Ramón Doll: estampa de un escritor maldito

Figura olvidada y despreciada por igual por la superestructura cultural argentina que rotula, apaña o condena a todo escritor, artista o político nacional según su matriz de pensamiento de cuño liberal y/o progresista, Doll ostentó una original sagacidad en la crítica literaria y una notable agudeza política para señalar los males que apuntalaron la dominación de “afuera” y la entrega de los de “adentro”.

Salvo Norberto Galasso o Alberto Buela, fueron pocos los que se atrevieron a estudiarlo, o aunque sea citarlo, por lo que me propongo develar algunas claves de su trayectoria y producción intelectual.

Síntesis biográfica

Nacido en La Plata el 12 de septiembre de 1896, fue abogado de profesión, aunque su personalidad lo fue llevando a desarrollarse como ensayista, polemista, periodista y crítico literario como vocación. Se inició políticamente en el socialismo – ver “El caso Radowitzky” de 1929 – y el anarquismo libertario.

En 1927, cuando se dividió el Partido Socialista, se fue con los “socialistas independientes” de Antonio De Tomaso y Federico Pinedo, pero luego advirtió que el PSI viraba hacia la derecha, por lo que retornó al viejo PS de Repetto.

Participó como redactor de la revista Claridad (socialista) y del periódico La Vanguardia (órgano oficial del PS), amén de escribir en revistas literarias y de interés general en columnas sobre cultura y literatura.

Fue secretario de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) – fundada por Leopoldo Lugones en 1928 y de la que fue su presidente hasta 1932 – en el año 1933.

También publicó artículos y comentarios literarios en el semanario Señales, donde participó Arturo Jauretche, Raúl Scalabrini Ortiz, y demás pensadores del nacionalismo “popular”, que en ese tiempo dieron origen a la experiencia de FORJA.

Como muchos jóvenes militantes de los años ‘30 formados en la izquierda, se replanteó su posición ideológica a la luz de las experiencias europeas del fascismo, evolucionó y – como lo hizo el historiador Ernesto Palacios – se incorporó en cuerpo y alma al ideario nacionalista en 1936.

En 1937 apoyó intelectualmente a la Unión Nacionalista de Estudiantes Secundarios y se integró a la Alianza de la Juventud Nacionalista, que en 1941 cambiará su nombre por Alianza Libertadora Nacionalista, siendo el grupo más importantes del nacionalismo argentino previo a la llegada del peronismo y unos de los sectores más activos contra el “régimen”. Allí Ramón Doll fue un asiduo colaborador en el periódico Alianza, vocero oficial de la agrupación.

Fue, en 1938, miembro fundador del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, donde se rescató la figura del Gobernador bonaererense y caudillo nacional, junto con Ernesto Palacio, Alberto Contreras, los hermanos Julio y Rodolfo Irazusta, entre otros, siendo Doll su Secretario General y asiduo columnista de la revista institucional.

Su crítica literaria y sus análisis políticos se publicaron en varios periódicos nacionalistas, a saber Crisol, de Molas Terán; Nuevo Orden, que dirigió Ernesto Palacio entre 1940 y 1942; La Voz del Plata, dirigido por Rodolfo Irazusta entre 1942 y 1943; El Pampero, de Enrique P. Osés, por mitad de los ’40; la revista Nueva Política de Juan Pablo Oliver, en los ‘40 y en Cabildo también en los años ’40.

Tras la Revolución del 4 de junio de 1943, ocupó cargos administrativos en la órbita estatal, a saber en el gobierno de la provincia de Tucumán entre 1943 y 1944.

Al tiempo publicó sus comentarios a obras y textos durante el período peronista, en el semanario Política, de Ernesto Palacio durante 1946, en artículos del diario La Prensa en su etapa “cegetista”, y en Dinámica Social, revista donde se concentraron las plumas de los nacionalistas locales, junto a publicistas europeos de igual identidad.

La relación con el peronismo fue, al igual que la de los demás nacionalistas, compleja. Aunque ellos apoyaron el programa de nacionalizaciones de los servicios públicos, la autonomía del capital británico y el auge de la producción industrial argentina, desconfiaron del apoyo popular, el poder de la Confederación General del Trabajo y el impulso plebeyo de Eva Perón.

Si bien los revisionistas no fueron perseguidos tampoco llegó un apoyo masivo del peronismo hacia ellos, más allá de reconocerles valía intelectual. Perón desconfió del nacionalismo oligárquico sin pueblo, – los denominaba “piantavotos” –, aunque Ernesto Palacio, Carlos Ibarguren y Gustavo Martínez Zuviría tuvieron cargos de relevancia.

Sin embargo la adhesión a las Actas de Chapultepec, la incorporación de judíos a la administración pública, el reconocimiento oficial al Estado de Israel, los préstamos de EE.UU, los contratos petroleros y el conflicto con la Iglesia Católica alejó a buena parte de ellos, al punto que muchos conspiraron para derrocarlo en 1955.

Ramón Doll no fue ajeno a ese clima político de rechazo al peronismo como vehículo – según el Padre Julio Meinvielle y otros nacionalistas católicos argentinos – del “marxismo”.

Igualmente en 1957, a través del Instituto de Cursos Libres, participó con Fermín Chávez, Leonardo Castellani, Raúl Scalabrini Ortíz y otros, de mesas redondas para discutir de variados temas de la historia argentina y de la actualidad nacional.

Señaló en su investigación Norberto Galasso que el semanario Azul y Blanco envió en 1958 a un reportero para entrevistarlo. Su respuesta fue lapidaria: “… pido disculpas, pero hay gente que estamos abatidos del todo y para los cuales, ya hoy es demasiado tarde”.

En otra oportunidad la revista Confirmando describió a un Doll aquejado por el mal de Parkinson que, tras un portazo, expresó: “¡Aquí no vive ningún Ramón Doll!”.

Amparado en la mística de misa diaria, un periodista de dicha publicación sostuvo: Ahora es él quien espera, solo, sin amigos el último acto de su vida contradictoria, agitada por los mismos fantasmas que perturbaron a Unamuno… Ramón Doll es definitivamente un personaje del pasado”.

El 14 de febrero de 1970 dio en Buenos Aires su último suspiro.

Consideración final sobre obra y pensamiento

Socialista o fascista, liberal o revisionista histórico, ateo o católico, libertario o totalitario, humanista o antisemita… contradicciones de aquel que desafió etiquetas, de crítico del golpe militar de 1930 y de los nacionalistas que lo apoyaban a devoto del orden y del destino manifiesto de nuestra Nación.

En 1934 publicó una crítica en la revista Claridad del libro de los hermanos Irazusta La Argentina y el imperialismo británico, donde sentenció:Todas estas entidades oficiosamente nacionalistas no son otra cosa que ganglios del mismo cáncer oligárquico que asfixia y envenena la vida nacional. Hay que sondear en esos fascio-católicos, si lo que pretenden cuando abominan del demoliberalismo es, efectivamente reconstruir económicamente la Nación o instaurar un Santo Oficio con un buen arsenal de parrillas y spiedos que desde ya nos espeluznan terriblemente”. 

Pero pasaron pocos años para pedirle el prólogo a Julio Irazusta de su obra Acerca de una política nacional (1939), donde el prologuista justificó que: “…su evolución es aparentemente grande. El cambio puede notarse en los medios de que habla, no en los fines que persigue. ¿No está por ejemplo tan alejado de la plutocracia internacional y de los argentinos evadidos de la realidad nacional, ahora que se lo considera hombre de derecha, como cuando se le consideraba hombre de izquierda?”

En esta obra Doll denuncia a “los vetustos privilegios de la prensa”, donde su agudeza desnuda la trama del periodismo como “empresas comerciales” y que “si la prensa es el cuarto poder hay que contrabalancearlo”, donde “los Paz y los Mitre, directores y propietarios de diarios antiguos, extendidos e influyentes en el país, entre la libertad para una prensa chantajista y dañina y la salud pública, prefieren la libertad, aun cuando esa prensa haya lesionado sus propios intereses”. Arremetió contra “la tiranía de los curiales (jueces)”, denunciando la “influencia negativa de la Corte Suprema Nacional”, constituida por “políticos en relache”, sostenida por “una hidra curialesca de tres cabezas: abogado – tribunal – cátedra”, la cual propicia “que no se forme un profesorado independiente de los tribunales y de los bufetes que hiciese peligrar la doctrina que necesitan los intereses del Maldito”.

Finalmente señaló a “las llagas del país: periodismo, materialismo, intelectualismo”, con el subtítulo: “Los judíos roen ya la pulpa de la nacionalidad”. Allí, a raíz de los libros El Kahal y Oro de Gustavo Martínez Zuviría (Hugo Wast), condenó a las potencias plutocráticas manejadas desde el “Kahal” israelita y felicitó la valentía del autor.

Esta posición contra el judaísmo fue una constante, al punto de atacar a su ex compañero socialista de origen judío, el diputado Enrique Dickmann, en un líbelo en 1942, siendo que él mismo en 1929 defendió al anarquista judío Simón Radowitzky. Su antisemitismo, condenable, fruto de la pasión del converso lo alejó de cualquier apoyo posterior y lo marcó para siempre como un maldito en la intelectualidad argentina.

Queda, finalmente, como legado su análisis, su mordacidad y el ser consecuente con un pensamiento en búsqueda constante, sin importar la superestructura cultural.

Como colofón, la mejor definición sobre Ramón Doll provino de él mismo sobre sus congéneres de época: “Nuestra generación es la primera en la historia argentina que ha hecho un esfuerzo americano y nacionalista por definirse y encontrarse. Esa es su vocación”.

* Por Pablo A. Vázquez. Licenciado en Ciencia Política. Docente de la UCES. Secretario del Instituto Nacional Juan Manuel de Rosas.