Revertir una derrota política

Múltiples lecturas sobre las razones de la derrota electoral del gobierno nacional en la PASO se centran, en su gran mayoría y en gran parte con razón, en la administración de la política económica.

Ingresos ampliamente derrotados por la inflación, precios de alimentos por las nubes, caída de la actividad económica, pérdida de puestos de trabajo, sumado a un endeudamiento externo tan limitante como insostenible, llevan a la conclusión generalizada y resumida que faltó poner plata en el bolsillo de los sectores más golpeados durante los últimos casi cuatro años por la crisis Macri-pandemia.

Y de ahí, a un paso, la discusión sobre si hubo ajuste o no, y si se podría haber actuado desde el Ministerio de Economía de manera más efectiva en la recuperación de ingresos y en una mayor atención en asistencia social. En otro salto más, en el angosto sendero de la economía argentina, el límite que impone la escasez de divisas para promover un ciclo de recuperación de la actividad. Como telón de fondo, la negociación con el Fondo Monetario Internacional, el dilema interno más complejo a resolver dentro del Frente de Todos. El desquicio del tándem macrismo – FMI no puede saldarse naturalizando un estafa de semejante e inédita magnitud,  y gratuitamente sin costo político para una oposición que actúa como si no hubiera gobernado. Eso no se le regala a ningún adversario político. Sin mencionar la hartante y falsa épica de que el peronismo viene siempre a solucionar los desaguisados de los gobiernos neoliberales que dejan al país en la quiebra. Allí la estupidez está a un centímetro de distancia.

En definitiva, la conclusión generalizada y compartida de atribuir la derrota electoral sólo a la causa estrictamente económica, llevaría a escindirla de la derrota política, y entre sus principales causas, a la administración del poder dentro de la coalición gobernante, y a la evidente falta de coordinación y acuerdos básicos entre sus principales referentes, al menos en lo que al aporte de votos se refiere. La carta de CFK (la que se volverá inevitablemente a releer dentro de los dos próximos años) revela que las discrepancias internas eran y son esencialmente políticas, de visión, de concepción de la conducción y del ejercicio del poder. La derrota electoral, medida en la magnitud del resultado, excede lo estrictamente económico: es el fracaso político de la coalición.

Luego del triunfo en las elecciones presidenciales de octubre de 2019, y a partir de su prédica dialoguista como activo principal que prometía aportar Alberto Fernández al Frente de Todos, el objetivo inmediato era lograr ampliar su base de sustentación y llegar a seducir a un electorado que pudiera reconciliarse con un gobierno peronista dando muestras de un cambio de estilo y de formas, no confrontativo como el que el mismo Alberto entendía que había encarnado CFK en sus dos presidencias.

La enorme subestimación para comprender la complejidad del entramado de intereses consolidados, y de privilegios acrecentados de los sectores dominantes durante los cuatro años del gobierno de Macri resultan esenciales para comprender el desconcierto que produjo el resultado electoral. La lectura política requería, y va a requerir de una visión menos voluntarista y más realista. Después de los dos años transcurridos, y de la total libertad en el ejercicio de la presidencia, como también en la elección y designación de funcionarios mayoritariamente de su propio riñón, y hasta se podría decir, enfrentados a CFK, la evidente dificultad en lograr acuerdos sostenibles con los sectores de poder, deja la única alternativa de gobernar con una agenda que no puede seguir relegada a los tiempos y condicionamientos de sectores que han demostrado no tener ninguna vocación de acuerdos esenciales.

Ante este escenario, crítico y no resuelto todavía, las aguas se dividen entre quienes

abrevan en el posibilismo y se lo pasan midiendo, con instrumentos de incierta precisión, las correlaciones de fuerza, para admitir resignadamente que no se dan las condiciones para enfrentar los debates de fondo que requiere una estructura económica y social que lleva 40 años a los tumbos, y acechados por una oposición que después de cuatro años inigualables en los daños producidos no pierde votos y cada día está dispuesta a todo, especialmente como ya están anunciando se comportarán a partir del 10 de diciembre próximo.

La recuperación del gobierno nacional de tomar un rumbo claro y decidido con vistas a mejorar el resultado de noviembre, y un imperioso triunfo en el 2023, comenzarán indefectiblemente con salir del atolladero político primero para que la economía comience a dar sus primeras señales de recuperación.

Serán dos años de lucha, de convicciones firmes, y de no dejarlas en la puerta de la casa de gobierno.