Rosas y su pensamiento en el exilio

“Un día húmedo y excepcionalmente glacial en el mes de marzo del año 1877, Rosas que llegaba a la edad de ochenta y cuatro años, quedó hasta tarde trabajando afuera, en el campo. Un enfriamiento evolucionó con rapidez – dice Carlos Ibarguren en su biografía sobre el Restaurador (1935) – en maligna neumonía. Manuelita, llamada con urgencia por el médico doctor Wibblin, llegó a Londres a “Burguess Farm” a la noche, encontrando a su padre moribundo… y dulcemente, al recibir la última caricia de su hija, los ojos azules del anciano empañáronse con la sombra de la muerte”.

En un nuevo aniversario del fallecimiento de Juan Manuel de Rosas, acaecido el 14 de marzo de 1877 en su exilio inglés en Southampton, me permito reflexionar sobre sus años fuera de su tierra. Habitualmente se tiene la idea que el Restaurador se dedicó, en sus años británicos, únicamente a faenas rurales, a reclamar por sus bienes confiscados y a ser meticuloso en la asignación de sus recursos en las distintas versiones de su testamento, cuando no se lo presenta como un anciano amargado quejoso de su pobreza en su granja de Burgess Street.

Lo cierto es que, más allá de sus penurias económicas, Rosas estaba muy al tanto de la situación política rioplatense y vislumbraba los acontecimientos europeos a la luz de su pensamiento y su experiencia como jefe de la Confederación Argentina.

Se puede analizar sus puntos de vistas políticos a través de los testimonios de sus ocasionales visitantes y de su correspondencia. En cuanto a sus visitantes, más allá de familiares y allegados, valen los recuerdos de su ex adversario Juan Bautista Alberdi y de Ernesto Quesada, quien a los 14 años acompañó a su padre Vicente Gregorio Quesada a conocerlo en 1873, entre otros.

Así describió Juan Bautista Alberdi, siendo ministro plenipotenciario de la Confederación Argentina, en su autobiografía el encuentro con Rosas, viéndolo “más viejo de lo que creía y se lo dije. Me observó que no era para menos, pues tenía 64 años. Al ver su figura toda le hallé menos culpable a él que a Buenos Aires por su dominación. Habló mucho. Habla inglés mal; pero sin detenerse, con facilidad. Es jovial y atento en sociedad. Después de la mesa, cuando se alejaron las señoras, habló mucho de política. Acababa de leer él todo lo que trajo el vapor de anteayer sobre su proceso. No por eso estaba menos jovial y alegre. Me llaman por edictos – decía – ¿Pues estoy loco para ir a entregarme para que me maten? Niega a Buenos Aires el derecho de juzgarlo. Repite como de memoria las palabras de su protesta. Dice que el único gobierno de autoridad soberana es el de la Confederación, no el de Buenos Aires… Habló con moderación y respeto de todos los adversarios, incluso de Alsina… no es ordinario, está bien en sociedad. Tiene la fácil y suelta expedición de un hombre acostumbrado a ver desde lo alto el mundo. Y sin embargo no es fanfarrón, ni arrogante, tal vez por eso mismo, como sucede con los Lores en Inglaterra”.

Por otro lado la relación epistolar que mantuvo con varios de sus allegados, donde “apenas podía contar con algunos corresponsales en Buenos Aires que se conservaban fieles, lo mantenían informado – según Raúl Fradkin y Jorge Gelman en Juan Manuel de Rosas: La construcción de un liderazgo político (2015) – de las circunstancias políticas de su país y de los acontecimientos que le concernían… Entre ellos se contaba su viejo amigo y socio Juan Nepomuceno Terrero, ahora convertido en consuegro por el casamiento de su hija; José María Roxas y Patrón, quien fuera su funcionario y amigo cercano; Antonino Reyes, su edecán, y poco más. Josefa Gómez, amiga de la familia y fidelísima admiradora del gobernador caído en desgracia, fue una de las pocas personas que sostuvieron una correspondencia asidua con él hasta su muerte, así como organizó la recolección de la ayuda que algunas personas enviaban a Rosas desde Buenos Aires”.

Entre los mencionados se debe incluir a Eugenia Castro, por el reconocimiento (fallido) de sus hijos, y a Justo José de Urquiza, quien mantuvo un interesante intercambio de una docena de cartas, las cuales merecen una nota aparte. De todos ellos será con Pepa Gómez con quien tuvo mayor flujo de notas, superando las setenta cartas, las cuales son ricas en análisis político, pues fue un lector infatigable de periódicos ingleses, sumado al intercambio de impresiones en sus reuniones en Londres, con figuras del ámbito político como el cardenal Wiseman y el primer ministro Lord Palmerton.

Consultando a José Raed, en Rosas: cartas confidenciales a su embajadora Josefa Gómez 1853 – 1875 (1972) se lee a Rosas abordando temas nacionales, desde reivindicar su gestión pública, referirse a la suerte de Manuel Dorrego y Facundo Quiroga, condenar a Domingo F. Sarmiento por el asesinato del “Chacho” Peñaloza, hasta criticar el trabajo de Manuel Bilbao, quien realizó una biografía sobre él, entre otros temas.

En cuanto a la situación internacional, en carta del 4 de diciembre de 1864 afirmó a su amiga que no fue enemigo del Paraguay ni del Mariscal López, al tiempo de criticar la independencia uruguaya, y las sublevaciones en el sur de Brasil. El 4 de abril de 1865 escribió sobre la situación rioplatense, analizando al gabinete ministerial del Brasil, y sus actitudes con Paraguay y la Banda Oriental, al tiempo de observar la guerra de la Triple Alianza. Este último tema lo retoma en la misiva del 17 de diciembre de dicho año, sumando sus impresiones sobre el gobierno chileno y una crítica a España como “madrastra injusta”.

Más impactante resulta la propuesta en la nota del 22 de octubre de 1869, donde vislumbra,  casi como unas Naciones Unidas católicas, que la única solución para restablecer la paz social en el Viejo Continente sería por una “dictadura temporal del Papa, con el sostén, y el acuerdo, en sus medidas externas, dados por los Soberanos Cristianos… con un gobierno civil de Ciudadanos legos, elegidos por los habitantes y aprobados por él”, con un “Gran Senado, o cónclave, compuesto de Representantes, que enviaran las diferentes Religiones Cristianas, que tratan los asuntos generales de la Cristiandad”, y “establecer el Tribunal de las Naciones… con Su Santidad Presidente Vitalicio: un Senado (o llámese Conclave); y una Cámara de Representantes (o Concilio) cuyos miembros enviasen a Roma, las Naciones Cristianas cada cinco años”.

Su preocupación por el resultado de la guerra franco – prusiana se explicitó en nota del 2 de marzo de 1871, no sólo por la humillación para Francia sino por lo que acarrearía en desorden social. Y fue así que no perdió la oportunidad de analizar al socialismo, englobando con este concepto desde la socialdemocracia, el anarquismo y el comunismo. En dicha carta de 1871, año de la Comuna de París, no ahorra comentarios sobre el movimiento socialista y de la Internacional, tomando a Julio Fravre, como “una sociedad de guerra, y de odios, que tiene por basa el ateísmo, y el comunismo; por objeto la destrucción del capital; y el aniquilamiento de los que poseen: por medio de la fuerza bruta del gran número, que aplastará todo…”.

Más allá de alguna confusión en Rosas por los errores de la Circular de Favre sobre las reuniones de la Asociación Internacional del Trabajo con la anarquista Alianza Internacional de la Democracia Socialista, lo cierto que tuvo muy presente su repulsa a cualquier cuestión sobre el socialismo. “Rosas estaba al tanto de las condiciones de la clase trabajadora, se compadecía de los pobres y de los que pagaban alquileres e impuestos con bajos ingresos y, personalmente, no era despiadado. Pero – según John Lynch en Juan Manuel de Rosas (1984) – dejaba librado a la caridad y al gobierno paternal el remedio de la pobreza. Se oponía terminantemente al movimiento de la clase obrera, que consideraba un insulto para la sociedad y una amenaza a la autoridad”. De socialismo nada, pues para eso estaba don Juan Manuel que conocía las necesidades de su pueblo y lo podía asistir de forma humanista y cristiana, sin necesidad de “inauditos escándalos” y “funestas pasiones” de la izquierda política.

Finalmente, sus últimas cartas con Pepa discurren en su preocupación por la situación social en Gran Bretaña, señaló la “anarquía en Francia”, cuestionó la libertad de enseñanza, planteó que “las Naciones, o vivirán constantemente agitadas, o tendrán que someterse al despotismo de alguno que quiera y pueda ponerlas en paz”.  Y su preocupación final, en el caso de nuestro país, fue por el descuido de los gobernantes argentinos ante las cuestiones de límites con Chile, sosteniendo que “pueden arreglarse pacíficamente las dificultades, de un modo honrosos, digno, y conveniente, para las dos naciones”.

Hombre de consulta en potencia, que debería haber sido escuchado con más atención por su larga experiencia, no perdió la oportunidad de analizar la situación política europea y los cambios ideológicos que se avecinaban. El tiempo fue justiciero con su memoria, que hoy refleja a quien se erigió en caudillo popular, y sostenedor de nuestra soberanía.

* Por Pablo A. Vázquez. Politólogo. Secretario del Instituto Nacional Juan Manuel de Rosas.