Un peronismo distinto

Si el peronismo ha de ser algo aún, no puede ser un piadoso relicario, testimonio de otra época. Resulta funcional a su desaparición política efectiva tomarlo a la letra, como efeméride, como si el aura de un pasado fetichizado pudiera devenir “realidad efectiva” por su propio efecto sobre nuestros sentimientos. No extraña, de tal modo, que las peores malversaciones de su significación histórica se hayan inscrito en su legado. Ni el pasado ni el “peronómetro” ajustado a la “recta doctrina” amenazan al poder. Resulta imperativo entonces que la intempestiva necesidad de insistir del movimiento nacional deje de lado toda actitud devocional y las disputas internas de otro tiempo para orientarse de manera expresa hacia una correcta lectura de la realidad que permita transformarla.

Para tal fin y al mismo tiempo, tampoco debiera concederle consistencia alguna a las exigencias del “presente” que, esgrimiendo sus propios fetiches y “perspectivas” ahistóricas, nos invita a abandonar todo anclaje en nuestras tradiciones y en nuestra identidad política, así como todos los sueños de transformación que se debatieron en su interior. Sólo el derrotado de antemano encuentra épica en defender los retrocesos y la estricta observancia de una “correlación de fuerzas” que, naturalmente, sin una actitud proactiva resultará siempre adversa.

Ni repetición sin diferencia ni diferencia sin repetición. Ni el pasado ni el presente deberían alcanzarnos y, sin embargo, a través de ellos tenemos que encontrar el camino hacia nosotros mismos. Si todavía vale escribir al respecto, es porque la sensación de que “algo falta” nos invita al cuestionamiento, incómodo por naturaleza. No tanto porque este haya de recaer prontamente sobre algún chivo expiatorio que nos lave de culpa (y, con ello, nos desresponsabilice), sino porque afecta y pone en juego la identidad entre lo que somos y lo que decimos ser. ¿Qué es lo que se nos perdió en el camino? ¿Qué errores impidieron nuestra realización, al punto de que sentimos hoy esa falta en nuestra propia carne? Esa es la grieta más importante, la que nos separa de nosotros mismos y que solo se cierra con nuestra posibilidad más alta: con la victoria. No hay unidad ni frente para la derrota. Por eso solo hay identidad auténtica en el cuestionamiento que retoma la senda de quienes, por distintos caminos, buscaron vencer.

Si el peronismo no es un movimiento nacional revolucionario guiado por una mirada estratégica, sin anteojeras ideológicas, cuyo objetivo último descansa en ser principio de sí ¿qué es acaso? Mala fe sospechosa de toda victoria, a la que viste de exceso, de traición, de “vulneración de derechos” o de poder “imperialista” oscuro y terrible. Esto obedece a una sencilla razón: muchos necesitan sospechar de todo poder triunfante para no revisar su propio fracaso y el de las categorías de análisis que los han hecho socios minoritarios delestablishment o famosos comentadores de la realidad. Tales categorías son, por supuesto, más que simplistas: “¡La derecha es mala, muy mala, más mala y más derecha que antes! ¡solo fracasar es posible!”. La “autocrítica” de estos “sabios famosos” (como los llamaba Nietzsche) se limita a señalar que nuestro único error es discutir el fracaso públicamente, es decir, que seamos autocríticos. El fondo de todo esto es la “conciencia desdichada” de quien, diciendo querer ser algo más, no puede dejar de ser lo que efectivamente es. Tras haber puesto su identidad fuera del mundo, como imposible, su único consuelo es “saberse bueno”, practicante de principios morales de ascendencia teológica (oh l’amour!) y trocar el discurso político en reparación moral. Pero por mucho que recemos o nos indignemos por la maldad del mundo (que es nuestra propia impotencia proyectada en otros), ni “la suma de todas las víctimas” arroja victoria alguna, ni la suma de todas las periferias arroja un centro de autoridad simbólica suficiente. En efecto, no hay ejemplo histórico alguno de un pueblo que haya vencido al poder que lo sojuzga solo con “más derechos”, con “alegría” o con piadosa y hospitalaria fe. Los que militaron, los que trabajaron, los que murieron por una victoria parecen ilusos a los ojos de esta cómoda cobardía, víctimas grises y absurdas manipuladas por “locos de la guerra” que no se preguntaron “quién pondría los muertos”. Otra vez, el miedo a morir como límite, pero esta vez trazado por “los nuestros”. ¿En nombre de qué? ¿del plato de comida como horizonte histórico? ¿acaso de este o aquel placer sustitutivo de la dignidad? ¿De la lucrativa explotación de una “memoria histórica” domesticada a la que, cuidadosamente, se le quita todo “aguijón”?

Parece que debiéramos agradecerles a quienes, resignados, nos dicen que cuidan de nuestra vida, ¿pero qué hemos ganado a cambio? Lo único que se gana en vida, que no se agota ni se consume, es la experiencia. Y solo se hace experiencia por mediación de la insatisfacción, del fracaso, del error. Nuestros excesos son nuestro haber y en ellos debe insertarse la reflexión para que el espesor histórico de nuestros sacrificios no haya sido en vano. Hacia 1960, se realizó un esfuerzo sistemático análogo al aquí referido: La formación de la conciencia nacional de Juan José Hernández Arregui, por entonces, y entre muchos otros aportes, marcó el rumbo para quienes de la resistencia pasaban al contraataque con miras a vencer. Por eso la última experiencia política en nuestro país es la de los años 70. Eso no significa que después de ella no haya pasado nada de valía ni que debamos repetirla acríticamente; significa que aún no hemos superado aquel nivel de conciencia y formación política en términos de volumen histórico.

Para los que somos jóvenes hoy, aunque no adolescentes, tomar distancia de la generación de nuestros padres para empezar a conformar una subjetividad política de perfil propio supone partir de los que hoy no tienen voz, de nuestros muertos. De su heroísmo, que falta nos hace. Y, por supuesto, esto comienza desde la concepción, desde una comprensión de la realidad diferente. Donde solo se reconocen víctimas, sobran abogados, sacerdotes y periodistas. Pero solo donde hay pensamiento vivo y combatientes hay refundación política del Estado y, por lo tanto, victoria.

Inspirados por el espíritu de quienes enfrentaron la muerte y la falta de coraje actual, entonces, en nuestro libro Pampa y Estepa: peronismo y Cuarta Teoría Política intentamos volver a nosotros mismos marcando no todos, sino algunos caminos posibles. Nuestra cultura entendida desde las fuentes clásicas de La comunidad organizada permite pasar por encima de la falsa dicotomía entre “civilización y barbarie” y de los desafíos del momento geopolítico global que atravesamos. Para mostrar esta posibilidad entramos en diálogo con el caso de otro pueblo, el ruso, reconstruyendo el despliegue de su autoconciencia desde algunas señeras intuiciones de Carlos Astrada. Pero nunca para imitar, sino para contrastar su aprendizaje con el que tenemos que hacer nosotros mismos, de nuestra propia historia. Para tal fin, el marco teórico de la Cuarta Teoría Política del ruso Aleksandr Dugin nos acerca una valiosa herramienta para entender el siglo XX a la luz del siglo XXI.

Los excesos pueden moderarse, pero vital resulta que los defectos sean combatidos persiguiendo siempre lo mejor, imaginando y delineando otras posibilidades distintas a lo dado. No se pueden aminorar defectos sin contradecir su dirección por la positiva. No hay ética sin trabajo cualitativo excedentario que venza la resistencia de una realidad que se nos enfrenta ajena. No hay victoria sin contraataque, sin la decisión suficiente para tramar un pensamiento estratégico orientado hacia la Patria que soñamos.

*Esteban Montenegro es filósofo, editor responsable del grupo de estudios y proyecto editorial “Nomos” (www.nomos.com.ar) y autor de Pampa y estepa: peronismo y Cuarta Teoría Política (Buenos Aires, Nomos, 2020)