Rusia y China frente al globalismo

El desarrollo político de una nación, qué duda cabe, está intrínsecamente ligado a un proyecto que paute las condiciones para el desarrollo en base a las características propias.

Este proyecto responde a una concepción que da una identidad a cada pueblo y depende de los principios morales, éticos y sociales que están marcados por algunos conceptos que hoy parecen pasar de moda pero que constituyen la espina dorsal sobre la que se basa una nación.

Esos valores, que muchas veces son disonantes porque apelan a idearios que tienen que ver con la historia y la cultura marcando características propias que luego se expresarán en una organización en torno a las relaciones de producción como organizadoras de la sociedad.

Por ello las bases religiosas, el lenguaje y las tradiciones son la piedra sobre la que se construye el edificio social marcando las pautas de qué es lo que está bien y qué es lo que está mal, de acuerdo precisamente a ese devenir histórico.

El caso emblemático de necesitar reconstruir una nación al borde de la disolución es el de Vladimir Putin, quien encuentra a la Federación de Rusia próxima a la desaparición como fruto de la caída soviética y el liberalismo extremo que imperó en la década de los 90.

Una nación en declive pronunciado, con una economía destruida, un abatimiento y desesperanza general, con la penetración de la cultura global occidental que destrozaba el alma rusa.

Putin se encuentra con un panorama desolador, agravado por el enfrentamiento histórico entre grupos comunistas remanentes, la nueva izquierda progresista, nacionalistas y hasta zaristas; las heridas en esa sociedad eran muy profundas y entiende que la única forma de volver a poner de pie a Rusia es a través de conseguir reunificar a los rusos detrás de una frase que parece simple, pero requiere una gran complejidad: rescatar el orgullo de ser ruso.

Eso significó buscar qué era lo que los cubría a todos, qué era lo que les daba su identidad histórica que les había permitido rechazar todo tipo de invasiones desde la lejana Horda de Oro mongola hasta las más conocidas invasiones napoleónicas y de la Alemania nazi.

El orgullo ruso era parte de esas tradiciones, de una misma historia nacida en la Rus de Kiev que se había ido consolidando con el paso del tiempo en una estrecha unidad con la religión ortodoxa. Ese pueblo había forjado su identidad uniendo distintas otras nacionalidades a través de un idioma franco, el ruso.

Putin retoma entonces una antigua relación con la Iglesia Ortodoxa Rusa del Patriarcado de Moscú como parte indisoluble de esa identidad rusa, respetada hoy inclusive por quienes son ateos y aún mantienen como ideario el marxismo porque le reconocen a la Iglesia Ortodoxa mencionada parte de su identidad como rusos.

El antiguo Imperio ruso había sido el terreno donde la URSS se edificó, y aún se mantenía como una ecúmene sobre la cual integrarse territorialmente.

El idioma completó su trilogía para la reconstrucción espiritual del ser ruso, un idioma que refleja y hace la la identidad de los pueblos.

El resto de la historia es conocida, Rusia se ha vuelto a poner de pie y es un enorme escollo para el poder del que bien podríamos ya llamarlo así, post capitalismo de cuño anglosajón, que en definitiva como proyecto tiene la idea de destruir todos los lazos comunitarios edificando un mundo de individuos donde la libertad personal es el único marco regulatorio.

Por supuesto, la construcción de un modelo social de individuos aislados y con sus propios deseos personales entronizados como derechos, quiebra ese espíritu de comunidad que limita la voluntad propia y en cierta medida la subordina a intereses superiores como son los de la propia nación.

Putin entiende que el modelo cultural globalista significa borrar la identidad rusa que había sido la clave para reorganizar su país y conlleva el riesgo de quebrar la sociedad impidiendo que haya valores comunitarios que unifiquen a sus pueblos y le permitan sostenerse independiente y soberano.

Rusia entonces da pasos incomprensibles para el sector progresista del mundo occidental. Limita la propaganda LGBT y la prohíbe para menores de 18 años, cierra la Universidad Europea en San Petersburgo fundada por el magnate húngaro-estadounidense George Soros que solo contaba con un puñado de alumnos rusos siendo que más del 65% eran extranjeros con becas de 3.500 dólares mensuales, ampliamente superior a la media rusa y cuyo propósito era desarrollar una temática muy específica en el marco de sus estudios dedicada centralmente a los estudios LGBT que Rusia considera indeseable.

En ese sentido también el país ordenó a la Embajada de EE.UU. que arriara la bandera arcoiris en la conmemoración de las festividades por el Día del Orgullo porque violaba la legislación rusa y las normas internacionales.

Rusia inclusive da un paso más y en la reforma constitucional establece que un matrimonio es exclusivamente entre un hombre y una mujer cerrando paso a reinterpretaciones de esta norma futura.

Rusia ha determinado de la mano de su presidente que ese modelo basado en los tres pilares mencionados requiere blindar a su país de las nuevas ideologías que han prosperado en Occidente porque amenaza la integridad de su país.

China en estos días ha dado dos pasos en el mismo sentido que también demuestran que su cultura debe ser blindada ante esto avances del globalismo cultural occidental, cuando un alto funcionario del ministerio de Educación de su país dio a conocer la “Propuesta de Prevención de la Feminización de Hombres y Adolescentes» aconsejando trabajar en reforzar la masculinidad de los jóvenes chinos vistos como débiles, tímidos y autodestructivos.

En consonancia, el Tribunal Intermedio del Distrito de Suyu en la ciudad de Suqian ha fallado contra una denuncia de un alumno contra la University Press y a una empresa propiedad JD.com porque había publicado información “incorrecta” calificando a la homosexualidad como “desorden mental” en un material del año 2013.

Las dos grandes amenazas al poderío hegemónico del modelo globalista financiero que hoy controla a EE.UU., a quien enfrentan tanto en el campo de batalla económico como así también en el militar, no solamente rechazan y se distancian de las nuevas políticas que impulsan los llamados derechos de segunda generación, sino que buscan mantener a sus sociedades aisladas bloqueando los factores que son utilizados para influir en sus sociedades. Mientras Rusia crea sus equivalentes a los medios occidentales y a sus redes sociales, China directamente no permite que sus ciudadanos queden expuestos a esta propaganda, y ha generado su propio ecosistema de medios y redes.

La experiencia soviética demostró que un país con armas nucleares en cantidad no puede ser atacado y la forma de derribarlo es organizando una insurrección interna, modelo que en otras naciones se ha repetido como primaveras árabes o revoluciones de color.

El caso Navalny o la Revolución de los Paraguas en Hong Kong demuestran que Occidente seguirá utilizando esas mismas herramientas para desestabilizar a las sociedades, quebrando a las naciones internamente y llevándolas luego a un proceso anárquico fruto de los enfrentamientos internos, pudiendo colocar entonces gobiernos favorables o reduciéndolas a la categoría de Estados Fallidos.

Argentina hoy se encuentra en una situación delicada, un proceso de hartazgo con las clases dirigentes, quiebra del orgullo argentino, pérdida de identidad, confusión en el campo político ante la irrupción de nuevas ideologías que distorsionan y desenfocan los objetivos enfrentando entre sí el campo popular y generando señales de tensiones separatistas aún embrionarias.

La política hoy da señales contradictorias, se apoya en los sectores financieros y del gran capital occidental, incorpora con el fanatismo de los conversos sus nuevas normas culturales mientras pretende apoyo ruso en temas tan complicadas como las vacunas o inversiones chinas en áreas sensibles, desconociendo que en las guerras modernas, las guerras irrestrictas al decir de los coroneles del EPL Qiao Liang y Wang Xiangsui son multifacéticas y donde la identidad cultural en la que se basa la estructura interna de una nación es fundamental para poder resistir, si ella cae no se necesita un solo disparo para que junto a ella caiga la propia nación.

*Marcelo Ramírez. Analista geopolítico. Director de Contenidos de AsiaTv.