Separatismo y deconstrucción de las naciones

El poderío de las Naciones se da en factores objetivos como es la cantidad de habitantes, la extensión territorial, la capacidad industrial, los ejércitos, las riquezas naturales y la posición geográfica, entre muchos otros. Existen algunos más difíciles de apreciar, como son los que mantienen la cohesión política en función de una idea de pertenencia a una sociedad con elementos comunes que la hacen ver como una unidad.

Esos factores se encuentran en lo que constituyen las bases de pensamiento que luego se traducirán en hechos duros y concretos como los mencionados.

¿Qué identifica a una nación, un país o un pueblo? Los conceptos son variados y hacen referencia a ideas diferentes que van desde lo cultural hasta lo étnico, pasando por diferentes situaciones, temas largamente tratados en la teoría y con distintos y hasta polémicos resultados.

Sin embargo, si distinguimos los países como referencias políticas circunstanciales en alguna etapa histórica pero que sin relevancia, sin bases firmes, sin idea totalizadoras y unificadoras, terminan siendo apenas espejismo que desaparecen al poco tiempo de nacer.

Las grandes naciones, las históricas, tienen algunas de esas bases mencionadas al comienzo ligadas con algunos conceptos más abstractos, que son la ligazón que une distintos componentes que pese a su diversidad mantienen una misma idea de unidad que se presenta a lo largo del tiempo.

Si hablamos de grandes naciones en la actualidad podemos referirnos a los EEUU, a Rusia, a China, a India, y a otras menores en esta etapa histórica pero de firme identidad como Francia, Reino Unido, Japón, Corea, Irán, Turquía, Alemania, y algunas más que dan una idea de a qué nos referimos. Estas naciones no son homogéneas, están constituidas en muchos casos por distintos pueblos, diversas religiones, patrones culturales diferentes, decenas y aún cientos de lenguas, pero aún así hay una idea de unidad que prima, que subyace en el inconsciente colectivo social que los hace pertenecer a una misma identidad.

En los 90 la URSS se disolvió repentinamente dando paso a la Federación de Rusia, perdiendo en el proceso esta última cerca de un tercio del territorio soviético y su población se redujo casi a la mitad. En los 90 la URSS tenía 290 millones, 40 más que los EEUU, mientras que hoy apenas orilla los 150 millones. Las consecuencias han sido notables y en estos números se reflejan con crudeza los resultados de la caída soviética en términos de poder.

Rusia en los 90 fue campo fértil para la penetración de ideas del Occidente capitalista que impuso una cosmovisión muy diferente sobre cuál debía ser el modelo social, pero además trajo aparejado otro fenómeno que fue el de un resurgir de identidad de pueblos que nunca habían sido independientes, o que lo había sido por cortos períodos de tiempo.

Las ansias separatistas insufladas por Occidente se tradujeron en la ruptura mencionada dando nacimiento a Estados nuevos, pequeños y débiles enfrentados con Rusia, con elites políticas absolutamente cooptadas por el mundo globalista que nacía de la mano de EEUU.

El proceso destrozó a la economía y a la sociedad de Rusia, sumergiendo al país en una mafia gobernante al calor de las privatizaciones apresuradas que se dividieron el botín de las grandes empresas soviéticas, dando nacimiento a los oligarcas rusos en medio de una nación que se veía sumergida en la depresión producto de la crisis de todos los órdenes que vivía, y que fue acompañada por una liberalización de las costumbres y valores impulsadas por el mismo Occidente, con un correlato que los rusos estiman en 25 millones de muertos, donde drogas como la heroína entradas desde Afganistán pusieron al país de rodillas. Mientras Occidente, el globalismo triunfante, aplaudía la modernización de Rusia.

Mucho se discute aún las razones por las cuáles el viejo enemigo anglosajón no aprovechó para disolver a Rusia en decenas de pequeños Estados como se había planificado, tal vez un exceso de confianza o la repentina aparición de un oscuro miembro de la KGB que parecía un burócrata más pero no lo era, hizo pensar a los anglosajones que no había prisa. Vladimir Vladimirovich Putin llegó para torcer lo que parecía el final absoluto para lo que otrora fue una gran Nación. 

Putin comprendió la endeblez de la situación y el peligro de la disolución porque en esos años eran tentadoras las ideas de despegarse de un país que se seguía hundiendo en la desesperación con ricos extraordinariamente ricos, mafias, narcotráfico y una clase política con una enorme corrupción, dócil a las ideas que impulsaba Occidente. Rápidamente buscó una solución en identificar qué factores podrían detener el proceso y la conclusión era la de siempre, la que una y otra vez se ha utilizado en la Historia, para bien o mal, pero donde la fórmula, adaptada a las distintas circunstancias, utilizaba básicamente los mismos ingredientes.

Putin necesitaba rescatar lo que denominaban el “alma rusa” y con ello el orgullo nuevamente de ser rusos. ¿Pero qué era ser ruso en un país con 150 nacionalidades diferentes y decenas de lenguas? ¿Qué unía e identificaba a los rusos a lo largo de la historia por encima aún de las ideologías? Porque recordemos que venían de ser zaristas y comunistas con apenas algunas décadas de diferencia.

Putin centró su trabajo en revalorizar la historia rusa, los personajes que había hecho grande a su país, no importaba si era Iván IV, Catalina II o Stalin. Todos eran parte de una identidad en común, con sus claroscuros, pero eso era el ADN ruso.

¿Y qué más daba consistencia a esa identidad? La lengua, el idioma ruso era el idioma franco, todos hablaban su propio dialecto pero todos también hablaban en ruso. Su idioma significaba cultura, una vez más flotando por encima de las ideas políticas, zarista o comunista, no importaba.

Las tradiciones y la cultura rusa eran el factor de unidad de un pueblo sufrido y feroz, heroico por momentos, confuso en otros. Pero eso era ser ruso, sin embargo faltaba algo más para poder completar esa noción y eso era la Iglesia Ortodoxa del Patriarcado de Moscú.

La historia de la Iglesia Ortodoxa era indisoluble de la identidad rusa, desde la fundación de la Nación hasta la aparición del Imperio, hasta el alfabeto ruso había sido creado por un monje. Luego de las persecuciones sangrientas de las primeras etapas de la Revolución de Octubre, el propio Stalin entendió que no se detenía a la Alemania de Hitler con el socialismo sino que se necesitaba apelar al  “alma rusa”.

Entonces vimos que se comenzaron a reconstruir templos y que sacerdotes ortodoxos bendecían a las tropas que iban al frente. El período de acercamiento luego sufrió retrocesos con Nikita Jrushchov pero la necesidad de sentar las bases de la construcción rusa quedó en claro.

Rusia hoy ha revertido su situación, su demografía luego de enormes esfuerzos de Putin con inversiones multimillonarias (hoy se entrega 5.000 dólares por el primer hijo y 9.000 para el segundo), rechaza las ideas de “deconstrucción” impulsadas por Occidente cuando hace eje en la familia, la Patria, las tradiciones, reafirma el lenguaje y estimula la natalidad. Sería muy largo de detallar, pero sus ideas son unificadoras y contrastan enormemente con las que vemos impulsadas en nuestra región que son exactamente las opuestas a las que puso en práctica.

Putin, que sabe como es el juego, ha cortado los fondos de la ONGs extranjeras o nacionales dependientes de Occidente, ha limitado su influencia, ha generado un ecosistema de Internet propio, ha restablecido todos los nexos con al Iglesia Ortodoxa, en quien se ha apoyado para combatir la proliferación de sectas religiosas que se impulsaron para canalizar la necesidad de Fe de los rusos luego de la caída soviética, y que permanecían latentes en la sociedad.

Un hecho más que importante ha sido la reconstrucción de las fuerzas militares y de Inteligencia, lejos de creer que debían ser desarticuladas siguiendo los cantos de sirena de Occidente, Putin ha impulsado la modernización de las mismas y de esa manera hoy tiene la posibilidad de resistir el avance de la OTAN que amenaza la propia existencia rusa.

En fin, luego de esta larga introducción, podemos abordar la situación de la Argentina. Existen inquietantes similitudes en el proceso ideológico impulsado por el mismo factor de poder que es el globalismo financiero de cuño anglosajón, las mismas bases que se atacó en Rusia son las mismas políticas que hoy se imponen.

Debemos comprender que al igual que en Rusia, el mundo anglosajón tiene ambiciones sobre nuestro país. Tres invasiones inglesas, rechazadas, demuestran que este sector del globo siempre ha sido parte de la ambición de un poder que cambia sus formas pero que siempre es el mismo.

No hay que ser muy lúcido para darse cuenta que existe una parte del territorio argentino bajo control británico y debiera mucho extrañarnos que aún así se reivindiquen derechos del pueblo mapuche, casi una excepción en su reclamos de soberanía entre pueblos originarios de América y que curiosamente su voz más representativa tiene sede en Bristol, Reino Unido.

Los intereses británicos siguen relacionados con los nuestros. Ante la proximidad del descongelamiento del Tratado Antártico cobra relevancia que la zona que reclama como propia es coincidente con el reclamo argentino y chileno de territorio.

No está demás recordar las tierras compradas por empresas o ciudadanos relacionados con el Reino Unido en la Patagonia, como así tampoco la extraña costumbre de muchos políticos argentinos de sacarse fotos con el Embajador Británico en el país, con las excusas más diversas o la igualmente curiosa idea de asociarse para producir la vacuna Astrazeneca, y ante el fracaso de la iniciativa, comprarla. Si bien muchos creen que no hay relación entre salud y política, los invito a pensar cómo es la distribución de las vacunas en el mundo, donde vemos como EEUU solo usa vacunas de su país, la UE se inclina por las occidentales y rechaza aún hoy la rusa Sputnik V. 

Tampoco vemos vacunas occidentales en China y los rusos utilizan la suya, hay que ser demasiado infantil, o tener otros intereses, para no comprender el juego geopolítico detrás y que una vacuna británica no es opción para un país que tiene parte de sus tierras ocupadas por ellos. Vemos asimismo como algunos políticos se burlan o ignoran el reclamo sobre Malvinas, bromean con regalar las islas o las consideran un gasto. 

Para completar el cuadro tóxico, la Corte Suprema le reconoce potestades a la CABA que en base a la autonomía rozan el secesionismo. ¿Exagerado? Bueno, The Economist cree que las políticas de Mendoza son una muestra de que comienzan a transitar ese camino, y este medio no es algo menor.

Cuando dos legisladores proponen un plebiscito en la HCDN hasta el más incrédulo comienza a sospechar que hay demasiadas coincidencias. Por suerte la clase política en su conjunto manifestó su enorme rechazo, se organizaron grandes marchas de repudios y los medios pusieron el tema en agenda, ¿o no?, ¿o casi no se escucharon voces y el tema sentó un precedente sin mayores repercusiones?

Bueno, al menos la HDCN expulsó a los dos diputados secesionistas como hizo con ese que se olvidó de apagar la cámara cuando llamó a su esposa y ardieron las críticas por la falta de respeto a las instituciones. ¿cómo, tampoco pasó nada?

Parece bastante para que al menos nos permitamos desconfiar de lo que sucede. Las casualidades en política dicen que no existen, tal vez debamos entonces sospechar de la “Argentina del Centro” que apareció en redes inmediatamente luego de las elecciones presidenciales y muchos tomaban a broma. 

El territorio en “amarillo” coincidía con los reclamos de La Nación Mapuche, Mendoza, Córdoba, CABA… Demasiadas casualidades para ser consideradas casualidades. Una puede ser una coincidencia, dos una tendencia, pero tres ya denotan un patrón y acá vemos muchas más que tres.

Esto sin sospechar del hundimiento del ARA San Juan, única arma en poder argentino que tenía la posibilidad de constituir una amenaza para un ejército desarmado como el argentino; los rusos buscándolo, las autoridades argentinas negando la posibilidad de buscar en la zona adecuada.

Pero ya sabemos que quienes creen que las cosas suceden por alguna razón suelen ser señalados como conspiranoicos. El mundo serio sabe que somos amigos de los británicos, que no tenemos hipótesis de conflicto, que los británicos son un pueblo pacífico y respetuoso del Derecho Internacional e incapaces de hacer operaciones encubiertas, que EE.UU. nos apoya, y que lo importante es luchar contra nosotros mismos en un proceso de deconstrucción que nos libere de nuestros verdaderos enemigos, y no los imaginarios.

Mientras tanto aquellos que dudan de que esto sea así, seguirán al margen de la agenda mediática y del Poder, los otros… los otros seguirán trabajando paulatinamente en instalar otra agenda.