Un peronismo sueco para el problema de los argentinos

Apenas asumido el gobierno de Alberto Fernández escribí un editorial advirtiendo que el discurso del FDT corría el riesgo de estar pensado para una Argentina que no era real. En otras palabras, el Frente que había triunfado en las elecciones de 2019 hacía depender el éxito de su proyecto de un cambio cultural profundo que constituyera, por fin, un pueblo solidario. En aquel momento recordaba un párrafo famoso de La paz perpetua, un libro del filósofo prusiano Immanuel Kant, donde éste indicaba que, al momento de pensar el contrato social, se tienen que cumplir condiciones para que éste sea abrazado no solo por la gente buena sino incluso por un eventual pueblo de demonios. Por supuesto que ir a los detalles supondría una extensión que aquí no tenemos, pero, dicho en buen criollo, la república no puede depender del hecho de que quienes la conformen sean ángeles, seres despojados de todo egoísmo y dispuestos a darlo todo por el otro. Justamente, hay pacto, hay instituciones, hay reglas, porque los seres humanos no somos ángeles. La agenda socialdemócrata de Alberto deviene así una suerte de “peronismo sueco” aplicado a la Argentina. Una receta nórdica para un país del sur de Latinoamérica que a priori no es mejor ni peor pero que, seguro, es distinto. Con todo, aclaremos algo: no estoy diciendo que hay un gobierno con ideas de un grado de civilización superadora que fracasa por intentar aplicarse a un pueblo de forajidos. Estoy diciendo que hay un gobierno que está intentando aplicar medidas a una población que responde a otras características. No se trata entonces de “el pueblo no es está o no estuvo a la altura” como algunos nos quisieron decir con Macri, algo así como “los argentinos tuvimos un gobierno que era mejor que nosotros y no nos merecíamos”; se trata de dar cuenta de una idiosincrasia y no enojarse ante lo que hay. El de la cuarentena desbordada es un buen ejemplo. ¿Nadie pudo prever que un confinamiento estricto sería insostenible? ¿No se sabía que del otro lado hay una oposición que, salvo honrosas excepciones, es capaz de dinamitarlo todo en medio de una pandemia? ¿Sorprendió que haya ciudadanos irresponsables que violan la ley poniendo en riesgo a terceros y a ellos mismos? Todos sabíamos que eso iba a pasar y por supuesto que eso no nos evita la molestia y la indignación pero, desde el gobierno, hay que generar mecanismos sabiendo qué hay enfrente y cómo se comporta nuestra sociedad. La respuesta ante un eventual fracaso no puede ser “les dijimos que la patria era el otro y nos respondieron con el bolsillo”. ¿Por qué? Porque hay que gobernar un país en el que mucha gente responde con el bolsillo y aunque no nos guste tiene el derecho a hacerlo. ¿Se sigue de esto que todo gobierno debe avalar un statu quo y quedarse de brazos cruzados diciendo “esto es lo que hay”? Por supuesto que la respuesta es “no” y los estadistas y los partidos que gobiernan tienen que escuchar a la gente pero también marcar y proponer sendas de transformación. El punto es que por momentos se olvida la primera parte, o se entiende que solo se debe escuchar a los que piensan como uno y todo se reduce a la idea de transformar de arriba hacia abajo. Y eso es pura ingeniería social, la cual puede ser muy efectiva pero, también, puede fracasar. Esto, claro, sin ingresar en la discusión con esa otra mitad de la biblioteca que podría dar buenas razones para discutir los límites de los gobiernos en ese sentido. Otro ejemplo podría ser el del nuevo impuesto del 35% a la compra de dólares. El éxito o el fracaso de la medida la dará el tiempo más allá de que estoy tentado a decir que puede funcionar en un cortísimo plazo pero luego va a demostrar que es poco efectiva para evitar lo único que se busca evitar: que se sigan yendo dólares de un BCRA que fue vaciado por la administración anterior. En todo caso hay tres variables a tomar en cuenta: humor social, cantidad de reservas y brecha con el dólar ilegal. Y con esta medida el humor social empeorará porque conseguir un dólar se transformará en una odisea, las reservas no van a dejar de caer, o si lo hacen no lo harán de manera sustantiva, y probablemente, el dólar “blue”, ese mercado ilegal que tiene poco volumen pero que opera como referencia inconsciente, va a volver a la brecha que tenía antes de la medida. ¿Tiene sentido decir que la culpa es de los argentinos porque piensan en dólares y son egoístas? ¿Tiene sentido echarle la culpa a los 5 vivos que manejan el dólar blue y a los 5 vivos que te lo instalan como referencia? La verdad es que no. Porque el error está en realizar medidas suponiendo que eso no va a suceder. Por otra parte, dicho desde el propio gobierno, pareciera que el problema hoy, aunque resulte insólito, son los que cobran el IFE de 10000 pesos porque compran dólares y lo venden en el mercado ilegal. En otras palabras, no sería solo la clase media. En este caso sería también la clase baja, esto es, en buena medida, la que votó a este gobierno. Esto nos da pie para una última reflexión acerca de los estereotipos. Lo decíamos algunos editoriales atrás: si la derecha estigmatiza a los pobres y alcanza a decir que “se embarazan por un plan”, los sectores de izquierda y populares hacen una romantización de la misma. El pobre es bueno por ser pobre; el pobre es solidario por ser pobre. ¿Pero cuando cobra el IFE y compra dólares para ganarse 3 lucas en el mercado ilegal es un antipatria? Hay mucho científico social acompañando el gobierno pero nadie le advierte que el individualismo, la discriminación e incluso el ideal meritocrático también están muy presentes en los sectores populares. Y no está mal que así sea o en todo caso es lo que es. Y no hay que enojarse. El mundo a veces no se comporta como queremos. Lo mismo sucede con la caracterización de la clase media que realiza un gobierno de clase media. En este caso es más curioso aún porque es una caracterización que instala la propia clase media sobre sí misma: todos nos percibimos clase media pero la puteamos y le endilgamos todos los males del país. Incluso nos miramos a nuestro espejo, que es de clase media, pero en una distorsión cognitiva preocupante no nos vemos de clase media o nos autopercibimos como una suerte de iluminados que disfruta de los beneficios del progreso económico y comparte los valores morales de la modernidad burguesa al tiempo que los señala como el origen de toda desigualdad. Entonces los medios opositores amplificarán fake news y buscarán instalar la imagen de un presidente incapaz y desbordado; expresidentes tendrán lapsus de brotes psicóticos selectivos para generar zozobra; la oposición más radicalizada echará toda la nafta posible y el lumpenaje de un lado y del otro buscará su kiosko y sus 5 minutos de fama. Todo eso va a pasar pero el gobierno ya sabía, o debía saber, que eso iba a pasar. Por lo tanto, un gobierno y sus seguidores no pueden adjudicar un eventual fracaso a una ciudadanía que no se comportó como se necesitaba aun cuando sea verdad. No se puede decir “¿Y qué querés? Si los argentinos son una mierda…”; no se puede decir “nuestro plan hubiera funcionado bien pero los argentinos…”. Si se pretende gobernar Argentina el “pero los argentinos…” no debería tener lugar aun cuando los argentinos quizás seamos un pueblo de demonios porque, en todo caso, si lo fuéramos, el envilecimiento no es constitutivo y no encuentro ninguna razón para que la maldad haya elegido nuestras tierras en lugar de otras. Dentro del periodismo se suele contar esa anécdota por la cual un jefe de redacción le dice a uno de sus periodistas “que la realidad no te arruine una buena nota”. Y esto me permite hacer una analogía porque si la solución que ofrece el gobierno es una receta sueca para el problema de los argentinos puede que las cosas salgan mal. Los gobiernos no se miden nada más que por las buenas intenciones. El jefe de redacción le dio un buen consejo al periodista o al menos uno que probablemente no genere grandes inconvenientes. Pero si una administración acepta la idea de que la realidad no debería arruinar un buen gobierno, ahí sí que estamos en problemas.