Sarmiento y su sombra

“Sombra terrible de Sarmiento, voy a evocarte…”. Parafraseando el inicio de Civilización y Barbarie. Vida de Juan Facundo Quiroga (1845), o simplemente Facundo, una de las mejores obras ensayísticas de nuestro continente, surgida de la mente y la pluma de Domingo Faustino Sarmiento. De aquel que existió porque escribió, y escribió porque tuvo la pretensión de ser el fundador de una Nación.

Nacido el 11 de febrero de 1811 en San Juan, y fallecido en Paraguay el 11 de septiembre de 1888 – día del maestro en nuestro país -, el mismo año que se aprueba la ley de matrimonio civil y se inaugura la primera parte de las obras del puerto de Buenos Aires, dos hechos donde su inspiración tuvo algo en parte que ver.

Apasionado y colérico, reflexivo y autoritario, pensó y sintió al país como nadie, aunque eso implicó injusticias y que corriese sangre. Combatió a quienes creyó culpables de la barbarie, en especial a Facundo Quiroga y Juan Manuel de Rosas, pero trazó en sus escritos agudos análisis de sus enemigos que, tal vez sin querer, fueron esbozos de posteriores comprensiones y defensas de los personajes.

Quiroga representó, para el sanjuanino, la América profunda, al campo, la herencia indígena e hispánica, a la barbarie… el mal; a ello le contrapuso el iluminismo, ideas liberales, espíritu europeo, la civilización… el bien. Paradójicamente no hay un “gran hombre” que encarne esos valores. Está el general Paz, pero como de refilón. Quizás lo encarnase el ideal republicano… o tal vez ese lugar estaba destinado para él.

Facundo es, junto a las Bases de Juan Bautista Alberdi y el Martín Fierro de José Hernández, un texto fundante de nuestra identidad… en tensión, pero identidad al fin.

Su obra compilada tempranamente entre 1884 y 1903 por Luis Montt y Augusto Belin Sarmiento (nieto del ilustre sanjuanino), en cincuenta y dos volúmenes, más un índice general e índice onomástico, es un monumento pensado para que encarne al pensamiento republicano. Pensamiento no exento de contradicciones e iniquidades, como de pasajes que envidian los pensadores más destacados del planeta. 

Natalio Botana en Domingo Faustino Sarmiento, una aventura republicana (1996) afirmó que: “El ‘festín de la vida’ es también de la palabra: su colección de libros, folletos, mensajes, correspondencia y artículos impresos conforman una pesada mole (…) Hay pues en este ser “enorme y extraño”, como lo llamó Groussac, una especie de vocación hacia la desmesura. A Sarmiento se lo identifica con el genio y la grandeza o se lo compara en tono bíblico con profetas y apóstoles”.

Sus cartas vehementes y obras de tono racista, llenas de furia y veneno contra indios, gauchos, negros y extranjeros rebeldes, traían aparejada la tan mentada “civilización” para todo aquel que se le opusiese a su ideal de Nación.

Liberales, socialistas, católicos y nacionalistas lo han debatido y combatido. Figura canonizada por el liberalismo, a pesar de sus duras polémicas con Alberdi y en menor medida con Bartolomé Mitre, y por el socialismo vernáculo, donde las huestes de Juan B. Justo, desde las tribunas políticas a los claustros, desde la prosa de Aníbal Ponce al análisis sociológico de Ezequiel Martínez Estrada, entre otros, lo tomaron como un santo laico, a pesar que en vida Sarmiento hubiese adjurado de cualquier acercamiento a la izquierda.

La reivindicación se centra en su gestión pública, la proyección de su ideario y lo que él en vida construyó de sí. Nuevamente recurro a Natalio Botana, en su trabajo sobre el prócer de 1996, donde detalló aspectos de su obra de gobierno: “Sarmiento recibió el gobierno con 30.000 alumnos en escuelas primarias y lo dejó con cien mil (en seis años se crearon 800 escuelas nuevas), fundó la Escuela Normal de Paraná para formar maestros y subsidió la organización de la Escuela Normal de preceptores en Concepción del Uruguay, ambas en 1869; contrató maestras y maestros norteamericanos; prosiguió la tarea iniciada por Mitre de levantar colegios nacionales…; hizo construir el Observatorio Astronómico de Córdoba… y en esa ciudad organizó en 1871 una exposición industrial; trajo científicos alemanes y consiguió que se aprobara la ley de protección de bibliotecas populares… La política de inmigración espontánea, que Urquiza y Mitre venían prohijando, tuvo mejor resultado (en seis años llegaron 280.000 inmigrantes) y el éxito coronó la política de comunicaciones… Se estableció el sistema métrico decimal, el Registro Nacional de Estadística y el Boletín Oficial, y Vélez Sarsfield concluyó su monumental Código Civil… que fue aprobado por el Congreso a libro cerrado en 1869 y entró en vigor en 1871 (…)”.

Las polémicas con contemporáneos no escasearon, empezando por Juan Manuel de Rosas y Juan Bautista Alberdi, para proseguir con las impugnaciones por sus acciones, desde su ataque a la Confederación Argentina, la entrega del territorio patagónico, la sangrienta campaña contra el Chacho Peñaloza – explicitada en el texto de José Hernández sobre el caudillo riojano – y el ataque militar al Entre Ríos de Ricardo López Jordán (h).

Con los años será en las corrientes del catolicismo, nacionalismo, revisionismo e izquierda nacional donde se encontrarán a sus detractores u objetores de su legado, achacándole su falta de compromiso con las masas, su persecución a los caudillos federales, su desaprensión por el territorio austral, su autoritarismo y racismo. Sea una condena total al infierno o una atenuación al considerar su brillante pluma, estos sectores han labrado un modelo a combatir, al aferrarse a sus cartas o exabruptos, y no el reflejo integral de su obrar.

Adolfo Saldías, Carlos Ibarguren, Ramón Doll, Roberto Tamagno, Atilio García Mellid, Fermín Chávez, Jorge Abelardo Ramos, Juan José Hernández Arregui, José María Rosa y Arturo Jauretche, entre muchos otros, dieron testimonio sobre Sarmiento.

El citado Jauretche lo abordó en varios escritos, siendo nodal su rechazo de “la fórmula civilización y barbarie”, pues “ésta es la raíz del dilema sarmientino… que sigue rigiendo a la “intelligentzia”. Se confundió civilización con cultura, como en la escuela se sigue confundiendo instrucción con educación. La idea no fue desarrollar América según América – escribió en Los profetas del odio y La Yapa (1957) – , incorporando los elementos de la civilización moderna; enriquecer la cultura propia con el aporte externo asimilado, como quien abona el terreno donde crece el árbol. Se intentó crear Europa en América trasplantando el árbol y destruyendo al indígena que podía ser obstáculo al mismo para su crecimiento según Europa, y no según América”.

Y redobla su observación sobre el sanjuanino en Manual de Zonceras Argentinas (1966): “Tomemos el caso de Sarmiento: primero porque es el héroe máximo de la intelligentzia, y segundo, porque es el más talentoso de la misma… Narrador extraordinario… sus retratos de personajes, más imaginados que vistos, su pintura de medios y ambientes, sus apóstrofes, sus brulotes polémicos, al margen de su verdad o su mentira, son obras maestras. Forman una gran novelística hasta el punto de que lo creado por la imaginación llega a hacerse más vivo que lo que existe en la naturaleza. A este Sarmiento se lo ha resignado al segundo plano para magnificar el pensador y el estadista, siendo que sus ideas económicas, sociales, culturales, políticas, son de la misma naturaleza que su novelística: obras de imaginación mucho más que de estudio y de meditación, y su labor de gobernante la propia de esa condición imaginativa”.

La impronta de Sarmiento aún marca nuestros debates actuales. Su presencia, sea en el procerato liberal del mármol de los grandes medios o en el dibujo crítico como un personaje de “Zamba” en Paka Paka, no pasa inadvertida. Estudiar su pensamiento, muchas veces de tono destemplado, otras tratando de lograr reflexiones más reposadas, nos plantea desafíos de cara a estos tiempos siempre convulsionados –pandemia mediante– donde siempre estamos interpelando debatir quiénes somos y hacia donde nos proyectamos.

*Pablo Adrián Vázquez. Politólogo. Docente de la UCES. Miembro de los Institutos Nacionales Eva Perón y Juan Manuel de Rosas.