¿Quién dijo que la calle está perdida? Siempre estamos llegando

El 12 de octubre hubo una nueva movilización contra el gobierno. Una vez más, con o sin barbijo, y consignas variadas, la oposición salió a la calle.

El monopolio Clarín anunciaba y promovía la convocatoria con sus respectivos puntos de concentración. Uno de ellos, la casa de la vicepresidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner. El presidente Alberto Fernández sentenció: “Disentir con un gobierno es parte de la democracia. Movilizarse, aun con el riesgo que implica en una pandemia, también. Pero promover una convocatoria a una protesta en el domicilio de una persona solo fomenta la grieta y daña esa convivencia democrática”. Más grave aún, cuando la persona en cuestión fue dos veces consecutiva Presidenta de la Nación, actual vicepresidenta y la dirigente política más perseguida judicialmente que tuvo la historia política reciente. El “12-O” reunió, entre otros puntos, un puñado de fanáticos y odiadores en la puerta de su domicilio. Los ejercicios contrafácticos suelen no tener mucha validez, pero ¿qué pasaría si fueran otros los promotores de una convocatoria de estas características, si el político en cuestión fuera Mauricio Macri o Horacio Rodríguez Larreta? Pero no, se trata de una dirigente política peronista y mujer. El silencio cómplice de la narrativa hegemónica que naturaliza semejante situación, impera.

Ante la estampida de los señalamientos, la respuesta de Clarín fue “nuestra reacción es informar”. Una expresión más de un grupo económico que hizo gala a lo largo de la historia de apoyar y promover movimientos destituyentes o golpistas. Un poder de facto que se hizo de Papel Prensa en una mesa de torturas y cuya labor se reduce a construir y promover noticias falsas y operaciones de “prensa” contra dirigentes del campo nacional y popular. De hecho, las guerras judiciales no serían posibles sin la guerra psicológica que emprenden los medios hegemónicos, instalando en el sentido común condenas -mediáticas- que son difíciles de remover. No, no son un grupo de prensa, tampoco hacen periodismo. Tienen en su elenco a personas vinculadas a asociaciones ilícitas, causas de extorsión y servicios de inteligencia. Son un poder de facto que busca, una vez más, desestabilizar la democracia en nombre de la libertad de expresión. Que protege y blinda a los poderosos, los vela con un manto de impunidad, mientras ataca los intereses y lxs representantes del pueblo trabajador.

La imposibilidad de salir a la calle incomoda. A nosotrxs, nos incomoda. Sujetos a la contradicción pandemia/cuarentena y siendo la calle escenario principal de disputa, se ha intentado mantener un inestable equilibrio que se alteró el 17 de octubre pasado. Sí, a 75 años del día de la lealtad, cuando se conmemoró aquella jornada histórica en la que el pueblo salió a la calle para exigir la liberación del Gral. Juan Domingo Perón irrumpiendo en la historia como un nuevo sujeto político, otrora desplazado, y con una nueva estética que sigue siendo hasta hoy objeto de desprecio de las clases dominantes. A pie, en camión, en micros, lxs trabajadorxs llegaron a la Plaza de Mayo para cambiar la historia para siempre.

En tiempos de asedio, no contra el gobierno en sí, sino contra la posibilidad de la consolidación de un gobierno popular, era necesario dar una demostración de fuerza. Y estas siempre se dieron en la calle. Ante la convocatoria oficial al acto virtual por el 17 de octubre, camioneros respondió con una caravana. La conducción de la CGT expresada en Héctor Daer –quien auspicia más de representante del empresario que de lxs trabajadorxs- escondía en su maniobra la intención de romper el binomio Cristina-Alberto ofreciendo, como prenda final, la conducción del PJ al Presidente de la Nación. Camioneros, respondió apelando a lo que conoce: el control de la calle.

A la caravana se le fueron sumando, en distintos puntos del país, múltiples convocatorias. Cientos de miles de compañerxs salieron en una muestra que la dirigencia no supo o no pudo interpretar y conducir. El 17 de octubre se tiñó nuevamente de pueblo, en defensa de la democracia. En defensa de Cristina y del gobierno, ante el asedio permanente por parte de los grupos de poder. Era necesario dar esta señal. Para adentro y para afuera, con o sin permiso. Fue una bocanada de oxígeno y una reafirmación de la esperanza en el proyecto.

Mientras tanto, reapareció Mauricio Macri. Después de su fugaz viaje –nunca muy bien aclarado- a Paraguay para reunirse con el expresidente Horacio Cartes, y a Francia para “respirar libertad”, volvió a la escena pública. Es decir, a los sets televisivos. En una entrevista mano a mano con Joaquín Morales Solá dejó una serie de declaraciones que, sumada a algunas posteriores, agitaron las aguas dentro de su espacio político. De este modo, casi como una paradoja de la historia, denunció –sin ruborizarse- ser víctima de Cristina Fernández de Kirchner por la causa Correo, una de las mayores estafas al Estado argentino que acarrea años de impunidad. Y reafirmó “hoy necesitamos que la gente esté en la calle defendiendo la ley y los jueces”. Pretende así, la defensa irrestricta de una ley hecha a medida y unos jueces a la carta que se adecuaron muy bien a su gobierno, sus objetivos e intereses durante, por lo menos, los cuatro años de su gestión. Y aún, continúan. Pidió también un “peronismo racional” ya que el actual “está secuestrado” por Cristina y, por ende, por la irracionalidad. Pero el fuego también fue para los “amigos” siendo que, en el marco de una autocrítica tardía, sostuvo que su error fue delegar la cuestión política en los “filoperonistas” de su espacio. La aparición de Macri, en este contexto, entre la concentración antigobierno y la concentración por el 17 de octubre, perseguía otros objetivos. Buscaba ordenar y dar una señal hacia adentro y, lejos de eso, evidenció el desplazamiento del expresidente dentro de un partido que ya hace rato evalúa el recambio de su principal figurita.

El escenario del 17 fue una muestra más de la potencia plebeya que tiene el pueblo. De la defensa irrestricta que siempre ha hecho de sus derechos y conquistas, del apoyo a sus dirigentes y la lealtad a un proyecto político y a un movimiento histórico. El pueblo, cuando tiene que salir, sale. Sin pedir permiso. Y, además, combate contra la idea pretendidamente instalada de que “el peronismo perdió la calle”. Pero como bien dice Aníbal Troilo: “Alguien dijo una vez que yo me fui de mi barrio… ¿Cuándo? ¿Pero cuándo? Si siempre estoy llegando”.

El Presidente de la Nación, Alberto Fernández, recibió una muestra de apoyo. Hay consenso y hay condiciones dentro del campo nacional y popular de avanzar hacia la profundización del proyecto. Hay que responder más al pueblo y menos a los poderosos, hay que perderle el gusto a la política de los buenos modales y las concesiones. Ellos libran una guerra deliberada y nosotrxs acá, nos estamos jugando el pellejo. No son tiempo de dilaciones, sino de definiciones.

*Florencia Prego. Licenciada en Sociología y maestranda en Estudios Sociales Latinoamericanos (Facultad de Ciencias Sociales, UBA). Becaria UBA categoría doctoral con sede en el IEALC. Secretaria de redacción de e-l@tina. Revista Electrónica sobre estudios Latinoamericanos.