Pronósticos económicos: cuando fallar es un éxito

Es habitual escuchar, incluso con diferentes niveles de indignación, las quejas que caen sobre gran parte de los economistas mediáticos, consultores variopintos, y voceros de los sectores dominantes que fungen de periodistas o analistas financieros, al comprobarse, una y otra vez, que sus pronósticos de variables económicas son siempre errados, aun por mucho más de lo que la realidad termina demostrando.

Sin embargo, para el pronosticador en cuestión, el tirapostas sin descanso, el que vaticina el precio del dólar, la tasa de inflación, la caída de la actividad económica o la inminencia de un nuevo default, aun a sabiendas de que lo que afirma es inverosímil, insiste en sus apuestas del futuro.

Sabe que su prestigio no se verá afectado por sus yerros porque a los pronósticos se los lleva el viento. En cambio, sus palabras, definiciones y argumentaciones, aun las más rudimentarias, quedan flotando en un aire que ellos contaminan a su antojo; definiciones que forman, de a poco, un piso de aparentes certezas que van modificando el humor de los agentes económicos, y del público en general. Trabajan fuerte en la inexistente categoría económica de la confianza, recurso por el cual mágicamente, las resoluciones de las tensiones de la economía van para un lado u otro. Como el cuentito de la confianza y la lluvia de inversiones. 

Algunos, también, los llaman generadores de expectativas; los hay rudimentarios, y también sofisticados, y siempre tienen por detrás apoyos de grandes jugadores.

A todos ellos les cabe una reiterada metáfora, pero no por eso menos cierta, que revela su supervivencia: si los economistas construyeran puentes o edificios con la precariedad de sus pronósticos, estos se caerían en cuestión de minutos. En cambio, a un ingeniero, le costaría su carrera, su reputación y hasta tal vez la prisión misma.

Sin embargo, y como ha quedado demostrado, el daño que causan los pronosticadores y sus falacias suele a veces ser mayor que lo que supondría la caída de un puente construido por un mal ingeniero.

Lo que a esta altura sorprende, y es lo que se pretende destacar aquí,  no es ya aumentar la indignación, burla o descalificación que pueden provocar sus manipulaciones, mentiras y opiniones interesadísimas, sino el hecho de quedarse, solamente, en ese estado de reproche moral al estilo de “no tienen vergüenza” o “con qué autoridad vienen a dar consejos”, “chocaron el país y todavía se atreven a darnos sus recetas”. La indignación al palo, por unos miserables que no reconocen y ni hacen autocríticas que sí, en cambio, se lo pasan pidiendo a los otros ¡Qué tupé!

En fin, es hora de aceptar que el pronosticador, el tirapostas, trabaja de eso, y de eso viven y hacen vivir a los mas fuertes y que, aunque muchas veces son pobres perejiles que se creen parte del “poder” su misión no es acertar pronósticos, sino operar en una realidad paralela que no tiene en cuenta la, a veces candorosamente pretendida, honestidad intelectual, como tampoco la defensa del interés nacional y el bien común. El capitalismo funciona así y requiere para funcionar, entre tantos de sus mecanismos, el servicio de estos sectores a quien el italiano denominó clases auxiliares del capital.

Los hay de todo tipo: circunspectos con aires académicos, cancheros muchachos de barrio, los que hablan de economía para “el bolsillo” y los que aconsejan comparar y  entender las lógicas del funcionamiento de la economía de un país como la de la administración de un hogar. Sin embargo, ante toda esta pleyade de personajes con números y lenguajes mas o menos exquisitos, para el hombre de a pie que se anima a discutir de política, historia, sociología y hasta tecnología espacial, encuentra su límite cuando en una discusión surge un eje económico, por mas básico que resulte. Allí se resigna a reconocer que “de economía yo no sé nada” y aquí es en donde reside de manera contundente el éxito del pronosticador como articulador de un saber y un lenguaje intransferible al hombre común: la economía y sus variables. Ya el pronóstico pasa a segundo plano, es irrelevante; sí importa cómo complejizó y estructuró ese pronóstico para que el otro caiga rendido a asumir su ignorancia. Construyen así el sentido común del correcto funcionamiento de la economía. Todo lo que se oponga es una anomalía, lo inaceptable. Vaya si no es una parte clave de la batalla cultural que se libra en una disputa soterrada, áspera, esquiva para los sectores del campo nacional y popular que suele hablar con el corazón y lo cachetean con el bolsillo.

Presiones y disputas

Entre todos ellos hay un eje de perdición, de adoración, ante el cual sucumben: vaticinar el valor del tipo de cambio, determinar su competitividad e, inmediatamente, pronosticar una próxima devaluación. Hay, desde hace décadas, una industria de la especulación forjada en torno a la variable que todo lo domestica o revoluciona, a eso que todos temen y adoran a la vez. En una economía como la argentina, cuyo indispensable ingreso de divisas proviene del sector más concentrado y privilegiado como es el agroexportador, la devaluación es parte de una estrategia de presión constante.

Desde hace más de dos meses, los pronosticadores vienen operando fuerte a favor de una devaluación. El objetivo va a tres bandas: devaluar  la moneda, aumentar la rentabilidad del sector y devaluar al gobierno de Alberto Fernández. Una devaluación, en la Argentina, significa torcerle el brazo al presidente de turno. Un camino de difícil retorno o salida airosa.

A las medidas adoptadas recientemente por el gobierno, vía restricciones al acceso al dólar ahorro para frenar el drenaje de las escasas  reservas que dispone el Banco Central, se sumaron la oferta al sector agroexportador de bajarle por un par de meses 3 puntos de retenciones para, casi suplicar, que liquiden al menos 2.000 millones de dólares, es decir nada, y a riesgo de que en poco tiempo vengan por más exigencias. En las últimas horas, y en exclusividad para el mismo sector, se ofrece un bono atado a la evolución del tipo de cambio, también como zanahoria para la liquidación de dólares.

Nada será suficiente si la estrategia es seducir a un sector de la economía en el que sus intereses se sostienen atados al sector financiero y son parte de la cadena que conforman  los principales grupos económicos concentrados, entre ellos ni mas ni menos que el hiperconcentrado rubro de alimentos, es decir el que marca el valor de la comida de los argentinos.

Disputar fuerte el sentido común de la economía, sus variables, sus modelos de acumulación, es parte de una batalla esencial. No se encontrarán aliados en esta tarea en aquéllos sectores que crecieron bajo el amparo de gobiernos que por acción u omisión dejaron acrecentar el poder de fuego del que hoy disponen. La resolución de la administración del comercio exterior, en una economía asfixiada por la debacle neoliberal del macrismo y la posterior pandemia, requiere de medidas que deben estar a la altura de las dificultades que enfrentará, tarde o temprano, un gobierno que no puede equivocarse en esperar actos de generosidad.

Esto significará discusiones fuertes a las que habrá que sostener disputando una batalla que enfrente las lógicas de los pronosticadores que operan incansablemente sobre el sentido común económico, logrando lo que no se les puede negar que han sido y son exitosos:  que las demandas de las minorías privilegiadas se presenten como exigencias universales de toda la sociedad.

*Francisco Balázs es periodista. Ex editor de Miradas al Sur y columnista de Tiempo Argentino