¿Qué hay detrás del regreso de Lula?

El encuentro entre Fernando Henrique Cardoso y Lula que se produjo esta semana constituyó un hecho impensado hace apenas algunos años, sin embargo, hoy se ha hecho realidad y tomado a muchos por sorpresa.

Henrique Cardoso fue presidente de Brasil entre los años ‘95 y el 2002. Sociólogo de “izquierda”, exministro de RR.II. de Itamar Franco, pasó a la historia por su discurso progresista que desembocó en una presidencia que motorizó las privatizaciones de empresas públicas brasileñas a tono con la moda mundial post Guerra Fría, donde el capitalismo financiero globalizado se transformó en el único actor dueño y señor de la economía mundial.

FHC asimismo fue el autor de la reforma constitucional que lo habilitó para un segundo mandato que inmediatamente aprovechó para prolongar su período al comando de Brasil.

Lula fue su opositor en esos años, disputó dos elecciones presidenciales que perdió siendo un fervoroso crítico a las políticas neoliberales de FHC, situación que luego se invirtió cuando el mismo Lula accedió a la presidencia y encontró a FHC como uno de sus críticos más feroces.

¿Por qué entonces se ha dado este encuentro entre dos expresidentes brasileños que se han enfrentado por décadas? La respuesta simple y correcta políticamente es que lo hacen preocupados por el futuro de su país y de la Democracia. Sin embargo, la realidad es un poco más compleja y estas aseveraciones sólo responden a expresiones “pour la gallerie”, pero que no corresponden a los intereses políticos en juego y que es lo que intentaremos dilucidar en esta nota.

Lula fue sorpresivamente liberado de su prisión. Si bien su encarcelamiento respondía a lo que popularmente se conoció como lawfare, su detención fue convalidada por la sociedad brasileña en su conjunto. Prueba de ello fue que el apoyo del pueblo brasileño cuando se produjo su encarcelamiento fue más bien reticente, escaso, llamativamente escaso podríamos decir para lo que se presumía en el exterior, donde se esperaba una reacción de masas de trabajadores saliendo a las calles. Un 17 de octubre brasileño que nunca llegó.

Los conocedores de Brasil no se sorprendieron, estas ideas respondían a una realidad imaginaria que no se correspondía con la local.

Si bien la popularidad de Lula en momentos de dejar la presidencia superaba el 80%, había caído a apenas 20% gracias al gobierno de Dilma Rousseff.

Su sucesora había combinado ajustes económicos, casos de corrupción y políticas de género que esmerilaron la popularidad y dieron pie para los medios de comunicación más importantes que se ensañaron con todo lo relacionado con el PT y Lula no fue la excepción.

El resultado de la impericia propia y el ataque ajeno llevó a Lula a una oposición de debilidad electoral que posibilitó que su encarcelamiento haya sucedido sin contratiempos. 

Es importante hacer esta aclaración sobre la impopularidad en Brasil de Lula hoy para comprender que la liberación de prisión y la restitución de sus derechos cívicos que le permiten ahora competir electoralmente no fueron realizados ni bajo presión popular ni internacional. La única explicación posible es que el mismo poder que lo llevó a la cárcel pasando por encima de todos los marcos jurídicos abortando una hipotética reelección, hoy ha cambiado su estrategia decidiendo ponerlo en juego.

¿Qué significa Lula en el tablero electoral? Indudablemente una primera lectura es que Bolsonaro ahora tiene un rival definido que le podría ser funcional a su intención de no enfrentar divisiones en las fuerzas que lo acompañan y que todo el arco anti PT y anti Lula se una detrás de su candidatura. Sin embargo, algunas acciones de Lula y del poder real comienzan a plantear que tal vez no va a ser tan simple y Bolsonaro no debería festejar por anticipado.

Poco tiempo después de su liberación aparece en el escenario de la política brasileña una encuesta de Datafolha, una encuestadora muy importante de Brasil ligada al grupo empresario propietario de la Folha de São Paulo, el medio escrito más influyente del país, un medio que desde siempre atacó a Bolsonaro, primero para hacer crecer el candidato del establishment Geraldo Alckmin pero como nunca pudo conseguir el más mínimo apoyo popular, decidió continuar con esos ataques aún a riesgo de que el presidente hubiera sido Haddad acompañado por Manuela D’Avila, militante del PC do B que centró su campaña en la promoción de los derechos LGBT+. Aunque tal vez no haya sido a riesgo sino como la solución menos mala para su proyecto que era Haddad.

Datafolha publica, en ese marco de disputas, una encuesta que adjudica a Lula un 41% de intención de voto contra 23% de Jair Bolsonaro en primera vuelta y 55% contra el 32% en caso de ballotage. Independientemente de que estemos aún muy lejos de las elecciones del próximo año y de que las encuestas son operaciones políticas que se utilizan para fijar candidatos, la capacidad de movilización en las calles plantea un gran interrogante sobre la verdad de estos números.

El 1º de mayo el bolsonarismo, que no tiene un partido político, salió a las calles movilizando cientos de miles de personas en más de 150 ciudades de Brasil simultáneamente. La izquierda apenas salió en un par de ciudades con manifestaciones escasamente concurridas y optó por “movilizaciones virtuales”.

El 15 de mayo nuevamente los sectores de Bolsonaro tomaron las calles con una enorme movilización de más de 200 mil personas en Brasilia y réplicas en todo Brasil. Ambas movilizaciones tenían los mismos reclamos: la afirmación de la defensa de la familia tradicional y sus valores junto con el pedido del voto auditable, es decir, un voto en papel que posibilite un recuento en lugar del voto electrónico hoy utilizado, que no puede ser corroborado y que despierta muchas polémicas en función de su transparencia.

Es difícil aceptar que la izquierda brasileña, que ha sido siempre el único sector con capacidad de movilización dentro de los parámetros de compromiso popular del país que son menores a los argentinos históricamente, haya perdido las calles a manos del bolsonarismo que representa sectores que nunca hicieron de la movilización una herramienta de lucha.

Por primera vez en el Brasil contemporáneo, vemos este fenómeno que resulta al menos contradictorio con el alza de las encuestas de Lula a más del doble de su popularidad hace poco tiempo atrás.

El encuentro con FHC entonces comienza a tener una explicación de lo que está pasando. Bolsonaro, aún pese a su infantilismo de acusar a todo lo que lo contradiga del comunismo, de sus errores de categorización de la pandemia y de su vulgaridad para expresarse en público, sigue conservando un importante segmento que lo apoya.

Evangélicos, una buena parte de los católicos, el interior tradicionalista, simpatizantes por las FFAA (que a diferencia de la Argentina nunca han tenido un rechazo masivo) y muchos otros que tienen un rechazo por la política tradicional y por el PT, son una base más que importante que le permite seguir pensando en la reelección.

Los partidarios de Bolsonaro sin embargo ven nubarrones en el horizonte y por eso se movilizan. La victoria de Biden ha significado un golpe muy duro para Bolsonaro, mientras Trump se identificaba con las políticas sociales de Bolsonaro, Biden impulsa una Agenda 2030 que choca frontalmente con sus políticas.

La cuestión del Amazonas es la más importante, una situación que denuncian a los sectores de la burguesía tradicional brasileña que se han apoyado en Bolsonaro, a quien ven como un populista pero que les permite enfrentar la agenda globalista impulsada por el sector que representa por la “derecha” liberal el ministro Guedes, a quien ven como un obstáculo para alcanzar con un Brasil donde prime el capitalismo nacional.

Estos sectores advierten que el cambio climático será la excusa para la intervención de las potencias extranjeras en el Amazonas considerando que Brasil no hace lo suficiente y que ellas deben “salvarlo”. Esta preocupación es compartida por los militares que ven con suma desconfianza la base militar de la OTAN en tierra francesa que puede proyectarse sobre su territorio.

Sin embargo, esta posición atendible en un tema muy sensible como la internacionalización de los recursos naturales, se desmerece cuando se señala a China como una amenaza para Brasil y se mantiene como ministro a un neoliberal de pura cepa. El bolsonarismo es muy contradictorio en sí mismo y eso no lo ayuda para que sea tomado con seriedad ante la denuncia de sus opositores de “fascismo”, una acusación comodín que de tanto usarla ha perdido ya sentido, pero que representan un peligro precisamente por su indefinición.

Bolsonaro es un enemigo para los planes del globalismo de Biden y sus socios en Brasil, un obstáculo a ser eliminado y ante la carencia de políticos con un mínimo de carisma que lo puedan enfrentar, han debido a recurrir al único que tiene esa característica y que hoy es Lula. Detrás suyo se aglutinará todo el arco político opositor a Bolsonaro que cuenta con los medios de comunicación y la intelectualidad y cuyo proyecto coincide con la Agenda 2030. Las últimas expresiones públicas de Lula lo muestran alejado del dirigente obrero que supo llegar a la presidencia con un discurso combativo anticapitalista e inclusive del presidente pragmático que desarrolló a su país en una alianza multisectorial.

Lula, con un PT y una izquierda absolutamente volcada a la agenda de género y ambiental, ha recibido el apoyo mediático que antes tenía en contra.

Tal vez no sea extraño este vuelco ideológico si analizamos la llegada al poder en Argentina del Frente de Todos, donde esta Agenda 2030 ha sido tomada como política de Estado y como centro de sus acciones, tanto por el gobierno como por los opositores. Las diferencias pueden ser por estética, por apetencias personales, pero en lo sustancial los proyectos de la oposición y el oficialismo son similares. Este es el modelo que se quiere instalar en Brasil pero que Bolsonaro obstaculiza con una agenda extraña, a veces extravagante, pero no funcional al modelo global que se promulga desde Washington.

El modelo en disputa en Brasil es entre un capitalismo nacionalista moralmente conservador anidado en el bolsonarismo y que comparte un mismo espacio en forma notoriamente incómoda con Guedes y un sector opuesto progresista y de izquierda que representa la Agenda 2030 y que cuenta con el apoyo directo de Biden.

El bolsonarimo ha tomado nota de los sucesos en EE.UU. que terminaron con la polémica derrota de Trump  y piensan que si al presidente de EE.UU. se le pudo hacer un fraude gigantesco, a Bolsonaro le sucederá lo mismo, y la aparición de Lula como líder en las consultas de opinión es una confirmación de esa intención al instalar un candidato victorioso en las encuestas que legitime el fraude en ciernes. Por ello es que consideran imprescindible que el voto sea auditable, y si logran este propósito, aun así ven un panorama muy complicado.

Independientemente de la simpatía que se tenga por Bolsonaro, hay una serie de hechos coincidentes y sugestivos que hacen pensar que la estrategia denunciada no es descabellada, sino que puede corresponder a una lectura de la realidad a contramano de lo que dicen los grandes medios. Nada nuevo si en realidad vemos la historia reciente.

Lamentablemente nos toca vivir épocas de posverdad en las cuales los argumentos carecen de importancia y solo valen las intenciones de cada sector, no importa lo que representan en realidad sino lo que cada uno quiere percibir.

Si se quiere percibir una revolución anti-patriarcal de las izquierdas y el progresismo, desconociendo de dónde provienen sus ideas y apoyos financieros, mediáticos y de todo tipo de resortes de poder, solo porque contradicen lo enunciado, simplemente alcanza con “cancelarlos” y avanzar en lo que la propia voluntad sugiere. Cada uno edifica su propia realidad.

Por cierto, luego pueden aparecer sorpresas que, si la mirada fuera un poco más aguda e inquisidora, tal vez no serían tales.

*Marcelo Ramírez. Analista geopolítico. Director de Contenidos de AsiaTv.