultación de las diversidades nos empobrece, nos debilita y nos lleva a la derrota. Tengamos el coraje de construir unidad desde la amistad, permitiendo que cada uno sea y pueda aportar su mirada, apuntalando un gobierno que ha generado mucha esperanza y que tanto mas fuerte será cuanto más se permita articular con un pueblo organizado, activo y protagonista.

*Ex diputado provincial y actual Titular de la Unidad de Asuntos Legislativos del Ministerio de Justicia de la Provincia de Buenos Aires