Sobreactuaciones

Asistimos en la política argentina de los últimos tiempos a una descomunal, por momentos grotesca, sobreactuación de los distintos actores: funcionarios, políticos opositores, gremialistas, medios periodísticos, médicos, odiadores consuetudinarios de las redes, profesionales, científicos premiados, científicos desconocidos, especialistas en educación, especialistas en todo devenidos periodistas, funcionarios escolares, padres, madres, individuos que se autoperciben guardianes de la moral o inteligentes, “que acaban de romper el jarrón, que de lejos parecen moscas”, etc. En cada coyuntura ellos juegan sus propios intereses en las arenas mediáticas. Puede ser una accidente vial, una tragedia natural, un asesinato, un diputado mirando las tetas de su mujer en una reunión virtual, un paro docente (cosa del pasado remoto), alguien que cuenta sus opiniones triviales por Internet, etc. Son esos casos en que hay una monumental y desproporcionada cobertura mediática que desaparece tan rápidamente como se instaló; casos en los que todos (muchos desde la más absoluta ignorancia) emiten opiniones impúdicamente. Sobreactuaciones desaforadas que se hacen hiperbólicas, planetarias y universales como si no hubiera nada más importante en el mundo. Veamos algunas.

La épica de la salud, de los aviones y la educación

No es una novedad que la pandemia irrumpió sin aviso y que los saberes acumulados fueron insuficientes. Mucha improvisación, mucho ensayo y error. Muchas decisiones tomadas inicialmente se evidenciaron incorrectas o inútiles y, por otro lado, no se hicieron cosas que habrían sido importantes y beneficiosas. Por todo ello resulta algo perverso realizar críticas despiadadas a todos aquellos que han tenido que tomar decisiones públicas en estos tiempos. De modo que no voy a cuestionar las políticas concretas del gobierno en este asunto; de hecho pienso que estuvieron acertadas en general.

Aclarado esto, podemos hablar de las sobreactuaciones. En marzo del año pasado el presidente anunciaba con tono afectado “entre la salud y la economía, elegimos la salud”. Con ello acumuló un apoyo inusitado del electorado propio y ajeno durante algunas semanas. Con la misma vara se fustigaba a los mandatarios extranjeros que habían elegido otra cosa; no eran más que mercenarios de un capitalismo perverso e insensible. La mayoría de la población asustada cumplió (y contribuyó a controlar con un énfasis digno de mejor causa) que todos cumplieran la cuarentena. Cualquier estúpido que era captado in fraganti en la calle pasaba a ser casi un terrorista. Sobreactuación que por su misma rigidez pronto comenzó a debilitarse y rápidamente se le contrapuso una reacción que surgió desde el peor lugar: negacionistas, libertarios, antivacunas y conspiracionistas new age inundaron las calles con la anuencia de los planos cortos de la TV opositora. Patéticas quemas de barbijos aparecían como la quintaesencia de la libertad. En esa maraña de sobreactuaciones, el objetivo inicial que era que no colapsara el sistema de salud se cumplió, pero ese éxito se desdibujó porque se perdió en una épica sobreactuada.

Hacia fines de 2020 comenzó la épica de los aviones con vacunas, aunque el gobierno nunca pudo comunicar con certeza cuál era el número de dosis que llegarían. El problema es mundial y surge de la incapacidad de producción para una demanda desmesurada. No es culpa del gobierno, pero la prudencia comunicacional podría haber evitado la angustia y la desazón de los que esperaban millones de vacunas rusas para enero y que nunca llegaron. No obstante, los aviones sí estaban y los pilotos, además de empleados de Aerolíneas Argentinas se convirtieron en héroes que nos acercarían la solución a tantos padecimientos. Del otro lado, las sobreactuaciones se basaron en denostar la calidad de la vacuna rusa y una larga fila de ignorantes de los más elementales procedimientos y protocolos de investigación farmacéutica peleaba por decir el disparate más grande al respecto. Incluidos algunos científicos. Personas que se han vacunado decenas de veces en sus vidas sin preguntar nada, ahora necesitaban controlar no solo la marca y la procedencia sino también si contenían vector viral, ARN o proteínas virales. Dejo de lado los dislates conspiracionistas acerca de qué nos iba a pasar si nos dábamos esa vacuna. Sobreactuaciones y más sobreactuaciones.     

Mientras todo esto ocurría se preparaba, lenta pero inexorablemente la tercera épica que explotó el 17 de febrero con todas sus grotescas muecas mediáticas, con todas las puestas en escena de funcionarios sobreactuando un interés por la educación que nunca se tradujo anteriormente en hechos concretos: la épica educativa. Un desfile incesante por los distintos medios y redes de especialistas en educación, psicólogos, neurocientíficos, políticos opositores, políticos oficialistas, periodistas omnisapientes, madres y padres individuales con sus historias de vida, niñitos con caras tristes, todos ellos manifestaban una y otra vez que era indispensable volver cuanto antes a las clases presenciales. “El daño será irreparable” decían a coro y cada uno a su manera, sobreactuando la irreparabilidad. Digámoslo de una vez: no es cierto que el daño por no concurrir a la escuela durante este tiempo sea irreparable. Hay pocas cosas irreparables y esta no es una de ellas. Claro que sería mucho mejor que niños y adolescentes estuvieran en las escuelas y también es cierto que pueden sufrir inconvenientes de salud; pero, por si no se ha dado cuenta el coro de gritadores: todos, absolutamente todos, estamos sufriendo por lo que pasa, en distinta medida por supuesto. Incluso algunos (más de 50.000 hasta ahora en la Argentina) han muerto. Eso sí es irreparable. Para la oposición política la sobreactuación no tenía riesgo alguno pues no tienen que tomar decisiones y estuvieron durante meses exigiendo la vuelta a clase presenciales, incluso a contramano de lo que ocurre en los países por ellos admirados. Con menos de 100 contagios diarios, hace un año se cerraron las escuelas, con más de 7000 diarios se exige que se abran. Tanta sobreactuación durante todo el año consiguió instalar la idea de que en 2020 no hubo clases. El presidente dijo sin ambages: tenemos el desafío de dar “dos años en uno”. Pues no, no hay que dar dos años en uno porque hubo clases. De hecho los docentes además de reciclarse aceleradamente a la nueva modalidad tuvieron que trabajar muchas más horas que antes.

Para convencer a la población de que era seguro volver a las aulas se desarrollaron protocolos, ante el silencio de los gremios docentes, incumplibles por varias razones. En primer lugar porque las escuelas no cuentan con la infraestructura edilicia necesaria. Ninguna escuela, simplemente porque no están preparadas para esta excepción, lo cual es razonable por cierto. En segundo lugar la planta docente no alcanza para desdoblar los cursos en la forma propuesta. En tercer lugar, si se cumpliera, en quince o veinte días todas las escuelas estarían cerradas nuevamente pues el efecto contagio sería geométrico. Imaginen, por ejemplo, un docente que da positivo de COVID-19 y que tiene 5 cursos en una escuela con 30/40 estudiantes en cada uno y otros dos cursos similares en otra escuela. Esos cursos, a su vez, son atendidos por otros 10 docentes en las mismas condiciones y cada estudiante y docente tiene su grupo familiar. Si hay que suspender la presencialidad para los contactos estrechos, en pocos días miles de integrantes de la comunidad educativa deberán aislarse. Otra inconsistencia: los estudiantes que convivan con un familiar que se encuentre en algún grupo de riesgo estarán exceptuados de concurrir a la escuela. Pero los docentes que estén en esas condiciones, deben concurrir obligatoriamente a la escuela y, de hecho, los están presionando para que  concurran. Un docente que viva con su hijo pequeño y con sus padres (los abuelos del niño) estará seguro de que su hijo no contagiará a sus padres, pero lo hará él/ella.

Finalmente, las dos cuestiones más importantes. Los niños y jóvenes no pueden aprender en las condiciones que el protocolo establece y, por otro lado, teniendo en cuenta que en el horizonte cercano (dos o tres meses) estará la vacuna disponible ¿cuál es el apuro de reiniciar clases presenciales? Sobreactuación y más sobreactuación de quienes dicen estar preocupados por la educación, pero nunca lo han hecho y no lo harán.

La épica de la moralidad vacunatoria

Pero la realidad es vertiginosa y las sobreactuaciones surgen todo el tiempo y compiten entre sí por ser la más grande.  

Un periodista sobreactúa su relación cercana con el poder y le cuenta a otro periodista que lo han vacunado en una situación que parece constituir cierto privilegio indebido. En pocas horas el coro de sobreactuadores (que incluyó periódicos extranjeros) inundó el espacio público y, como corresponde a una verdadera sobreactuación, también  bautizaron el episodio para que no quede en el olvido. La oposición política sostuvo que el gobierno “se robó la salud de los argentinos”. Rápidamente se armó una larga lista de los supuestos beneficiados por los pinchazos irregulares y ya no importó que no fueran tales. La sobreactuación había logrado su objetivo. Un episodio menor (probablemente cuestionable desde el punto de vista ético, lo cual tampoco está del todo claro) hizo que todas las desgracias y los castigos fueran poco para el vacunado y el Ministro del área. El asfixiante puritanismo reinante en nuestros tiempos se expresó en las miles de almas puras y bellas que en su mísero mundo de las redes sociales derramaron su indignación hasta el hartazgo. No importa que fuera un caso, veinte o cien, la tormenta perfecta de la cancelación, estaba en marcha. Todos los viejos de la Argentina corren riesgo de vida por esas pocas vacunas inoculadas en brazos inmorales y perversos.

Del otro lado y para no ser menos en esta batalla de la exageración, el presidente de la Nación no dudó ni un instante (literalmente, ni un instante) y echó al ministro que comenzó a sufrir el escarnio público de propios y extraños. Los guardianes de la moral estaban a sus anchas. Los que no dudaron  nunca en transgredir cuanta ley existe; los miserables en sus redes que no transgreden las leyes porque no pueden (no porque no quieran); los que desde hace un año y medio no han podido pergeñar un magro plan económico que saque al país del marasmo histórico; los que incluyen a todas las personas cuando hablan pero son completamente incapaces de entender una realidad que tienen que cambiar y no pueden; todos ellos sobreactúan una corrección política que resulta tan intolerable como lo que dicen criticar. El gobierno que no pudo traer las vacunas que prometió se purifica con la lapidación pública de quienes entregaron (quizá) indebidamente unas pocas de ellas y ni siquiera obtuvo un rédito político por la sobreactuación moral.

Ah, por cierto, el periodista vacunado también sobreactuó su disculpa. Quizá sea el momento de actuar más y mejor y sobreactuar menos.

*Héctor A. Palma. Doctor en Filosofía.