Un payaso popular, con rugby y un pasado delirante de grandeza

Fue la oligarquía conservadora la que gobernó a la Argentina entre 1880 y 1910. Una minoría privilegiada de una República que restringía la participación política, una clase “con espíritu de cuerpo y con conciencia de pertenecer a un estrato político superior, integrado por un tipo específico de hombre: el notable”, diría Natalio Botana. Mirando a Europa, el joven Estado moderno se insertaba en el entramado de la economía mundial como país agroexportador, afianzando fuertes lazos de dependencia con Inglaterra en lo económico y con Francia en lo cultural. Esta oligarquía terrateniente, identificada como artífice del esplendor y del progreso, productos de la prosperidad generada por el gran “granero del mundo”, se consideraba a sí misma como “civilizada”, portadora de la alta cultura y del buen gusto y opuesta a la chirusada guaranga, es decir, las grandes mayorías populares criollas e inmigrantes. Cosmopolitismo, boato y refinamiento se cristalizaban, durante aquella belle époque nacional, en  fastuosos desfiles de carruajes en Palermo, prolongadas estadías en el Viejo Continente, majestuosos palacios residenciales en  Recoleta y Plaza San Martín o en elegantes espacios reservados a la high society, tales como el Teatro Colón o el Jockey Club. El fin de siècle vería también florecer novedosos deportes. Al igual que el fútbol, el rugby había sido introducido en la Argentina por inmigrantes británicos abocados a las actividades bancaria y ferroviaria, quienes muy pronto formarían sus propios equipos.

Brighton, ciudad costera del sur de Inglaterra y centro turístico desde el siglo XVIII, se había transformado en destino importante desde la llegada del ferrocarril hacia 1840. Durante el apogeo de su crecimiento vertiginoso,  Rose Brown alumbraba en 1858 a quien se convertiría en figura clave de la génesis del teatro argentino. El niño, fascinado por el circo, habría de seguir los pasos de Henry, su padre, un acróbata y payaso cuyas rutinas y vestuario evocaban a los bufones shakespirianos. El pequeño Frank pasará a formar parte, con sólo 11 años, de una troupe ambulante con la que recorrerá el mundo. En sus inicios, trabajará sin cobrar ni un chelín, ya que el aprendizaje del oficio constituía en sí una buena paga. A sus 21 recalará en Buenos Aires, debutando en el Politeama de Corrientes y Paraná, donde poco tiempo después compartía escenario con José Podestá, el popular “Pepino el 88”. Además de clown, malabarista y prestidigitador, sus respetuosas y eruditas parodias de los más famosos soliloquios de William Shakespeare no tardaron en llamar la atención de Rubén Darío, Roberto Payró, Carlos Pellegrini y Domingo Faustino Sarmiento, quienes asistían deslumbrados a su Ser o no ser, representado con su cara enharinada y una calavera en mano. El roquismo, en la figura de Miguel Ángel Juárez Celman, tenía  el triunfo electoral asegurado, fraude mediante. Frank no dudará en usar a los candidatos como blanco de sus bromas, sentando las bases -junto a Podestá- del monólogo político. Luego de la muerte de su hijo y de su esposa, ya finalizando una gira sudafricana, regresa a su amada Buenos Aires y conoce a quien habría de ser su compañera de toda su vida, la famosa écuyère Rosita de la Plata. El numeroso público infantil, transversal a todas las clases, era su favorito.  El precio de la entrada no era impedimento: si algún pibe no tenía plata, entraba igual. Solía llevar con él una canasta repleta de golosinas, que repartía deleitado ante el bullicio formado por los  “¡A mí, Fran Bron, a mí!”. Finalmente, un grupo de inversores  financia la construcción de su propia sala, el Coliseo Frank Brown, en Marcelo T. de Alvear entre Cerrito y Libertad.

La proximidad del Centenario encontraba a la oligarquía terrateniente intentando revalidar su proyecto de país mediante el afianzamiento del modelo agroexportador. En el gran teatro -o circo- de las naciones, Argentina representaba el rol de proveedora de materias primas con escaso o nulo valor agregado. La unión indisoluble entre economía y cultura quedaría claramente plasmada durante los festejos de Mayo. Ilustres visitantes internacionales quedaban boquiabiertos ante la deslumbrante opulencia ofrecida por la más europea de las ciudades latinoamericanas. La Comisión de Festejos del Centenario de la Revolución de Mayo accede, mediante una subvención, al pedido de Frank: levantar una carpa en la esquina de Florida y Córdoba, un terreno baldío demasiado próximo al Jockey Club… La indignación de legiones de señoras, señores y señoritos  no se hizo esperar. La de la prensa “culta” tampoco. Daban por sentado que la zona se llenaría de pobres, atraídos por las golosinas y alentados por la costumbre del payaso de no cobrar a quienes no podían pagar. Para colmo, el movimiento obrero organizado programaba movilizaciones en el marco de la Semana de Mayo. Entonces, una banda armada de jóvenes conservadores se lanzó con ferocidad a destruir imprentas, redacciones de periódicos, bibliotecas socialistas, locales anarquistas, contando con la imprescindible complicidad y vista gorda de policías y bomberos. Todo al grito de “¡Viva la Patria!”, claro. La carpa de Frank Brown sucumbió también ante las llamas “redentoras”. La clase “civilizada” respiró aliviada: la chusma no arruinaría las celebraciones. No hubo reacción oficial y hasta un diario tradicional calificó a las barbaridades como “una expresión de violencia que no deja de ser simpática”. Mientras tanto, los British Lions -el Combinado Británico- llegaban en gira, disputando y ganando seis partidos en Buenos Aires, incluyendo el primer test match entre un seleccionado de rugby inglés y uno argentino.

Más de un siglo después, la oligarquía neoliberal, degeneración deforme de la conservadora, mantiene las peores de sus mañas. La tutela institucional que había logrado imponer la segunda, a través de la manipulación, el fraude electoral y la cooptación de gabinetes ministeriales  representantes de la elite terrateniente ha mutado, en el orden actual, en un control basado en la construcción de sentido común. El espacio entre ficcional y real constituido por las redes sociales desempeña así un papel central en su omnipresencia. El rugby argentino ha venido perdiendo varias oportunidades. Andrés Reggiani, desde Página 12, señala que el ya acriollado deporte “constituye un panorama social y cultural mucho más complejo y rico que raras veces se ve reflejado en la cobertura periodística centrada en los grandes clubes de las divisiones superiores. ¿Cuán representativos son los twits racistas de los tres jugadores del plantel nacional de los valores sostenidos por les más de 70.000 jugadores federales?”. Durante el primer peronismo, cuatro delegaciones internacionales habían visitado el país: el conjunto de las universidades de Oxford y Cambridge y los seleccionados francés e irlandés. Juan Domingo Perón había recibido en persona a los británicos en la Casa de Gobierno, evidenciando su interés en difundir el deporte entre las clases populares. La prensa oficial, a través del semanario Mundo Deportivo, cumplió una función crucial en ese sentido: su alcance era muy superior al de los otros espacios tradicionales, como La Nación y El Gráfico. El ejemplo más claro de la voluntad integradora fue su inclusión en los Campeonatos Evita. Por supuesto, luego de 1955, tal propósito volvió a foja cero. 

Frank volvió a la arena con significativo éxito. Hasta se dio el gusto de participar en la película Flor de durazno junto al gran Carlos Gardel. En una suerte de revancha, logró además plantar un circo similar al quemado en el corazón mismo de la ciudad. Pero una vez llegada la década del treinta, el Intendente Mariano de Vedia y Mitre ensanchaba la Calle Corrientes y construía el primer tramo de la Avenida 9 de Julio, inaugurando el Obelisco, ícono porteño por excelencia. La carpa erigida en ese mismo predio debió ser desmantelada… El payaso anglo-argentino abandona este mundo, ya retirado en su casa de Colegiales, tres años después de Rosita. De Vedia y Mitre, además de oligarca, traducía al castellano con magistral exquisitez las líricas shakespirianas, en perfectos endecasílabos rimados. La “alta cultura” y el “buen gusto”, bastiones de aquel estrato, fueron cayendo, de a poco, en desgracia. El bon vivant que tiraba manteca al techo se degradó en “cheto” advenedizo autopercibido aristócrata, pero con faltas de ortografía y un solo apellido. El rugby, como rehén, quedó así atrapado en el imaginario como insignia de clase.  La violencia clasista, sin embargo, permaneció intacta. Sus contrapartidas, viralizadas en forma de posteos, aullaron estos días en altisonantes mayúsculas: ¡¡¡VAMOS AUSTRALIA!!! ¡¡¡MUERAN LOS PUMAS!!! Diego los hubiera c….. a puteadas: la pelota no se mancha, por ovalada o redonda que sea…

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