Yrigoyen

Enigmático, austero, seductor y revolucionario, Hipólito Yrigoyen, fue el primer caudillo popular que conjugó las viejas tradiciones federales con los nuevos aires que daría la Unión Cívica Radical a la vida política del país.

Cultor del krausismo y lo esotérico, para Manuel Gálvez fue “el hombre del misterio”, y para Félix Luna, “el templario de la libertad”. Despertó adhesiones irrefrenables y odios irracionales, por dar voz a los sectores postergados que buscaban expresarse cívicamente, sin fraudes ni trampas, frente al Patriciado.

De cuna rojo punzó, nació en el año de la caída de Juan Manuel de Rosas. Dirá Gálvez en Vida de Hipólito Yrigoyen (1939) que “un día de julio, el 12, la casa de la calle Federación se alegra con una nueva vida. Marcelina (Alén) ha tenido un hijo, al que llaman Hipólito”.

El citado Luna, en la biografía del líder radical (1954) corrige la anterior fecha, detallando que nació “un 13 de julio de 1852 en una casa del suburbio porteño (Matheu y Rivadavia)”, aunque “la partida de bautismo… reza: ‘En 19 de octubre de 1856, yo, el cura rector, bauticé solemnemente a Juan Hipólito del Sagrado Corazón de Jesús Yrigoyen, que nació en 12 de julio de 1852. Es hijo de don Martín Yrigoyen, natural de Francia, y de doña Marcelina Alem, de esta ciudad’”.

“Aunque del documento surgiría – según Luna – el 12 de julio como fecha del natalicio del caudillo, hay indicios que autorizan a presumir que éste ocurrió el 13 de julio. En efecto, el empadronamiento de 1927, Yrigoyen manifestó haber nacido el 13 de julio (aunque rebajándose en cinco años su verdadera edad) y en esa fecha recibía habitualmente el saludo de parientes y amigos. Además, él mismo manifestó varias veces que había nacido el día de San Anacleto, que es precisamente el 13 de julio”.

En sus primeros pasos como joven comisario en la parroquia de Balvanera, dirá de él Gálvez: Hipólito tiene la prestancia de un hombre. Es reposado y representa más edad. Siempre va de chaqué y galerita. Muy ponderado en su palabra. No gesticula. Sus modos son corteses, suaves. Con todo, y aunque se le llame “señor Comisario”, es un muchacho.

Sus siguientes pasos políticos lo conducen con su tío Leandro Alem y a la “Causa” radical. De fiel ladero, pasaría a liderar levantamientos armados y a disputarle poder en el seno del radicalismo, al que terminará superando, llevando a Alem a terminar con su vida, quedando Yrigoyen como jefe indiscutido del movimiento político que cambiaría la política argentina.

En 1910 cuando Roque Sáenz Peña fue elegido presidente, la UCR ya no estaba en condiciones de realizar nuevos alzamientos armados, pero existía la creencia general de que la revolución era inminente. Sáenz Peña e Yrigoyen, que mantenían una amistad personal desde jóvenes, tuvieron entonces un histórico encuentro privado en el que acordaron sancionar una ley de sufragio libre.[] Dos años después, en 1912, se aprobaba la ley del voto universal, secreto y obligatorio para varones.

La Unión Cívica Radical puso entonces fin a su política de abstención electoral y concurrió a los comicios parlamentarios, sin formar alianzas electorales.

Por primera vez se votó en Argentina con cuarto oscuro a fin de garantizar el voto secreto. Y fue el 2 de abril de 1916 cuando en las elecciones presidenciales la UCR obtuvo 370.000 votos, contra 340.000 votos de todos los demás partidos, imponiéndose en el Colegio Electoral por un voto la fórmula encabezada por Yrigoyen.

Comenzó así un largo ciclo de 14 años consecutivos de gobiernos radicales, el de Yrigoyen (1916-1922), Marcelo T. de Alvear (1922-1928), y nuevamente Hipólito Yrigoyen (1928-1930), siendo esta seguidilla violentamente interrumpida por el golpe militar del 6 de septiembre de 1930.

La presidencia del “peludo” tuvo una política de corte nacionalista a través de la incorporación de los sectores medios e hijos de inmigrantes -la “chusma” según sus opositores-, donde por primera vez se atendieron los reclamos obreros; impulsó algunas leyes como la ley de la jornada de 8 horas, e intervino como mediador neutral en los conflictos entre sindicatos y grandes empresas. Aunque durante su gestión se sucedieron las grandes masacres obreras de la Semana Trágica y los fusilamientos de la Patagonia, con miles de trabajadores asesinados. Fue, además, respetuosa de nuestra neutralidad y soberanía; acompañó la Reforma Universitaria de 1918; planteó el fortalecimiento de la red pública de ferrocarriles y tuvo intenciones de desarrollo económico autónomo, impulsando la industria nacional y teniendo al petróleo como puntal a través de YPF y la obra del general Mosconi.

Fermín Chávez, en Historia del país de los argentinos (1967), señaló como error inicial de su obra “hacer a un lado los postulados de la plataforma política radical que el pueblo había votado, en los que figuraba la intervención da todas las provincias y el llamado a elecciones generales en que se manifestase libremente la voluntad del soberano”. Y da el escritor entrerriano una sentencia que bien podría aplicarse a estos años: “El perdonar al pasado no venía a ser otra cosa que perdonar al Régimen, y subir al poder maneado por instituciones liberales que no expresaban al país”.

Luego del golpe del ’30 y su muerte tres años después, su figura inspiró a los miembros de FORJA y a nuevas generaciones radicales, muchos de los cuales confluyeron en el movimiento surgido de la obra de Juan Perón – paradójicamente conspirador como capitán en el levantamiento de Uriburu -, y se vería reflejado en el temple de Raúl Alfonsín, continuador del legado yrigoyenista.

*Pablo A. Vázquez. Politólogo. Secretario del Instituto Nacional Juan Manuel de Rosas