Profecías, apocalipsis y… Duhalde

En el lenguaje de la calle, el cotidiano, por profecía se entiende el anuncio de que algo va a ocurrir. Ahora bien, ¿cómo sabe el emisor que eso “va a ocurrir”? Las fuentes pueden ser varias: desde revelaciones del más allá hasta conocimientos esotéricos; desde un buen análisis de los signos que “allí están” pero pocos, o nadie sabe o quiere ver, hasta ser un auténtico estadista. Digamos algo de este último grupo, para entender mejor. Los estadistas, analizando, pensando las cosas que los rodean, creen que la realidad, el país, el mundo, se dirigen en una dirección y, por lo tanto, ponen los medios para evitar los perjuicios y aprovechar los beneficios de esa situación. Veamos un ejemplo conocido: Juan Domingo Perón creyó, y motivos no le faltaban, que era inminente una Tercera Gran Guerra ¿Qué hacer? ¿Cómo prepararse? ¿Cómo aprovechar? Si se acopian productos que los grupos afectados necesitarán, dedicados como estarán al conflicto, se podrá aprovechar para venderlos y hacer buenos negocios. Pero la tal Guerra no sucedió (o no aconteció como estaba prevista) y los negocios no ocurrieron. En el sentido popular puede decirse que falló la profecía.

Hay, también, otros tipos de profecías: en la Biblia, por ejemplo, en ciertas ocasiones se anuncia que ocurrirán cosas que de hecho ya ocurrieron (se las llama profetia ex eventu), que tienen la intención de preparar para otros acontecimientos que, estos sí, se aguardan. Hay también las que se denominan “profecías autocumplidas” que son las que engendran en sí mismas lo que ocurrirá. El miedo suele ser gestor de muchas de ellas: me anuncian que algo me ocurrirá y es tanto el miedo que me provoca que termina finalmente ocurriendo. En la Biblia, a diferencia de esto, el o la profeta suele ser alguien que, ante la realidad, habla de parte de Dios y la confronta.

El gran biblista judío Abraham Herschel afirmaba que los profetas “sienten-con” (en griego syn-pathia) Dios y por eso les enoja lo que a Dios enoja, les duele lo que le duele a Dios y les da placer lo que a Dios le da placer. No para sí mismos, sino frente a la realidad, por ejemplo, la realidad de los pobres (el huérfano y la viuda).

La apocalíptica, que no es profecía, ni un poco (y algún biblista alemán del siglo pasado afirmaba que se parece más a la “sabiduría”), es vista como el anuncio de cosas terribles que se avecinan. Dios o el caos (que para algunos se parecen) preparan momentos espantosos para un futuro matemáticamente cronometrado (porque pareciera que primero pasarán cosas “A”, más tarde ocurrirá “B” hasta que, al llegar a “Z”, todo acabe). Dejo de lado la imagen de Dios que todo esto supone (un dios del que elijo ser ateo, por cierto). En este caso, la humanidad no puede salir de un sino que la ha sumergido y solo queda aguardar paciente y pesimistamente que todo ocurra. No queda claro por qué ocurrirá eso, si tiene o no causas, y –peor aún– si se podría o no evitar. Tampoco es esto la apocalíptica en la Biblia. Esta, en general, habla ante la realidad presente mostrando cosas que están ocurriendo, aunque en un lenguaje que los poderosos y violentos no puedan comprender fácilmente. De resistencia se trata. Los griegos o los romanos nos están matando u oprimiendo (del siglo II A.C. al siglo II D.C. aproximadamente), por lo que hay que invitar a los “nuestros” a resistir. En algunos casos con las armas, en otros con la no violencia, según los diferentes apocalipsis de tiempos bíblicos.

En medio de estos dos términos usados comúnmente, aparece profetizando apocalipsis inminentes el exsenador en ejercicio interino de la presidencia Eduardo Duhalde. Anunciando cosas terribles: golpe de Estado, ruptura de la democracia. Luego de un análisis que quiso ser inteligente y estadístico partiendo de los antiguos golpes de Estado en Argentina (con ese mismo criterio, mirando la infinidad de cantidad de guerras ocurridas en Europa podríamos anunciar la inminente fractura de la Unión Europea y la proximidad de una Conflagración Mundial de espanto) hizo su anuncio. Y dejo de lado otras “profecías” incumplidas de este mal estadista. La pregunta importante es: ¿Quién es el emisor? En general es conocido y no necesita presentación. Simplemente, a modo de memoria, vivo a escasas cuadras de donde ocurrió la “Masacre de Pasco”, un 21 de marzo de 1975. Un grupo de opositores al entonces Intendente interino de Lomas de Zamora, Eduardo Duhalde, -especialmente el concejal rival Héctor Lencina- fueron masacrados por la Triple A con zona liberada. Desde ese momento comenzó su “carrera” política. Se sabe a quién o quiénes representa. Es el mismo que, siendo Presidente interino, favoreció con la pesificación asimétrica al grupo Clarín, recontra endeudado por la compra de los canales de cable de todo el país para conformar Multicanal.

No es, por lo tanto, ajeno al oligopolio mediático que semejante personaje vuelva a aparecer en los medios para descargar sus anuncios de profecía apocalíptica en momentos en que algunos están en claro periodismo de guerra. La reforma judicial y la declaración de los servicios de comunicación como “servicio público” les hicieron enterrar el hacha. Y deberemos acostumbrarnos a escuchar a decenas de “profetas de infortunios”, como los llamaba Juan XXIII. Por lo menos, sabiéndolo, perderemos el miedo y, así, la posibilidad de que se cumplan sus anuncios retrocederá diez casilleros.

*Eduardo de la Serna. Cura en la Opción por los Pobres.