Prometeo y la deuda eterna: de buitres, titanes y una tortuga

Por Sergio Amigo

De las ochenta y dos piezas que, se cree, escribió Esquilo, sólo sobreviven, en su totalidad, siete. Entre ellas una trilogía completa. Considerado el fundador del género de la tragedia griega, llevó a escena los grandes ciclos mitológicos. El destino, fatalidad eterna, rige a la naturaleza: contra él, los actos individuales aparecen estériles, patinados de orgullo y recipientes de castigo divino. Precursor de Sófocles y de Eurípides, este poeta trágico fue testigo del período de la transición política de la tiranía de los Pisistrátidas a la Democracia. Nacido en Eleusis en el 525 a.C., en el seno de una familia noble y acomodada, existen suficientes razones para sospechar que nuestro autor no veía con buenos ojos el nuevo ordenamiento. Sin embargo, tras participar directamente en las victorias de Maratón y Salamina contra los persas, asiste al período de mayor grandeza ateniense, cuando el teatro ocupa el status de política pública. Se cuenta que, en una ocasión, decidió consultar al Oráculo de Delfos para quedar absorto con su presagio. De acuerdo a él, nuestro dramaturgo moriría aplastado por el derrumbe de una casa. Así, y contrariamente a la cosmovisión que atraviesa su obra, se mudó a las afueras de la ciudad, tratando de engañar al destino y, de paso, aprovechar la lejanía del bullicio citadino para dedicarse de lleno a la escritura.

La obra de Esquilo que nos ocupa es Prometeo Encadenado y el tema de este artículo fue inspirado por el escritor Leonardo Killian a partir de un interesante posteo de su autoría publicado en redes sociales. Parte de una trilogía perdida, nada sabemos de su fecha, sí que en la Antigüedad gozaba de gran popularidad. Trata del conflicto entre Zeus, el dios poderoso y el titán rebelde, Prometeo, quien le había robado el fuego mediante un ardid y se lo había dado a la raza humana que, sirviéndose de él, había creado y hecho florecer todas las artes. El soberano del Olimpo castiga al titán por su acto de rebelión y su excesivo amor a la Humanidad encadenándolo al promontorio rocoso del Cáucaso. Tragedia de súplica, ya que suplicar es su acción principal: lo hacen todos los personajes secundarios, movidos a piedad por la desgracia de Prometeo. Le recomiendan ceder, doblegarse al poder. Él se niega, y, lejos de ello, se jacta de su osadía: el haber enseñado a los hombres –y mujeres- el número, la medicina, la adivinación.

Pero acudamos a Killian: En el mito griego, el castigo que Zeus impone a Prometeo es terrible: encadenado a una roca, debe soportar que un buitre devore su hígado cada mañana, sólo para volver al día siguiente cuando el hígado ya se ha regenerado. Un buitre le devoraría las entrañas durante 30 mil años pero sin provocarle la muerte, ya que éstas se regeneraban continuamente. Se libró finalmente de su tortura gracias a la ayuda de Hércules, quien lo liberó de las cadenas y mató al buitre. El castigo impuesto a la Argentina es el de Prometeo. Una deuda ilegítima que se paga una y otra vez para volver aumentada”.

Al comienzo de la década de 1820, y en su calidad de ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores de la Provincia de Buenos Aires durante el mandato de Martín Rodríguez, Bernardino Rivadavia saca partido del cargo que ocupa para gestionar el infame Empréstito Baring, el punto de partida, a menos de una década de habernos constituido como Nación independiente, del karma de la deuda externa argentina. Destinado a la construcción de obras de infraestructura en territorio bonaerense, tal obra pública nunca se llevó a cabo, sino que engrosó las arcas de acreedores, funcionarios y comerciantes vernáculos, para ser cancelada, un siglo y 23 años más tarde, en 1947, durante la primera presidencia de Juan Domingo Perón.

Desde aquella toma de deuda externa fundacional, Argentina ha atravesado por diferentes ciclos de endeudamiento seguidos por otros de desendeudamiento. Entrañas devoradas y entrañas que vuelven a crecer. Y el buitre, siempre el buitre, amenazante proyectando su sombra y al acecho y, como señala Killian, como esto no es un mito, no vendrá Hércules para liberarnos. Finalmente, una vez derrocado Perón, el país se incorpora, pidiendo asistencia financiera, al Fondo Monetario Internacional en 1956.

A partir de allí, la tragedia de la deuda eterna toma ribetes variopintos y nunca prometeicos ya que tal adjetivo remite a actos que aportan a la sociedad beneficios que propician su prosperidad. Actos altruistas, generosos, quijotescos. Más bien son ciertos sus antónimos: actos indolentes, negligentes, egoístas, rapaces. El acuerdo con los bonistas de hace poco más de una semana constituye una buena nueva para un gobierno con firme voluntad de pagar. La pesada herencia del período macrista parecía desmentir al dicho “No hay mal que dure 100 años”. En efecto, por primera vez en su historia, Argentina coloca en 2017 un bono a un siglo por 2.750 millones de dólares con una tasa de interés del 8,25 % anual, condicionando políticas de desarrollo, industrialización y bienestar. Había recibido un país, si bien no totalmente desendeudado, en una situación más que manejable. De hecho, esto constituyó una de las “atractividades caza-inversores más importantes pergeñadas por el gobierno de los CEOs.

Cuando nos creíamos libres del destino rivadaviano, éste nos volvió a tender una celada. El Oráculo de Delfos no estaba equivocado. Esquilo calculó mal. Un buitre surcaba los cielos buscando una roca para romper la caparazón, la casa, de una tortuga que tenía atrapada entre sus garras, con tanta mala suerte que arrojó su presa, que terminó golpeando la cabeza del poeta, quien murió en el acto en el 456 a.C. No logró escapar a su destino. Al buitre se le escapó la tortuga y no todos son presagios tan malos. En la tercera parte de la trilogía perdida, Prometeo Liberado, el titán acuerda con el dios tirano y sus males se alivian. Porque, al fin y al cabo, y como señalamos más arriba, no hay mal que dure 100 años, ni cuerpo que lo resista. Es hora de cortar con el eterno retorno. Killian ofrece su solución: Hay que mandar a los buitres y a los dioses a la p… que los parió”. Prometeo no pudo. El rebelde terminó negociando.

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