“Un poco peor”: lecciones de la vida pospandemia

Durante más de un año se hicieron todo tipo de pronósticos respecto a qué ocurriría una vez terminada la pandemia. Los principales pensadores del mundo hicieron sus reflexiones inmediatas y ninguna de las fantasías distópicas estuvo ausente: desde la extinción humana hasta una vida en la que deberíamos acostumbrarnos a vivir como astronautas en la Tierra. Políticamente hablando, los pronósticos avizoraban la imposición de un modelo de capitalismo autoritario cuya referencia sería China o la mismísima muerte del capitalismo en un mundo donde, de repente, surgiría una conciencia mundial colaborativa entre los humanos y en relación a la naturaleza. Los diarios anunciaban revoluciones inminentes pero allí no había análisis sesudo y racional, sino solo la ansiedad que provoca ser protagonistas de un suceso único. Que el hombre nuevo no surgiera de una acción revolucionaria sino de una fatalidad biológica era un detalle. El sueño de ser otros a nivel planetario era lo suficientemente excitante como para sostenerlo mientras el virus seguía haciendo estragos y nadie sabía cuál era el contenido de la normalidad nueva pero la deseábamos por el simple hecho de ser la novedad.

Sin embargo, hay voces lúcidas en el presente. Por ejemplo, en mayo de 2020, el escritor francés Michelle Houellebecq publicó una carta titulada “Un poco peor” que, en su título, logra condensar el modo en que saldremos de la pandemia. Más allá de la zozobra inicial, las cosas se acomodarán y saldremos adelante golpeados, preocupados, con algunos familiares menos, castigados económicamente, pero saldremos; se acelerarán los cambios tecnológicos que nos deshumanizan en medio de una muerte que se ha vuelto burocrática, aséptica y sin testigos, pero no mucho más. Eso es todo. Sin grandes estridencias. Solo un poco peor.   

Sin embargo, también hubo voces lúcidas en el pasado y estoy hablando de un escritor británico que ya hemos mencionado en este espacio: J. G. Ballard. En su momento, hablando de la pandemia, habíamos comentado el cuento “Unidad de cuidados intensivos”, publicado en 1977, donde se contaba la historia de una familia cuyo vínculo se hacía exclusivamente a través de pantallas. Así el protagonista afirma: “Mi propia crianza, mi educación y mi ejercicio de la medicina, mi noviazgo con Margaret y nuestro feliz matrimonio, todo ocurrió dentro del generoso rectángulo de la pantalla del televisor”. Literalmente.

Pero yo quería referirme a dos historias del último libro de cuentos que Ballard escribiera en 1989: se trata de “El espacio inmenso” y “El parque temático más grande del mundo”. Si “Unidad de cuidados intensivos” era capaz de describir el futuro de una interacción humana en la que se naturalizaría la falta de todo contacto físico y cada vínculo estaría mediado por una pantalla, en estos dos cuentos pueden aparecer algunas de las consecuencias pospandémicas, bastante menos delirantes que las que propusieron las grandes plumas de la actualidad.

“El enorme espacio” es un cuento difícil de interpretar o, en todo caso, es un cuento cuya interpretación es abierta. Un hombre, de repente, decide no salir más de su casa. No estaba loco ni deprimido. Tampoco era perseguido. Tenía los problemas de cualquier mortal pero no muchos más:

“Comprendí que podía cambiar el rumbo de mi vida mediante un único acto. Para acallar el mundo y resolver todas mis dificultades de un plumazo, disponía de la más simple de las armas: la puerta de la calle. (…) Mi intención no fue separarme solo de la sociedad que me rodeaba. Con ello, rechazaba a mis amigos y colegas, a mi contable, a mi médico y a mi abogado y, sobre todo, a mi exesposa. Cercenaba toda conexión práctica con el mundo exterior. Jamás volvería a cruzar la puerta de calle”.  

Pasó un mes, luego otro y otro. La comida de la heladera ya se había acabado así que decidió cazar las mascotas desprevenidas de los vecinos que atravesaban su jardín. Con todo, el hambre cada vez era menos problema pues lo que parecía estar haciendo el personaje es un viaje hacia su interior. No casualmente Ballard fue el que alguna vez señaló que la ciencia ficción debía dejar de ocuparse de los extraterrestres y los vuelos interplanetarios para ocuparse del hombre y de la conciencia. Allí hay viajes más largos e insondables que hacer.

El jefe y su secretaria dejaron de llamarlo. Apenas algunas cartas de intimación por la falta de pago de los servicios llegaban a su puerta pero no mucho más. Con el paso del tiempo, el plan de desconexión con todo lo exterior estaba siendo exitoso y allí fue que empezó a sentir que la casa se hacía cada vez más grande:

“Ya puedo sentir que las paredes de la cocina se están distanciando de mí (…) ¿Cuánto tiempo más puede durar esta expansión? (…) las paredes de esta estancia otrora minúscula ya constituyen un universo por sí solas. El techo está tan lejos que debajo de él podrían formarse nubes”.   

A diferencia de lo que intuitivamente pudiéramos imaginar, el estar encerrado no hizo que la casa “se achicara” o “se le viniera encima”. Más bien lo contrario: tomar la decisión del encierro y comenzar un viaje interior, reflexivo, acerca de qué cosas le incomodaban del mundo exterior, generó una “disociación espacial”. La casa podría ser chiquita pero el interior de la mente es infinito y cada vez más grande. Cerrando la puerta por siempre, metiéndose para adentro, el protagonista ganó un espacio inmenso que va más allá de los límites objetivos de una casa. ¿Acaso no podemos pensar que un sentimiento similar podría haber sido compartido por muchas de las personas que a lo largo del mundo debieron permanecer encerradas en medio de la pandemia? ¿Cuántos viajes interiores impulsó el coronavirus?

Por otra parte, en el segundo cuento mencionado, “El parque temático más grande del mundo”, Ballard hace una crítica mordaz al espíritu europeo sin fronteras en el contexto de avance y consolidación de la Unión Europea:

“En efecto, solo en el otoño de 1995 los economistas de Bruselas se resignaron a la paradoja que ningún gobierno anterior había querido admitir: contrariamente a la ética protestante, que había fracasado miserablemente en el pasado, cuando menos trabajaba, más próspera y satisfecha se veía Europa”.

Esta evidencia se tradujo en una verdadera rebelión de los turistas. Primero fueron algunos miles de turistas franceses, británicos y alemanes que descansaban en la Costa Azul y la Costa del Sol los que decidieron no tomar sus aviones de regreso. Habían imaginado pasar un mes allí pero luego decidieron continuar descansando en sus hoteles caros. Al tiempo, los “turistas exiliados de forma permanente” ya habían sobrepasado el millón y el número no paraba de subir. Los más jóvenes, con algo de espíritu hippie decidieron dormir en la playa y hasta algunos se dedicaron a realizar robos menores. El resto pidió ampliación de gastos de su tarjeta de crédito y créditos a los bancos para continuar con su vida de ocio.

En este contexto Ballard se pregunta irónicamente si Europa estaba a punto de conducir a una nueva revolución y lo cierto es que comenzaron las revueltas en Málaga, Mentón y Rímini. Es que los hoteleros no podían tolerar más a estos okupas VIP y la policía intervino. Sin embargo, los meses de playa habían hecho que la mayoría de estos turistas pasara su tiempo libre haciendo ejercicios de modo que su fortaleza física era envidiable y lograron repeler el avance de las fuerzas de seguridad.

La información echó a correr y ya eran varios millones los turistas que habían invadido las playas a tal punto que nadie quería visitar el Louvre ni el palacio de Buckingham. La caída en las visitas fue tal que surgió la posibilidad de que fueran vendidos a una compañía hotelera japonesa.

Por otra parte, la masividad hizo que aparecieran liderazgos y organizaciones que primero optaron por modelos democráticos pero luego acabaron estructurados detrás de una lógica autoritaria. La situación llegó a tal descontrol que en 1996 la Asamblea de Estrasburgo decretó la clausura de las playas y la prohibición del bronceado y de cualquier tipo de ejercicio físico fuera del ámbito laboral. La consecuencia fue inmediata: los turistas exiliados construyeron barricadas con autos abandonados en las playas, fortificaron las entradas de los hoteles y establecieron equipos de buceo para comer buen pescado al tiempo que por las noches, estos vándalos de clase alta, avanzaban hacia el interior para llevarse ovejas y saquear las plantaciones. 

“El primer conflicto abierto, en Golfe-Juan, fue característicamente breve e indeciso. Puede que la policía esperara de forma inconsciente la llegada del Emperador, tal como había ocurrido tras su huida de la isla de Elba, el caso es que no consiguió hacer frente a la agresiva brigada de morenas madres desnudas que, entonando cánticos ecologistas y lemas feministas, avanzaban sin titubear sobre el cañón de agua. Comandos de dentistas y arquitectos se pavoneaban por las calles estrechas lanzando sus patadas de karate más feroces en lo que parecía la exhibición de una nueva tradición popular que atraía a multitudes inmanejables de turistas norteamericanos y japoneses de sus hoteles de Cannes”.

Tras este episodio, Ballard concluye que Europa, cuna de la civilización occidental, había dado a luz al primer sistema totalitario combinado con el ocio. Dicho esto, podemos regresar a las predicciones que prestigiosos pensadores hicieron, especialmente durante el 2020, y preguntarnos si estamos más cerca del fin del capitalismo o de una porción cada vez más creciente de personas que de repente siente que estaba mejor encerrada en su casa, lejos de toda interacción con el mundo. En este mismo sentido, ¿qué es más probable? ¿Que la pospandemia nos lleve a un sistema de cooperación y ayuda mutua o a una explosión de turistas con síndrome de abstinencia que tras experimentar el home office y la finitud de la vida se lancen a una carrera delirante de hedonismo, ocio y disfrute cueste lo que cueste?

Entonces quizás no protagonicemos tiempos de grandes revoluciones, ni de héroes. Menos aún de una nueva moral que nos haga mejores. Apenas seremos testigos de una gran mayoría que hará lo que pueda para sobrevivir y de muchos otros que, vaya uno a saber, puede que profundicen en la exploración solitaria del espacio enorme de su conciencia o se abandonen a una vida de disfrute sin límites exigiendo el derecho a consumir todo lo que se pueda, lo propio y lo ajeno. Nada muy distinto de lo que hay. Apenas, quizás, un poco peor.